Melissa y Melissa


Me falta conocer alguna mujer que se llame Melissa y no sea guapa. A ésta minúscula Melissa que está al norte se le nota el calor en la sonrisa. La otra Melissa del lado sur es casi de mi estatura. Ésta última es tan pálida como la clase media-alta y ha pasado la mitad de su vida patinando sobre hielo. Tiene un cabello espeso y un aluvión de pecas faciales como de niña ingenua en cuento infantil, de la inocente presa del lobo. La otra Melissa es aperlada como la clase media-baja y medio desaliñada pero al cabo de acariciarla un ratito con los ojos, te das cuenta de que es acto premeditado. Ella es el lobo.

La pequeña Melissa mide como un metro cincuenta. Carece de tamaño para guardar tanta sangre hirviendo. Baila música electrónica tomando cerveza después de meterse LSD. Es la modernidad encarnada. El diablo. La Melissa de las pecas también toma cerveza pero de otra marca y lo hace al ritmo de un rock en inglés demasiado educado, hecho para la rebeldía de su clase social. Sabe tres idiomas e intenta hacer de la Física su carrera profesional. El otro día realizó el infame Ice Bucket Challenge. Cree en la caridad. Ella es las incurables gracias en la iglesia durante la noche de fin de año.

Melissa, la enana, no tiene carrera profesional, solo tiene prisa. Estoy seguro que es de las que te arañan la espalda y se jacta de ello. Melissa, la pecosa, probablemente se obliga a expresar su deseo cual misionera y con manos entrelazadas. Melissa y Melissa. La chiquita atezada de muslos carnosos. La blanca espigada sostenida por dos popotes. Melissa y Melissa. Lo que daría por ser un obelisco erguido entre esas dos fronteras. El cerro que reciba sus lluvias y erupciones solares. El murciélago con permiso para descansar en sus cuevas. El hechicero que las haga temblar cuando a una la llame Melissa. Y a la otra también.

Y ahí viene caminando con una cerveza en la mano y un vaivén de hombros disimulado. Persuade cuanto objeto se topa a su paso con ese cuello elegante esmerado en exhibirse debido a la camiseta blanca en forma de uve que logra un escote tremendo. Le marca las caderas y transparenta un poquito la parte de arriba. La cabellera suelta se ve algo rubia, la última vez estaba rojiza. Leggins y tacones negros. Ahí están esos muslos labrados llenos de gozo y las pecas en el pecho que apenas conozco hoy. Dios mío. Lo que esculpiste. Lo buena que se está poniendo Sandra.