Choices. Chapter 2: 1998.

Here’s part 2 of the story, as originally written in Spanish. It just never felt right to translate it, for some reason. I realize it’s odd to have different sections of the same narrative in different languages. Or at least I’ve never seen it done to this extent. Best example I can come up with is Junot Díaz’s “The Brief Wondrous Life of Oscar Wao,” which refuses to make things easier to its audience by explaining the Dominican culture it often references or offering translations for the many bits of dialogue and narrative that show up in Spanish. But the 21st century is a very multicultural place and I guess it’s not as strange as it might have seemed back when I wrote it.

CHOICES.

Ch. 2: 1998.

Tell me do you think it’d be alright
If I could just crash here tonight
You see, I’m in no shape for driving
And anyway, I’ve got no place to go
-Hey Jealousy (Gin Blossoms).

Es un departamento de diseño bastante simple. Una planta rectangular que se divide en sala, comedor y cocina y, anexados a ésta, la recámara. En el extremo derecho frente a la última, el baño. Casa de estudiantes, sin duda, aunque técnicamente ya no lo es, puesto que la inquilina se ha graduado y, por lo que alcanzo a comprender, forma parte de la población desempleada.

El departamento conserva de todas formas la totalidad de los rasgos que lo colocarían dentro de la categoría “vivienda estudiantil.” La guitarra con la cuarta cuerda rota, apoyada contra la pared, sello del músico irresponsable; el caballete carente de lienzo en el que no se ha pintado nada en meses; la mesa llena a reventar de chucherías — papeles, botellas, platos sucios, envolturas de comida chatarra, uno que otro medicamento; los restos a lo largo y ancho del lugar de reuniones pasadas — botellas de cerveza vacías, ceniceros auténticos y platos interpretando el papel, vasos vacíos; la sala formada por un sofá y uno de esos sillones dobles, loveseats creo que se llaman, ambos cubiertos por sábanas blancas con la doble intención de ayudar a que la decoración más o menos combine y evitar que se ensucien demasiado.

El lugar está iluminado por velas colocadas en platos de ésos para poner las tazas de café, o el té si fuera más europeo. Hay una en la mesa del comedor, otra sobre la televisión que reposa en la barra de la cocina, y una en el piso frente a mí, que estoy en el dichoso loveseat que forma un ángulo de noventa grados con el sofá en el extremo izquierdo del departamento, frente a la puerta. En el fondo se escucha a un volumen no muy alto, o al menos no muy alto para mí, la música que sale del estéreo de la anfitriona, Lucy se llama si no me equivoco.

Escucho a the Cure y Robert Smith declara que no me importas los jueves porque es viernes y estoy enamorado, lo cual es falso porque es domingo a las cuatro y media de la mañana y estoy borracho.

A mi izquierda en el loveseat duerme Andrea, con quien se supone que vine. Bueno, no se supone, vine. Ella bebió de más y a mí no me molesta que duerma y no me ponga atención. Estoy en el punto de la borrachera cuando alcanzas un estado casi zen, se siente un ligero zumbido en la cabeza y pareciera que se está desconectado de los alrededores como si se fuera un espectador y lo ocurrido no tuviera la capacidad de afectarte en realidad. Como lo dijo un escritor cuyo nombre no recuerdo: el truco es estar dos tragos delante de la realidad y tres tragos detrás de la borrachera. Obviamente, Andrea no guardó el equilibrio y está cinco tragos delante de la incoherencia.

Miro su cabello, oscuro y brillante. Me fascina y medio sonrío, pero vuelvo a interesarme por la flama de la vela que está frente a mí y me pierdo en ella y en mis pensamientos.

Lucy y Sandra, la mejor amiga de Andrea, discuten de su vida amorosa como si yo no estuviera aquí y yo les devuelvo el favor tratando de ignorar cómo Sandra ama a Jorge, su novio, pero ama más a su trágico ex, Raúl, que la dejó porque tenía toda clase de crisis nerviosas y el doctor le recetó Prozac, que según Lucy le nulificó el alma y lo convirtió en un autómata. Por su parte, Lucy perdió al amor de su vida cuando el tipo se fue del país para nunca volver. Sonrío para mis adentros, porque al final todos somos iguales y nos ha pasado básicamente lo mismo, somos un cliché ambulante. Sin embargo, diferimos en que ella no cree encontrar a nadie más, yo sí.

Me percato de que estoy poniendo demasiada atención a una conversación que francamente me tiene sin cuidado, me levanto por una cerveza y voy al baño. En el camino me bebo la mitad de la botella y al llegar la pongo encima del tanque del retrete. Dejo que la naturaleza siga su curso.

Definitivamente no hay momento más profundamente reflexivo para una persona poco religiosa que ir a orinar. Muchas de las veces que alguien me ha confesado algo de suma importancia personal, ha sido justo al volver después de haber ido a aliviar su vejiga.

Cambio de tema mentalmente sin querer y arruino mi paz espiritual recordando los asuntos pendientes que tengo en casa, el imbécil que tengo que ir a buscar para disuadirlo de seguirse metiendo conmigo, mis amigos y nuestras mujeres por medio de correos electrónicos anónimos llenos de insultos. Me río yo solo, nuestras mujeres, ni que fuera Andrés García.

De regreso a la sala, agarro otra cerveza porque la que tenía ya se terminó. Sandra y Lucy siguen discutiendo y yo me vuelvo a sentar y a ocuparme de la flama de la vela. Me vuelvo a sentir un poco molesto, vuelvo a divagar.

Andrea me abraza entre sueños y me dice algo que no entiendo, yo le tomo la mano. Sigo bebiendo porque temo que se me pase la borrachera y me empiece a aburrir. Me pregunto cómo es que terminé en un departamento con tres mujeres, de las cuáles dos se me hacen sexualmente atractivas. Lástima que la anfitriona no es una de ellas.

Sandra está diciendo que va a citar a Raúl, el ex, para discutir los términos truculentos de su ruptura, y así poder dejarlo todo en el pasado. Lucy se lo aplaude, pero yo sé que no lo va a hacer, está borracha y hablando a lo pendejo. Pienso en lo patéticas que suenan, pero me retracto porque yo no puedo presumir de estar mucho mejor, después de todo, mi “pareja” está dormida a mi lado. Qué risa, en qué situaciones siempre termino metido.

La hora de las confesiones terminó y Sandra me pregunta con una sonrisa si estoy aburrido, yo pienso que estoy a toda madre y, quién sabe por qué, le contesto que francamente sí.

Lucy me pregunta si quiero que cambie la música. El disco de the Cure ya tocó dos veces, y yo le contesto que no gracias y pienso por qué eres tan cortés, ni que te estuvieran presentando a sus padres.

Luego la clásica conversación entre personas que no se conocen realmente, dónde tomas clase, tomas clase los martes a las once y media en el edificio tal o cuál, qué tipo de música te gusta, yo también odio las cumbias, la música actual es basura. Cosas por el estilo. Sandra participa más que Lucy y siempre sonríe al hablar. Me dice que despierte a Andrea pero yo le digo que está noqueada, que no tiene caso. La despierto de todos modos porque son las cinco cincuenta y tiene que darle un aventón a Sandra a su casa.

Discuten sobre si se quedan o se van, sobre quién se queda o se va. Termino acompañando a Andrea a llevar a Sandra, pero prometemos regresar a casa de Lucy, así que me llevo un par de cervezas para el camino porque Sandra vive hasta el otro lado de la ciudad. Platicamos de cosas sin importancia en el trayecto, nos despedimos de Sandra y, de regreso los dos guardamos silencio.

Terminamos sólo pasando a casa de Lucy a recoger unas cosas.

Ya afuera, Andrea se despide y yo le pregunto si olvidó lo de mañana. Ella pone cara de que ya metió las cuatro patas y me pregunta que qué. Yo le digo que no es nada, que lo olvide, y me doy la vuelta porque me dispongo a caminar a casa. A mis espaldas, Andrea me pregunta si quiero que me lleve, yo le digo que no sin siquiera voltear porque estoy enojado. Tomamos rumbos opuestos, literal y metafóricamente, ella en su bocho y yo a pie. Mi borrachera se empieza a disipar.

Estoy molesto porque olvidó que el domingo íbamos a ir al cine, pero en realidad estoy más molesto conmigo que con ella porque cuando nos pusimos de acuerdo fue a media farra y debí suponer que se le olvidaría porque en realidad no le importo lo suficiente.

Ya está empezando a clarear y, mientras camino a casa, veo algunas personas que salieron a correr. Y yo apenas voy a dormir.
Cierro a mis espaldas la puerta de mi habitación de dos y medio por tres metros y medio, me saco las botas y me quito la chaqueta de mezclilla negra, la gorra de los Tiburones de San José que me regaló un buen amigo de la infancia la pasada Navidad, y aviento mi camisa por ahí. Vacío el contenido de mis bolsillos en el escritorio y me dejo caer sobre la cama que no ha sido tendida en más de un mes.

Pienso en todas las mujeres con las que me he enredado con alguna seriedad en mis veinte años. Pienso en Daniela, Cristina, Liliana, y ahora Andrea. Mujeres, todas, llenas de peculiaridades y rarezas, como yo. Mujeres demasiado complicadas. Me quedo dormido preguntándome por qué chingados no puedo conocer una mujer más o menos normal.

Exactamente una semana después, Andrea me confesará que es bisexual y mi hermana gemela me dirá que ya se lo esperaba desde un buen tiempo antes. No me voy a atrever a preguntarle por qué.

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