¿Debo ser santo para ser salvo?

En Filosofía existen dos conceptos muy interesantes que nos ayudan a entender mejor la dinámica de la salvación. Estos son “causa eficiente” y “causa instrumental”. La primera es la que produce un efecto y la segunda la que se subordina a los propósitos de la causa eficiente. Por ejemplo, la causa eficiente de una pintura en óleo es su autor con su inspiración e ingenio, mientras que la causa instrumental es su destreza en el uso de los pinceles. Dicha habilidad para pintar está subordinada al genio del pintor. Sin causa eficiente no hay causa instrumental.

Para los lectores que aún siguen aquí les debe ser sencillo responder a la pregunta ¿cuál es la causa eficiente de nuestra salvación? La respuesta es que lo es el Espíritu de Dios y sus operaciones de regeneración en los elegidos. La segunda pregunta es ¿cuál es la causa instrumental de la salvación? La respuesta es que lo es la fe en Jesús.

Durante la reforma protestante estos conceptos fueron debatidos. Roma alegaba que la causa instrumental de la salvación no solo era la fe sino también las buenas obras. Empero, correctamente Lutero y otros reformadores sostuvieron que la Biblia enseñaba que solo la fe es la causa instrumental de la salvación, pues era un regalo de Dios -no una obra nuestra- que nos dio vida en Cristo después de haber estado muertos en delitos y pecados (Ef.2:1–10). Surgió así la famosa «Sola fide».

Hace algunos años nació un debate entre evangélicos denominado «Lordship Salvation vs Free Grace». En pocas palabras, de un lado se decía que una vida santa era necesaria para la salvación y del otro que la salvación no incluía la santidad de vida, sino un mero asentimiento intelectual. La verdad estaba entre ambos lados: la única causa instrumental de la salvación es la fe, pero esa fe no viene sola sino acompañada de santidad. Esto último no significa que la causa instrumental de la salvación es la fe y la santidad. No. Solo la fe. Pero esa fe produce con el tiempo una cosecha de buenos frutos (Gá.5:22–23).

Por eso Jesús decía que no solo el que le dijera “Señor” entraría en en Reino de los cielos sino el que hiciera la voluntad de Dios (Mt.7.21). También dijo que el que lo amara cumpliría sus mandamientos (Jn.14.15). ¿Estaba Jesús enseñando la salvación por obras? Claro que no. Estaba hablando del resultado de esa fe salvadora -la única causa instrumental- en la vida de la gente.

No hay que confundirnos. La única causa instrumental de la salvación es la fe. Y el único resultado de esa fe es la santificación progresiva (Ef.2.10). Esta santidad nunca llega a ser perfecta en esta vida. El cristiano peca pero no hará del pecado su rector (Ro.6.1,15). Así que sostengo que no es posible aceptar a Jesús como Salvador pero no como Señor (Ro.10.9). A Cristo el que le ama le obedece -imperfectamente- como él enseñó.

Nuestra seguridad de la salvación no depende de nuestra santidad sino de la única causa instrumental que es la fe en Jesús. La santidad no salva a nadie. No obstante, nadie que es salvo dejará de dar frutos de arrepentimiento (Mt.7:15–20).

No entender esto ha llevado a que muchos opositores de la fe hablen del calvinismo como “una licencia para pecar”. Nada más lejos de la realidad.