Foto: L Felipe Alarcón

Philippe Lacoue-Labarthe, Frase (fragmento)

Tu voz puede ser indolente, dura, autoritaria
 tus dichos desmesurados, a menudo a la altura de tu inquietud,
 de la ininteligencia, de los errores, de la falsedad, de las
 injusticias que crees inadmisibles,
 de la seguridad, también, del que acaba de hablar con 
 una seguridad que, piensas, te falta.
 Pides, tú sin embargo soberano, que se te dé 
 un discurso. A reales pero intratables
 cuestiones —yo no las subestimo nunca,
 conozco demasiado mis deficiencias—, tú quisieras
 respuestas firmes, definitivas, o casi.
 (Así, memorablemente, en la autopista entre
 Livorno y Alessandria).
 Otra voz sin embargo te habita, o la acoges, musical,
 desarmada, casi infantil, esa 
 que de pronto deja adivinar que ya no tienes miedo
 ni dolor, ni yo no sé qué opaca aprehensión.
 Es la voz cariñosa de la inteligencia o
 del reconocimiento, del don consentido,
 de la eternidad entrevista, tocada: calma.
 Tu ojos azulados tiene ahora un brillo que te hace sobrehumano
 y de tus gestos, de tu paso, los animales nomás serían capaces

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