Una historia más

Recuerdo estar acostada en mi cama antes de dormir y escuchar a mi papá leyéndome historias. Desde pequeña tuve ese acercamiento a la lectura, me encantaba escuchar La Caperucita roja o La Cenicienta, pero mi favorito siempre fue Los 101 Dálmatas.
Todos los jueves mi familia se juntaba para leer libros muy complejos y cada jueves como toda niña de seis años me daba una tremenda aburrida. Recuerdo estar en las piernas de mi mamá durante las juntas, ella abría un libro muy grueso y yo lo veía, no entendía nada así que prefería escuchar a mis hermanos pronunciar palabras rebuscadas y, para no sentirme excluida pretendía comprenderlas.
Una de esas noches mi papá llegó con un libro pequeño, -Ivonne, hoy vas a leernos esto- dijo-. ¿Yo, leer? nunca en mi vida había leído enunciados completos, sólo las palabras que me habían puesto en el pizarrón del jardín de niños y la verdad no se me daba muy bien.
Recuerdo perfectamente que le dije -Si quieres yo los escucho porque yo no se leer-, me hicieron sentarme en una silla normal, me quedaba muy alta la mesa así que me pusieron como 6 libros en el asiento para estar nivelada.
Tomé el libro que se titulaba El ratoncito de las moras, eso lo recuerdo muy bien porque tiempo después lo volví a leer.
Ahí estaba, con un libro de pasta dura, mis papás me preguntaron el título y yo dije algo completamente diferente. Al no saber leer decidí hacer mi propia historia con relación a los dibujos que se encontraban en las páginas.
El cuento en realidad trataba de un ratón que se encargaba de juntar moras durante el verano. Mientras sus amigos se divertían, él trabajaba para no tener hambre en el invierno. El ratón comenzó a guardar tantas moras que ya no sabía qué hacer con ellas, un día uno de sus amigos llegó a pedirle de las frutas y el roedor se lo negó diciéndole que todas las moras eran de él y que no las iba a compartir. En pocas palabras el ratón se volvió envidioso y en una ocasión un zorro llegó y se robó todas sus frutas. El pequeño roedor no supo qué hacer. Pensó en pedirle ayuda a sus amigos pero supuso que no lo iban a ayudar porque no les había compartido de la fruta, sin más, los animales del bosque decidieron ayudarlo y así fue como recuperó sus moras. Después de aquel enredo el ratón se convirtió en un animal bondadoso y generoso y así fue como decidió hacer un festín de moras con sus amigos.
El cuento que yo había leído era completamente diferente al original, recuerdo que había sacado que el ratón volaba por los árboles para poder tomar las moras y que sus amigos lo habían puesto a trabajar porque había perdido en un juego. Después de haber acabado mi cuento mis papás se me quedaron viendo con una cara de confusión. -Ivonne, te acabas de inventar el cuento- me dijeron-. Yo, sin saber qué contestar comencé a reírme y les dije que eso fue lo que había leído, que ellos no habían entendido el cuento.
Después de aquella vez, mis papás se juntaban conmigo todos los martes para enseñarme a leer. El ratoncito de las moras fue el primer libro que leí. Pude haber tardado como 4 meses en leerlo, pero se convirtió en mi libro favorito por mucho tiempo y sin duda valió la pena.
Fui así como ese gusto se fue desarrollando y las palabras rebuscadas se convirtieron en un refugio apreciado.
