Me acostumbré.

Me acostumbré a las horas interminables de pláticas sin sentido.

Me acostumbré a las miradas robadas en nuestros silencios. Miradas que gritaban más de un millón de sentimientos sin necesidad de palabras.

Me acostumbré a las risas perpetuas que tanto nos caracterizan. Risas que nos han acompañado desde el inicio y que nos hacen falta en todos nuestros finales.

Me acostumbré a las pláticas. Esas que solo tú y yo tenemos y que no son de nadie más que nuestras, esas donde un minuto de sinceridad se convierten en cinco minutos de escupir el corazón sin miedos, sin fingir, sin juzgar, solo ser.

Me acostumbré a tus demonios y aprendí a amarlos como míos. Aprendí a cuidarte y a protegerte como a mi misma y me acostumbré a cargarte, a sostenerte y a nunca dejarte solo.

Me acostumbré al nosotros, y hoy dejaste solo un yo y te llevaste el tú. Te llevaste una pieza de mi rompecabezas y ahora vivo tratando de llenar ese espacio con piezas que no encajan, porque por mas que intento, ninguna ficha encaja como tú alguna vez lo hiciste.

Me acostumbré a quererte. A quererte sobre todo, a quererte sobre nada, a quererte de día y a quererte de noche también. A quererte cada día mas, a quererte tanto que el cariño fue un escudo contra tus balazos. Tanto que pensé que yo estaba blindada, lista y preparada para cualquier batalla.

Me acostumbré a ti.
Y ahora que no estas, el eco de tus palabras es y será el peor fantasma que me hace compañía todas las noches.

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