Basura

Mi papá compró un armario nuevo. El viejo, que tenía como cincuenta años, pasó a manos de los recicladores. Como resultado, hubo que cambiar muchas cosas de sitio y botar otras tantas.

Sepultada en el desorden había una caja grande, una de las cajas en las que empacamos nuestra vida hace quince años, cuando un banco decidió que nuestra casa era suya. Empecé a escoger lo que servía y lo que no.

Los objetos viejos tienen la facultad de activar la memoria. Incluso cuando ya se han convertido en basura. Entre las muchas cosas que había en la caja encontré discos compactos de mi adolescencia, y muchos casetes, en los que grababa las canciones de la radio que me gustaban y los discos que no podía comprar pero alguien me prestaba. Recordé, con una sonrisa nostálgica en los labios, las horas que pasé escuchando esos discos y casetes, el empeño y perfeccionismo con que trataba de grabar, el mal genio que me daba cuando en la emisora “pisaban” la canción (“Radioacktiva, el planeta rock”) y la arruinaban, los cálculos para grabar y que las canciones no quedaran cortadas. Me acordé de mis días de metalero, cuando intercambiábamos música con mis amigos; las idas al centro a comprar casetes de grabaciones piratas con las portadas de los discos fotocopiadas; la emoción de conseguir un álbum nuevo. Eran tiempos de walkman, cuando un lapicero, preferiblemente marca Bic, era crucial para rebobinar los casetes y ahorrar pilas; cuando el que tenía computador y conexión a internet (telefónica, no sobra recordar) se encargaba de conseguir las letras de las canciones; cuando queríamos empezar a dejarnos crecer el cabello (cosa que la mayoría hicimos luego del colegio) y la vida era toda futuro y promesa.

Pensé en esos buenos tiempos y en todo lo que ha cambiado. En esa música que tanto tiempo tomaba conseguir y grabar, pero ahora se descarga de la red y ocupa poco espacio en el computador. Música que ahora es más fácil perder: un fallo de la máquina y todo se va al demonio. El progreso a veces no lo parece tanto.

El tiempo avanza a toda velocidad y los objetos se convierten rápido en basura. Por fortuna, los buenos recuerdos no.

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