Cosas que pasan en el último tren

El tipo que estaba sentado dos filas a su derecha no se vería tan mal si no estuviese tan sudado y exaltado. “¿Será la cocaína?”, pensó. Luego continuó su reflexión: “ay, esa gente se pone como rara con esas drogas”. Lo cierto es que el tipo se enjugó el sudor con una mano que era de tamaño normal y dos minutos después repitió la misma acción con una mano que lucía más grande y cubierta de muchísimo vello. Luego, empezó a toser de manera incontrolable, tanto que se llevó ambas manos al estómago y se encogió en el asiento, como privado del dolor.

Pasados unos segundos empezó a hacer unos sonidos como de arcadas. El tipo se estaba vomitando en el vagón. Qué asco. Después de probar, sin resultados satisfactorios, varios ángulos que no fuesen tan indiscretos para ver el estado del hombre que la acompañaba en el último tren a casa, que se había caído del asiento, decidió ir a ver qué era lo que estaba pasando con el muchacho.

Se le heló la sangre cuando le vio los descomunales dientes que deformaban su rostro, con los cuales parecía sonreír. Un zarpazo al cuello le arrancó el grito que tenía atravesado en la garganta, y el estallido de sangre oscureció el resto de la escena para la cámara de seguridad. Tampoco se escuchó el aullido.

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