La falacia de las falacias

Desde que comencé mi andadura por las redes sociales he venido observando con sobresaltos que con mucha frecuencia, durante una discusión, se recurre a la acusación de que el interlocutor ha cometido una falacia argumentativa. Es habitual también que tales acusaciones suelan llevar la coletilla de “de libro”, como si fuera tan evidente que el argumento en cuestión es una falacia que hasta aparece como ejemplo en los libros de texto: “Eso es un ad hominem de libro”, “Argumento de autoridad de libro”. Y yo les confieso que, en la mayoría de los casos, por más que rebusco en mis libros de argumentación no encuentro el argumento en cuestión ni ninguno que se le parezca.

No faltará quien se alegre de que el concepto de falacia haya calado en la cultura popular. Ya era hora, se dirá, de que se empezase a valorar la razón y a denunciar el montón de falacias que pululan entre la gente. Algo así pensaron dos profesores de filosofía en Chile, quienes se encontraron ante la difícil tarea de contribuir a una educación por la democracia en un país recién salido de una de las peores dictaduras de Sudamérica, y pensaron que la mejor forma de hacerlo era comenzar por la enseñanza de las falacias argumentativas. No tardaron en darse cuenta de que “los estudiantes universitarios solían usar su conocimiento de las falacias para encontrar errores en sus oponentes y reforzar sus propias creencias”. El resultado, obviamente, era que “en lugar de ser críticos con sus propias creencias, los estudiantes solían encontrar falacias en los textos que iban en contra de ellas, y de este modo reforzaban su propio dogmatismo” (López and Vicuña, 2006, p. 213). ¿Les suena?

El problema, me parece a mí, es que el hecho de acusar a la gente a diestro y siniestro de cometer falacias solo da la apariencia de ser racional. Es muy efectivo y, además, no cuesta ningún esfuerzo. Quien acusa a otro de haber cometido una falacia no suele detenerse a justificar su acusación (“Verás, es que yo defiendo la tesis X, con el argumento Y, y tú estás argumentando contra la tesis Z, que no es lo que yo defiendo, y por eso creo que estás cometiendo la falacia del hombre de paja.”). Ni falta que hace, oiga. Que eso llevaría a tener que justificar lo que uno dice y a dejar la puerta abierta a que lo respondan a uno, y esas cosas cansan mucho. No. Mejor suelto un “¡Ad hominem!”, dejo caer el micrófono y me alejo con la cabeza bien alta mientras se cierra el telón. Fin de la función. He ganado. O eso creo.

No voy a negar que la red está plagada de argumentos malos, malísimos. Y, por supuesto, conviene señalar esos malos argumentos. Pero ese señalamiento debe ir acompañado de razones que justifiquen por qué uno cree que el argumento es malo. De esta forma, cada interlocutor critica los argumentos del otro, se siguen intercambiando razones y la discusión puede continuar. Ante el grito de “¡falacia!”, así, sin una justificación ni nada, poco se puede contestar. Uno de los interlocutores se ha erigido en adalid de la razón y el otro debe callarse. Puede que a algunos les parezca muy racional el individuo en cuestión, pero yo no puedo evitar verlo como un caso claro de arrogancia intelectual y dogmatismo.

“Pero, vamos a ver, José, ¿es que no hay acusaciones de falacia que son correctas?” Sí, claro que las hay. Pero, como voy a defender aquí, no suele estar tan claro qué es una falacia y qué no, y por eso nadie debería pretender tener la última palabra sobre si un argumento es malo o bueno. Además, como han mostrado diversos experimentos en psicología (Evans, 2004), los humanos tenemos cierta tendencia a evaluar más positivamente los argumentos que respaldan nuestra opinión y a evaluar más negativamente los que presentan razones en contra. “Solemos tener estándares débiles para juzgar afirmaciones y argumentos que se ajustan a nuestras creencias previas y estándares mucho más fuertes para juzgar afirmaciones y argumentos que no nos gustan”, afirma también la filósofa Trudy Govier (2010, p. 106). La experiencia de López y Vicuña, los profesores chilenos, muestra este sesgo. Por lo tanto, deberíamos ser muy cautos antes de decidir si cierto argumento es falaz o no.

Es más, dado que las acusaciones de falacia siempre interrumpen el intercambio sereno de razones, soy de la opinión de que nunca deberían darse. Una práctica mucho más saludable, en mi opinión, es explicar por qué uno cree que el argumento del interlocutor no es convincente, de modo que la discusión pueda continuar sin obstáculos.

Pero ustedes no tienen por qué compartir esta alergia mía a la palabra “falacia”. Me basta con convencerlos de que la cuestión de las falacias es más enrevesada de lo que parece para que, al menos, les tiemble un poquito el pulso antes de lanzar una acusación de falacia. Para ello, voy a contar un par de cosas sobre una de las falacias más conocidas: el argumento ad hominem.

No todo son falacias: el caso del ad hominem

Probablemente la acusación de falacia que con más frecuencia me he encontrado en mis periplos por la red es la referida al argumento ad hominem. ¿En qué consiste un argumento ad hominem? Normalmente, cuando alguien presenta una idea o un argumento, la respuesta que se espera de quien está en desacuerdo es un argumento que vaya en contra de la idea o argumento que se le ha presentado. Es decir: un argumento que responda a lo que la primera persona ha dicho. Los argumentos ad hominem, en cambio, van contra la persona misma que ha dicho eso (Copi and Cohen, 2007, p. 132; Govier, 2010, p. 32). Se pretende que un argumento dirigido contra la persona sirva para refutar lo que esa persona ha dicho.

Uno de los ejemplos clásicos de los libros de texto (este es un ad hominem de libro) es el siguiente (Walton, 2006, p. 125):

Padre: Hay muchas pruebas de que existe un vínculo entre fumar y la enfermedad pulmonar obstructiva crónica. Fumar también está asociado con muchos otros trastornos serios. Fumar es dañino. Así que no debes fumar.
Niño: Pero tú mismo fumas. ¡Vaya con tu argumento contra el tabaco!

Es habitual distinguir entre varios tipos de argumentos ad hominem. Este ejemplo puede considerarse como un caso de ad hominem circunstancial o de tu quoque (“tú también”), aunque parece haber cierta confusión sobre la diferencia entre uno y otro tipo (Walton, 1998, p. 18). Pero bueno, las minucias teóricas no nos interesan aquí. Lo importante es que en este caso se considera falaz porque el niño ha pasado olímpicamente de las buenas razones que le ha dado el padre y no ha hecho más que criticarle a él personalmente. ¿El comportamiento del padre es incoherente? Sí. ¿Se puede criticar el comportamiento del padre? Por supuesto que sí. Pero la clave está en que eso no invalida las buenas razones que el padre ha presentado. En definitiva: que el padre fume o no es irrelevante para la cuestión de si fumar es dañino.

Bueno, ya hemos visto un caso claro de ad hominem falaz. Ahora empiezan los problemas. Porque resulta que hoy en día hay un amplio acuerdo entre los teóricos de la argumentación sobre que los argumentos ad hominem no siempre son falaces. Aunque la lógica ha tratado tradicionalmente el argumento ad hominem como si fuera siempre falaz, la moderna teoría de la argumentación ha empezado a reconocer que ese tipo de argumento no es siempre una falacia y puede usarse de manera razonable (Walton, 1998, p. xiv).

Voy a poner un ejemplo real que me encontré hace un tiempo por las redes sociales. Sin duda habrán oído ustedes ese rumor que relaciona a cierto candidato a la presidencia del gobierno con la cocaína. Una vez, cuando leía una discusión sobre este tema en una red social, me encontré con que uno de los usuarios acusaba a quienes estaban extendiendo tal rumor de cometer una falacia ad hominem. Como ya imaginarán ustedes, tal acusación no iba acompañada de justificación alguna. Yo no voy a entrar en el asunto de si el rumor es cierto o no, o de si hay que votar al candidato en cuestión o no, pero ¿se está cometiendo realmente una falacia?

Cuando una persona se presenta como candidata para un puesto, las razones que se presenten a favor o en contra de votarla necesariamente tienen que ser sobre dicha persona. ¿Cómo, si no, podemos juzgar a quién es preferible votar, si no es sobre la base de características de los candidatos? Como indica Govier, “aquí el carácter de la persona es la cuestión”, y por tanto “alguien que traiga a colación aspectos del carácter del candidato no está cometiendo ninguna falacia de pertinencia” (Govier, 2010, p. 159). No estoy diciendo, desde luego, que no haya nada criticable en el argumento del rumor del consumo de cocaína. Uno puede, por ejemplo, pedir que se proporcione alguna prueba real de tal rumor. Pero lo que no se puede hacer es considerarlo automáticamente como una falacia, porque no lo es.

Entonces, ¿cómo lo hacemos para identificar una falacia ad hominem? Govier proporciona la siguiente explicación (2010, p. 160):

Razonar a partir de premisas sobre el trasfondo, la personalidad, el carácter o las circunstancias de las personas para llegar a conclusiones sustanciales sobre sus argumentos o sus teorías supone cometer la falacia ad hominem, a menos que las premisas sean pertinentes para la conclusión porque es sobre la persona o depende de la aceptación de la autoridad o el testimonio de esa persona.

Una de las claves parece estar, por tanto, en que, para que pueda ser considerado falaz, el argumento ad hominem debe ser irrelevante. Pero, ¿cuándo son pertinentes las características del argumentador para juzgar lo que dice y cuándo no lo son? Este es un terreno pantanoso. Si un candidato a la presidencia es manifiestamente racista, sin duda eso es pertinente para juzgar si debe gobernar o no. Si consume drogas, eso también puede ser pertinente. Si engaña a su mujer, eso ya empieza a parecer menos pertinente, aunque quizá pueda argumentarse que lo es. Y, si es de Cuenca, eso ya es totalmente irrelevante. ¿Dónde está el límite? Pues no hay una línea bien definida. Por eso es tan complicado distinguir una falacia de un argumento que no es falaz.

Por otro lado, como señala Govier, existe una relación interesante entre los argumentos ad hominem y los argumentos de autoridad: los argumentos ad hominem que son legítimos son a menudo respuestas a un argumento de autoridad (Walton, 1998, p. 8). Imagine usted que su primo (el mal ejemplo no tiene por qué ser siempre el pobre cuñado), que se las da siempre de gran conocedor de la ciencia, suelta en una cena familiar lo siguiente: “La teoría de cuerdas nunca podrá ser comprobada experimentalmente.” Ustedes, que ni creen ni dejan de creer que la teoría de cuerdas pueda ser comprobada experimentalmente, saben en cambio que su primo suele presumir de un conocimiento que no tiene, y en esta ocasión ya no pueden seguir callados y le contestan: “Pero si no eres científico, solo lees alguna revista de vez en cuando.” Esa contestación no es otra cosa que un argumento ad hominem que pretende quitar credibilidad a la afirmación de su primo. ¿Es falaz? Pues claro que no. Su primo no respalda su afirmación más que con su propia autoridad, y por tanto eso hace que las respuestas dirigidas a socavar su credibilidad sean pertinentes. El hecho de que una persona no sea suficientemente competente o no sea suficientemente sincera es una buena razón para no confiar en lo que diga (Eemeren and Grootendorst, 1992, pp. 113–114; Govier, 2010, p. 125). Así lo señala Govier (Govier, 2010, p. 159):

Si usted está decidiendo si aceptar o no una afirmación sobre la base de la autoridad de alguien, entonces los aspectos del contexto y del carácter de esa persona son genuinamente pertinentes para su decisión.

Dicho sea de paso, les interesará saber que los argumentos de autoridad tampoco son falaces siempre. Pero no voy a entrar ahí, que esto se alargaría mucho. Volvamos al ad hominem.

Por supuesto, cuando la gente piensa en una falacia ad hominem, lo habitual es pensar en cosas como la siguiente:

A: Torturar animales está mal porque ellos también tienen un sistema nervioso y sienten dolor.
B: Típica idea de perroflauta.

Y el argumento ad hominem de B, evidentemente, puede considerarse sin miedo como una falacia. Aquí no solo se presenta una opinión (“torturar animales está mal”) sino que esa opinión se defiende con un argumento (“porque ellos también tienen un sistema nervioso y sienten dolor”). Cuando hay un argumento de por medio, no valen las críticas a la credibilidad; no queda otra que contestar al argumento (Battaly, 2010, p. 367).

De acuerdo, descalificaciones personales como esta se ven continuamente en las discusiones de las redes sociales. Por supuesto, no estoy diciendo que tal cosa sea aceptable. Hay que señalarlo y rechazarlo. Lo que me preocupa es que, en mi opinión, al intentar denunciar tales prácticas y (digo yo que con toda la buena fe del mundo) llamar la atención sobre las falacias que se cometen, estamos haciendo más mal que bien. La experiencia muestra que la diferencia entre una falacia y algo que no lo es no suele estar tan clara como en los ejemplos ficticios que incluyo aquí, y la gente se equivoca a menudo al acusar a su interlocutor de haber cometido una falacia.

Cuando alguien, en medio de una discusión, exclama “¡falacia!” (normalmente así, a palo seco, sin ningún tipo de explicación), la discusión se interrumpe y ya no hay modo de seguir argumentando. ¿Por qué mi argumento no es bueno? ¿Qué tiene de falaz? Todo eso debería poderse argumentar intercambiando razones. Añadamos a esto la posibilidad de que en realidad no haya ninguna falacia ahí, de que uno se haya equivocado (¿no debería tenerse siempre en cuenta, cuando argumentamos, la posibilidad de que estemos equivocados?). Esa forma de discutir, querido amigo defensor de la razón y detector de falacias, no es nada razonable.

Conclusión

No sé ustedes, pacientes lectores, pero yo tengo clarísima una cosa: cuestiones tan controvertidas como el aborto, la eutanasia, la prostitución, la energía nuclear o la intervención del Estado en la economía no se van a resolver simplemente con la identificación de falacias argumentativas. En mi opinión, no hay más alternativa que esforzarse por escuchar los argumentos que respaldan la posición contraria a la de uno, esforzarse por evaluarlos con justicia, por responder lo mejor que uno pueda, por revisar la opinión propia,… En definitiva: argumentar, argumentar y seguir argumentando.

En todo caso, si ustedes creen que a pesar de todo la noción de falacia puede ser una herramienta útil para lograr una buena argumentación, les sugiero lo siguiente: hagan un esfuerzo por analizar sus propios argumentos y por eliminar los que puedan considerarse falacias, y no se preocupen tanto por acusar a los demás de cometer falacias. La probabilidad de que todos y cada uno de nosotros hayamos metido la pata en algún momento y hayamos argumentado mal, y de que lo volvamos a hacer, es extremadamente alta, créanme.

Referencias

Battaly, H., 2010. Attacking character: Ad hominem argument and virtue epistemology. Informal Logic 30, 361–390.

Copi, I.M., Cohen, C., 2007. Introducción a la lógica. Limusa, México.

Eemeren, F.H. van, Grootendorst, R., 1992. Argumentation, communication, and fallacies: A pragma-dialectical perspective. Lawrence Erlbaum Associates, Hillsdale, NJ.

Evans, J., 2004. Biases in deductive reasoning, in: Pohl, R.F. (Ed.), Cognitive Illusions. Psychology Press, Hove, NY, pp. 127–144.

Govier, T., 2010. A practical study of argument. Wadsworth Cengage Learning, Belmont.

López, C., Vicuña, A.M., 2006. The pragma-dialectical ideal of reasonableness and an education for critical thinking and for the building of a moral community, in: Houtlosser, P., Rees, A. van (Eds.), Considering pragma-dialectics. Lawrence Erlbaum Associates, Mahwah, New Jersey, pp. 211–222.

Walton, D., 1998. Ad hominem arguments. University of Alabama Press, Tuscaloosa.

Walton, D.N., 2006. Fundamentals of critical argumentation. Cambridge University Press, New York.

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