Arte y petróleo

Rolando Peña, el príncipe del petróleo

En medio de un pequeño estudio en Colinas de Bello Monte se esconde un hombre considerado extravagante por aquellos que no lo conocen, y aún más por los que sí. Rolando Peña, a sus 73 años, es todavía uno de los artistas plásticos más conocidos de Venezuela

Desde su infancia estuvo en contacto con la creación experimental y que luego a partir de una serie de hechos afortunados definidos por su particular actitud ante la vida, lo transformaron en un artista de referencia.

Hijo de Salvador Peña y Mercedes Díaz. Inició su actividad teatral en el Liceo Andrés Bello en el año 1958. En 1960 comenzaría sus estudios de teatro con Román Chalbaud y Rafael Briceño en la Escuela de Teatro del Sindicato de Radio y Televisión y más tarde estudiaría danza moderna con Sonia Sanoja y Grishka Holguin y ya en 1963 haría el happening Catalepsia. Más tarde sería el pionero de este tipo de espectáculos en Venezuela.

Este personaje cosmopolita vivió incluso en la India, antes de su estancia en Nueva York, donde fue a cursar danza moderna y conocería a una “bella mujer de ojos verdes” que lo llevaría al hotel Chelsea, específicamente la restaurante El Quijote, el lugar donde conocería por primera vez a la famosa Factoría de Andy Warhol.

“Aquel día llevaba una capa de color negro profundo, que solía llevar mucho en esa época”. Warhol filmaría pronto una película y buscaba alguien con semejante estampa. Así entró el “Príncipe Negro” al mundo del arte neoyorquino. Siempre viste negro, más por comodidad que por cualquier otra cosa, hasta que se volvió un símbolo que lo identificaría.

En 1967 fundó el primer grupo latinoamericano de vanguardia, Fundación para la Totalidad, integrado por Juan Downey, Manuel Peña, Waldo Díaz Balart, Jaime Barrios y José Soltero. Durante su tiempo en Nueva York realizó alrededor de treinta happenings en toda clase de lugares, además trabajó como actor en algunas películas de Andy Warhol: Los amores de Ondine, El restaurant desnudo y Cuatro estrellas. Fueron estas amistades quienes lo convertirían en el personaje casi mitológico que hoy es.

Junto a Juan Downey realizó Show multimedia, una exhibición integrada por happenings, esculturas y sonido electrónico. En 1972, regresó a Venezuela y fundó el Taller Integral de Danza en el Ateneo de Caracas. A los tres años protagonizó el cortometraje El Príncipe Negro dirigido por Noel Levent y presentó su primera exposición individual en Bogarín Printmaking Workshop en Nueva York, titulada Santería basada en rituales y brujería, relacionados con figuras muy populares en Venezuela como José Gregorio Hernández y María Lionza.

Expertos lo consideran como uno de los primeros artistas en integrar la imaginería popular y la iconografía religiosa en obras de carácter experimental. Para el, más que esto, buscaría represar una respuesta al pop americano.

Más tarde comenzaría a tratar el tema del petróleo, en un inicio por cuestiones políticas debido a su personalidad “libertaria y anarquista”. Más tarde por ecología y por último por la ciencia.

Fue en los años ochenta cuando comenzó a trabajar con ese concepto. Una gama de obras que abarcan dibujos, grabados, cine, performances, fotografías, videos y esculturas monumentales.

En el año 1980 realizó el performance-instalación Petróleo crudo en el festival Diálogo en la Galeria Midtown de Nueva York y participó con la obra Torre de petróleo en la exposición Tótems, fetiches y objetos de la devoción, en el Alternative Museum. En 1982, gana el Premio CAPS Fellowship de grabado en Nueva York y presenta Mene, objeto de devoción en el I Festival de Performance celebrado en el Centro de Relaciones Internacionales.

Todo un mago constructor de torres monumentales de petróleo. Formó parte de la II Bienal Nacional de Artes Visuales en el MACC con El dulce pájaro de la muerte. Entre sus exposiciones más importantes de la temática petrolera también figuraron El laberinto, El derrame, El mar negro. El modelo estándar de la materia y Ruptura espontánea de simetría: el Barril de Dios.

Su propuesta se basa especialmente en “hacer trascender lo cotidiano” antes que nada, como las botellas Campbell de Andy. Después de todo “el pop art fue la respuesta americana al arte europeo clásico”, recuerda. “Pertenezco a la secta de artistas de menos academia”. No cree en el arte lleno de pretensiones, “el arte contemporáneo debería ser menos narciso y más generoso”.

De allí vienen testimonios como el de Boulton según quien “el mayor mérito de Rolando Peña es el de haberse abierto un camino con elementos inesperados que no tenían su origen para cumplir una función de arte”.

Sin embargo, para Rolando Peña el petróleo representa mucho más que un objeto cotidiano, es un ícono, un “símbolo de poder y mercancía, el camuflaje del engaño inteligente y la seducción, un fuerza magica maravillosa, ilusión y objeto de devoción”.

En algún momento de la historia, un chico inquieto e irreverente, ávido lector de Hugo, Dumas, Maupassant, Chaucer y Emerson, se convirtió en el excéntrico, misterioso pero impresionante “Príncipe Negro” que hoy conocemos.

Se considera afortunado pero al mismo tiempo asegura que todo tiene que ver con la actitud. Dice que siempre supo que tenía que hacer arte. Cita a Baudelaire, compartiendo su visión y afirma que “la poesía te tiene que pasar por el hígado”, y en su caso lo logra, sin duda, su arte y su persona no dejan a nadie indiferente.

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