Una serie (des)afortunada de clichés

«Recuerdo que me dolió. Verla me dolió».

Por supuesto que me robé esa línea. Podría pasar la mitad de mi vida explicando por qué me llamó la atención, porque repetí una película de quinceañeras para tomarla de forma perfecta, y por qué estoy escuchando el soundtrack mientras escribo esto. Sin embargo, nos concentraremos en el cuento primero.

Acto 1

Verla me dolió, sentada ahí, sabiendo que iba a pasar todo de nuevo. Ella no sabía, por supuesto, donde la historia terminaría; en cambio yo, podía recitarla minuto a minuto, segundo a segundo.

Como sabía que iba a pasar, ella me miró y me sonrió. Tantas veces lo hizo en el pasado, y esta primera vez estremeció cada uno de mis huesos de nuevo, es de esas cosas que no podré controlar nunca más.

«Hola», me dijo. Y me volví a repetir una vez más: «es increíble cómo, después de tantas veces, sigo sonriendo como idiota». Lloramos juntos, reímos a rabiar, tuvimos todas las primeras veces que nos faltaban para una vida completa, incluso para mí que estaba repitiendo.

«Mi Nombre es Samantha», me dijo ella. Yo sonreí queriendo gritar que la amaba desde hace más de mil años, pero sabía lo que había pasado la última vez que le dije a ella, en mi segunda frase eso. En todo caso, seguí lo que recordaba una vez más, para de nuevo tener una nueva oportunidad de que el final fuese distinto. Una oportunidad más, para no hacer lo que hice la primera vez.

Acto 2

Tres veces he estado enamorado en mi vida. La primera vez, era simplemente un niño, en lo más rural del mundo, casi descalzo en la escuela. Ella simplemente fue ella, sin mayor adorno, y logró cortar dentro de mi como cuchillo en pleito de puñetes, sin intentarlo, sin esforzarse, siendo ella misma.

La segunda era ya un poco mayor, ya había aprendido de primeras veces un poco más, y creí que ponerme la ropa de domingo alrededor de mi corazón iba a hacer que todo fuese suficiente. El malo en esta historia fui yo, y a pesar de que me da pesar, entiendo que hay que probarse todos los sombreros antes de encontrar el que calza perfecto. Ella sigue cerca, igual que la primera, y me enseñaron todo lo que sé.

La tercera, esta me movió el piso. La gravedad dejó de funcionar por varios años, toda la música que me había gustado y que me gustará en el futuro sonaba junta, en perfecta sintonía; miraba la luna, siempre llena e iluminando mi camino hacia sus pies. Las baterías nunca se gastaban y los días no terminaban. Excepto, que todo eso sucedió en mi mente, tantas veces que ya perdí la cuenta. Ella estuvo conmigo la mitad del tiempo que yo estuve con ella, y en el cruce, cada uno hacia un destino distinto, ella se fue por su camino y yo por el mío, pero nunca le solté su mano, incluso cuando sus dos manos estaban alrededor de alguien más, en vestido blanco al otro lado del mundo.

Acto 3

«Ya esto ha pasado al menos mil veces», le dije a ella y miré su cara de desconcierto. «Ya he pasado por esto muchas veces, no logro que termine distinto nunca».

«Las películas que veo, las canciones que escucho, todas me dicen que esta vez será distinto. Que amar como te amo es suficiente para que todo resulte. ¡Esta vez hasta intenté aprender el idioma!»

«Lo sé», me dijo ella. «Y apuesto que todas las veces, intentas cosas distintas, y siempre el mismo resultado». Su cara cambió a una cara de gran seguridad.

«Exacto», contestaron mis lágrimas mientras corrían por mis mejillas.

»Es tiempo que veas la hora que realmente es, la fecha, el año. Para hacerlo, tendrás eso sí, que hacer lo único que no has intentado hacer en todo este tiempo», me dijo ella con tono sereno.

A punto de desesperación, casi grité: «!¿Qué es lo que estás diciendo?! ¡He hecho absolutamente todo! ¿Qué necesito hacer que no he hecho, según tú?»

Justo antes de desaparecer en frente de mis ojos, sonrió como la primera vez, de nuevo, y me contestó: «Despertar. Abrir los ojos».

Justo después, levanté la mirada, y escuché por primera vez de nuevo: «¡Hola! Mi Nombre es Samantha», y mi sonrisa de idiota volvió.

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