Un cántaro lleno de sueños
El centro de Areguá cobija una escuela muy especial. Aquí te contamos una historia de ganas, de esfuerzo y amor a la comunidad.


Su nombre completo es Bioescuela popular de artes y oficios El cántaro, pero para todos es nada más El cántaro, un espacio entre escondido y mágico en el corazón de Areguá en donde la comunidad encuentra desde hace varios años la posibilidad de cultivar el amor por el arte. El cántaro nace en el 2004 como un almacén de arte, una propuesta para promover el conocimiento y consumo de arte popular en la comunidad. Desde el 2008 es también una escuela repleta de talleres creativos que tienen por fin la transformación sociocultural de la comunidad con el arte como herramienta.
Para hablar de El cántaro es necesario hablar de la historia de vida de Rosa Cristaldo, más conocida como Joe, una mujer que de adolescente tuvo un sueño inspirado en su comunidad y que con mucho esfuerzo y pasión lo convirtió en una realidad.


Los primeros pasos de Joe
“La escuela es lo que yo hubiera querido tener. Soy del interior del país y como mucha gente, crecí sin tener acceso a cultura, a una obra de teatro, a un instrumento musical. Yo siempre quise hacer algo más pero nunca supe qué quería hacer, por eso cuando empecé esta escuela lo hice pensando en mí como adolescente, como parte de la sociedad. Tener un acceso temprano a la cultura nos hubiese cambiado la vida a mí y a mis amigos”, cuenta Joe recordando su niñez y adolescencia, y cómo eso se convirtió en ganas de hacer algo.
A los 20 años Joe llega a Asunción y consigue ingresar al Instituto Superior de Bellas Artes, iniciando así su camino de aprendizaje que la llevaría lejos. “Yo siempre tuve esa curiosidad, y así entré a estudiar artes. En Bellas Artes aprendí mucho pero descubrí que el arte allí era muy personal y yo quería arte y cultura que trabaje con la gente, que incluya. En ese entonces ya estaba trabajando en la galería El cántaro como limpiadora y gracias a los contactos con las personas que venían a comprar arte pude conseguir una beca para ir a estudiar a Francia”, recuerda Joe con una sonrisa, destacando la gran oportunidad que se le brindó para poder seguir aprendiendo sobre su pasión, el arte.


“En Francia estudié Mediación cultural, que es cómo trabajar con la comunidad para que consuma, se apropie y utilice a la cultura como una herramienta de transformación social. Estuve un año allá y volví, ahí inicié con la escuela, que en ese momento eran talleres gratuitos dentro de la galería, luego volví a Francia y me quedé 2 años más para terminar mi carrera”, sigue contando Joe y agrega que cuando volvió, la galería en la que ella trabajaba e impartía sus talleres gratuitos se estaba por cerrar. “Yo traje un poco de dinero y le dije a los dueños que quería comprar la galería y ellos aceptaron. Ahí dejó de ser una galería y le llamamos a Almacén de arte, un nombre mucho más cercano a la gente. Este fue el inicio para hacer mi tesis, que era sobre cómo hacer una escuela popular de arte en mi país”, agrega Joe sumando que el objetivo principal de la escuela era el de formar a la comunidad para que comprenda, aprecie, se apropie y consuma el arte popular paraguayo.


Primeros pasos de Joe
El primer paso que dio Joe para darle forma a la escuela -en el 2008- fue comenzar a escribir cartas a los clientes de la antigua galería para buscar donaciones y cuando logró juntar un millón de guaraníes, pudo asegurar 6 meses de talleres. Así se iniciaron los talleres dentro del ahora Almacén de arte, pero la respuesta de la gente fue baja. “Por eso decidimos llevar el taller al paseo central de la avenida, y ahí todo cambió, las personas que estaban por la calle o yendo de compras, se quedaban al taller. En ese momento comenzamos a tener contacto con la comunidad de Areguá, que era lo que siempre quise. Fue así que estuvimos 3 años en las calles, plazas, en la vera de los arroyos, con clases de guitarra, de artesanía en barro, haciendo ciclos de cine. Estuvimos en la estación del tren, en patios de casas de amigos, siempre llevando a mano nuestros tablones y elemento para hacer los talleres”, recuerda Joe con visible emoción.




“Para el 2011 ya teníamos muchos libros y queríamos montar nuestra biblioteca, que por un tiempo estuvo dentro del Almacén, pero nos dimos cuenta de que teníamos que tener ambos emprendimientos separados. Con ciertos apoyos pudimos pagar el alquiler de una casa por un año y medio. La casa que pudimos conseguir estaba tan dejada al punto de que crecía un árbol en el inodoro del baño. Durante un año la comunidad se encargó de arreglarla con sus propias manos, y la casa quedó hermosa, era nuestro sueño hecho realidad” sigue contando Joe.
“Al hacer la inauguración oficial de la escuela, un año y medio luego de mudarnos y hacer todos los arreglos, invitamos a varias personas y entre ellos al dueño de la casa, al que se la alquilábamos, se hizo un video de todo el proceso de trabajo. Ese mismo día el dueño nos triplicó el alquiler y un mes después nos notifica de abandonar la casa, yo ahí me caí emocionalmente, quise cerrar todo y dedicarme al Almacén nada más. Pero por suerte Gustavo ya estaba con nosotros en ese entonces y él no me dejó”.


La construcción
El Gustavo de la historia de Joe es Gustavo Díaz Meyer, un joven que tiene en la mirada ese brillo particular de la convicción en lo que están haciendo. Gustavo toma la palabra y sigue contando: “En ese entonces nosotros teníamos un fondo económico que era para arreglar la casa pero no alcanzaba para comprarla. Ahí sugiero que en lugar de comprar una casa compremos un terreno y construyamos nosotros algo con nuestras manos, porque yo ya tenía cierta experiencia en construcción con barro, pero nunca había construido algo como una escuela, solamente piezas. El terreno que conseguimos costaba más de lo que teníamos en el fondo, así que Joe entregó su auto para completar el precio del lote” cuenta Gustavo mientras se encarga de mantener viva la ronda de tereré.




“Coincidentemente en ese momento estaban por aquí un amigo uruguayo con mucha experiencia en la construcción orgánica y organizamos un taller para aprender más, vinieron casi 50 personas para aprender y luego comenzar a construir nuestra escuela durante el próximo año con la comunidad. La misma gente nos contaba que la casa de su abuela o de sus padres se construyó de esa manera, porque este es un tipo de construcción que siempre estuvo en el Paraguay, los guaraníes construían así, con lo que tenían en su entorno, inclusive nos inspiramos mucho en la construcción clásica del hornero” cuenta Gustavo y Joe agrega que durante el año que demoró la construcción ubicaron todas las pertenencias que ya tenían de la escuela en un pequeño salón de la plaza local, cedido por la Municipalidad, y durante ese tiempo fue la plaza el escenario de todos los talleres y festivales, llenando de alegría y cultura a la misma.


“En el proceso de aprendizaje de las técnicas de construcción este amigo uruguayo nos dijo una frase que siempre voy a recordar -cuenta Gustavo-, que una persona sola no puede construir una casa, pero que diez personas pueden construir diez casas, eso me impactó. Ese fue el sentido que queríamos transmitir, la construcción comunitaria con niños, jóvenes, adultos, abuelos, entre todos construimos esto, aquí están sus huellas” y agrega que en total cerca de 500 personas ayudaron durante el tiempo que duró la misma y que eso otorgó un sentido de pertenencia sobre todo lo que hay allí.


La Escuela
“Los chicos nos dicen que esto es como su segundo hogar, la comparan con su escuela formal, porque esta es una escuela/taller, no tenemos grados. Por ejemplo en los talleres de guitarra una señora mayor puede estar siendo instruida por un alumno menor de edad pero con más experiencia, porque los alumnos tienen que enseñar también, esta escuela funciona como una cadena de favores” cuenta Joe y sigue agregando que todos los alumnos tienen que devolver a la comunidad lo que aprendieron.
“Cuando empieza el año nosotros nos reunimos con los alumnos y vemos todo lo que ellos aprendieron, ahí les decimos que ahora les toca a ellos enseñar a los que van a venir, trabajar juntos para los que vienen. Por ejemplo nuestra meta del año que viene es construir nuestro salón de ventas para poder ser autosustentables”, cuenta Gustavo y agrega que existe un sistema de padrinazgo para personas y empresas y a cambio se les suma a un panel de agradecimientos hecho por los chicos de la escuela.


Los ejes de la Escuela
La escuela tiene 3 ejes principales:
- Talleres de concienciación que buscan generar en la comunidad una conciencia cívica, social y ecológica.
- Talleres de rescate enfocados en el arte popular paraguayo en vías de desaparición, dirigidos por los mismos portadores de estos saberes.
- Talleres de oficios que impulsan la inserción laboral directa de jóvenes que puedan generar su propia fuente de ingresos.
“También existen las charlas populares con personas traídas por la misma comunidad para conversar sobre temas varios desde civismo, historia, comunidad, personas de otras organizaciones sociales y civiles que vienen a contar lo que hacen, todo esto trabajando de cerca con la comunidad, como intercambiando conocimiento”, cuenta Gustavo, siempre con una gran sonrisa en el rostro.


El Cántaro se encuentra en la esquina de Mcal. Estigarribia y Domingo Martínez de Irala, de la ciudad de Areguá, dentro del casco histórico, y fue declarada Patrimonio Cultural de la Nación.
Web: http://www.el-cantaro.com/
Facebook: Escuela Popular y Almacén de Arte
Twitter: https://twitter.com/cantaroaregua
Email: [email protected]
Teléfono: (+595) 0291 432954
Vos también podés dar el primer paso
Si querés apoyar este proyecto, sea desde el sistema de padrinazgo o donando conocimiento para los alumnos de la escuela popular podés ponerte en contacto con ellos.
También te invitamos a dar el primer paso donando a Teletón este 16 y 17 de octubre y contagiando a otros para que también lo hagan.