Noguishe Tribute.

Buenas noches, tardes, días o cuando leches sea que usted, querido receptor de ideas, se disponga con gran ilusión y optimismo sobre el escrito a devorar la revelación divina que ha obtenido el mismo ser que talla estas palabras en vuestras frágiles seseras. En efecto, revelación divina. Bebí del biberón de Yahvé y por fin, tantos años de rezo han dados sus frutos. Hoy mismo, en el cuarto de baño de mi casa, mientras disfrutaba de una plácida ducha, penetró en mí una fina y sabrosa estructura fuerte y pesada en forma de idea. ¡Idea Noguishe! ¡Muy Brishe! Sin duda, se trata de un acto celeste. ¡Oh! ¡Por favor! ¿Otorgarme a mí, placer de tal magnitud? ¿Comoooorl? No quisiera resultar latoso en esta narración, mas considero conveniente informar al lector de la trascendencia del asunto. Ignoro lo que significa para ustedes una revelación, probablemente no hayan vivido una. ¡No pasa nada! ¡Hagan un esfuerzo! ¡Métanse en mi piel y gocen! Para mí es importante.

Brishe esculpiendo una pieza sobrehumana.

LA IDEA EN CUESTIÓN

¡Coño! La idea de que la vida sea un camino. Un gran sendero, cuyo final supone la muerte, y allí se encuentre su representación con la guadaña. ¡QUE VIENE LA PARCA! ¡CORRAN! Pero… ¡Joder! No la puedes evitar, no se puede retroceder en el periplo. No se puede retroceder en la vida. Tienes que seguir, pese a que la muerte te espere y tengas miedo.

El caso es que un señor, un tipo cualquiera, se encuentre en ese punto. Un señor que se ha nutrido de bellas experiencias a lo largo del vibrante paseo que supone la vida. Ese señor asiste a la consumación de la vía. Allí le espera la muerte. Él tiene muy aceptado que es el fin del trayecto, y que morirá. Sinceramente, no le causa ningún quebradero de cabeza. Es feliz con las numerosas alegrías obtenidas durante el camino, y tiene claro que hay que poner la guinda al pastel. Por lo que acude con total naturalidad al mortal encuentro, muy seguro de sí mismo. Incluso se permite lucir una fresca sonrisa. ¡Qué cosas tiene este individuo vivaracho! ¡Dulce pícaro de mirada traviesa! ¡Ja ja ja! ¡JA JA JA! ¡Hostia qué risa más tonta! En fin… El hombre se aproxima, extiende su brazo, está sosteniendo un batido de Cacaolat. ¡Es un regalo! ¡El señor jaranero le ofrece un Cacaolat! ¡A la muerte! ¡Puto loco! En una señal de sincera amistad, quiere presentar el batido como ofrenda. Así muestra que se halla calmado y no ofrecerá ningún tipo resistencia. Será un buen cliente. Se portará bien. Y si algún contratiempo surgiera, el humilde señor se entregaría en cuerpo y alma a solucionarlo. ¡Todo por la muerte! Mas… ¿Cuál fue la respuesta? ¡ZAAAASSSS! ¡Golpe de guadaña! ¡Le cortó la cabeza! ¡JA JA JA! ¡Así es! La idea de presentarse benévolo y cordial ante la muerte y que ésta no dé lugar a la simpatía, y concluya con su tarea principal. ¡La frivolidad extrema! “¡A mí no me venga con soplapolleces! ¡No tengo tiempo para risas!” Estaría pensando La Parca. Ese pobre hombre no iba a generar ningún tipo de molestia. Tenía aceptada su muerte. Tan solo pretendía ser amable. Estaba dispuesto a ayudar. Es más, en él se observaba cierta admiración, pero no, su final tenía que ser así de imprevisto. Mientras esperaba la respuesta… La muerte atacó con el arma. ¡Joder! ¡La nula empatía! Ni siquiera un: “No, gracias, ya he comido”. La confianza y seguridad condujeron al pícaro a la sorpresa mortífera. ¿Triste o desternillante? La potencia del acto despierta mi carcajada. ¡Qué diablillo soy! Buenas noches.