Dios no es como nosotros

Elementos prácticos de la inmutabilidad de Dios

El filósofo Émile Cioran decía:

El paraíso era insoportable o de lo contrario el primer hombre se hubiera adaptado a el. Este mundo es menos que eso, ya que aquí lamentamos el paraíso perdido o anticipamos otro. ¿Qué hacer y a dónde ir? No hacer nada y no ir a ningún lado parece ser lo más fácil.

Viniendo de un ateo es natural observar aquí el desprecio hacia la revelación. Pero aún refleja un pensamiento ordinario no solo de ateos y agnósticos sino también de algunos creyentes: el éxito o fracaso de nuestra relación con Dios es asunto de adaptación. Si uno consigue moldear a Dios de una manera consistente con la propia visión de la vida entonces será posible profesar la fe. De otro modo se rechazará. “Cree aquello que te haga feliz, que vaya contigo, con tu forma de ser” es el consejo del mundo que a veces forja teologías en las iglesias.

La Sagrada Escritura enseña que Dios no es como nosotros. Por ejemplo, Dios existe por sí mismo y es libre de todas las limitaciones: es perfecto, eterno e inmenso. Un análisis de Jn.5.26, Sal.94.8, Is.40.18, Job 11:1-10, Sal.145.3, Sal.90.2, 102.12, Ef.3.21, 1 R.8.27, Is.66.1 y Hch.7:48-49, entre otros, sostienen dicha conclusión. Entre estas características divinas está también el hecho de que Dios permanece imperturbable en su Ser. Él obra, se “mueve” y opera soberanamente pero a la vez no hay variación en su sustancia. Que Dios no cambie es una moneda de dos caras como veremos a continuación.

Porqué hay gente que no soporta esta doctrina

Precisamente, una de las más destacadas diferencias de Dios respecto al resto de su creación radica en que él no cambia. En términos teológicos decimos que es inmutable. Quizá no existe otro atributo de Dios más despreciado que este en la actualidad. Porque si algo caracteriza al hombre es la búsqueda de empatía al costo que sea: que los demás nos acepten como somos con independencia de nuestras acciones. En nuestra justificación queremos vernos reflejados en el otro, en sus pasiones, anhelos y sufrimientos. Deseamos hallarnos en las flaquezas y pecados del prójimo porque ello nos consuela al disminuir las expectativas y exigencias propias a los atascos ajenos. Si somos malos los demás también lo son. Y si yo me equivoco también lo hace el vecino y el pastor.

Pero si Dios no cambia y yo tengo una relación rota con él me veo obligado a abandonar la falsa esperanza de que algún día dispense mi pecaminosidad. Él me advierte que hay cosas que yo hago que lo ofenden. Entonces, si no estoy dispuesto a cambiar debo decidir si lo dejo o me esfuerzo por refabricarlo para lograr crear un dios que sea capaz de mutar conmigo, según mis trajines diarios y mis apasionamientos. La lucha feminista igualitaria y la agenda gay dentro de la iglesia son dos ejemplos extremos de este proceder. Pero entre nosotros esta distorsión es a menudo más sutil. Está allí donde creemos que Dios hará obras -o dejará de hacerlas- dependiendo de lo que nosotros consigamos con nuestro esfuerzo.

Pero Dios le dice al impío que habla de sus estatutos y se complace en el pecado lo siguiente:

Estas cosas has hecho, y yo he guardado silencio; pensaste que yo era como tú; pero te reprenderé, y delante de tus ojos expondré tus delitos (Sal.50.21, LBLA, énfasis añadido).

Dios no es como nosotros. Cuando caminamos bajo la condenación sin el menor reparo moral estas no son buenas noticias.

Que Dios no cambie es una excelente verdad para el cristiano

Para los cristianos esta inmutabilidad divina es una magnífica realidad. Significa entre otras cosas que Dios jamás deja de cumplir lo que promete en Cristo a cada uno de sus hijos. Dios no miente. La vida de Jesús es la promesa sin igual que nos llena de confianza. Porque Dios es veraz es que tenemos Evangelio (Ro.3.4). Dios lo que dice lo cumple (Is.55:10-11;Cfr. Am. 4.2). El apóstol Pedro nos habla de las maravillosas promesas de Dios:

Pues su divino poder nos ha concedido todo cuanto concierne a la vida y a la piedad, mediante el verdadero conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia, por medio de las cuales nos ha concedido sus preciosas y maravillosas promesas, a fin de que por ellas lleguéis a ser partícipes de la naturaleza divina, habiendo escapado de la corrupción que hay en el mundo por causa de la concupiscencia.
(2 Pedro 1:3‭-‬4 LBLA).

La estabilidad de la fe cristiana depende especialmente de este atributo de Dios. La doctrina de las Escrituras, la doctrina de la salvación y la doctrina de las cosas finales, entre otras, se construyen y permanecen porque la propia Palabra de Dios da testimonio de este inconmovible fundamento. El viejo himno dice:

Mi amor siempre tierno, invariable, eternal, Constante a mi pueblo mostrarle podré, Si nívea corona ya ciñe su sien,Cual tiernos corderos aún cuidaré (no.77. Himnario Presbiteriano, 1977).

El calvinismo ha elaborado una excelente sistematización de la soberanía de Dios. Por eso la seguridad eterna es un tesoro que defendemos bíblicamente fijando nuestra mirada en el autor y consumador de nuestra fe (Heb. 12:1-2). Que Dios no cambia se puede colegir de textos como Ex.3.14;Sal.102:26-28; Is.41.4;48.12;Mal. 3.6;Ro.1.23, entre otros. Santiago 1.17 indica:

Toda buena dádiva y todo don perfecto viene de lo alto, desciende del Padre de las luces, con el cual no hay cambio ni sombra de variación (LBLA).

Pero después de confirmar esta verdad ¿acaso no dice la Biblia que Dios acabó por arrepentirse de destruir a Nínive (Jon. 3.10)? ¿No tiene Dios pasiones que cambian constantemente de libro en libro, y va del deleite a la ira y de la calma al juicio (Cfr. Gén.1.31 y 6:5-6)? Para redondear nuestra explicación es necesaria una última precisión.

Dios no es como nosotros pero habla con nosotros de un modo que podamos comprender

En su amor, Dios condescendientemente elaboró un plan para entregar su santa revelación en el modo y la forma que él quiso y que sería eficaz para que pecadores como nosotros pudiéramos conocerle. El cúlmen de su revelación es Jesús (Heb. 1:1-2). La encarnación es el extraordinario acontecimiento de realización divina. En Cristo Dios nos habla hoy de una forma sencilla y profunda. Se encuentra con nosotros y nos arropa con sus bellas palabras de vida.

Pero cuando la Biblia retrata cambios de ánimo en el Padre se debe a que aquella condescendencia divina resulta a veces en expresiones antropopáticas. Berkhof (Teología Sistemática, 2009,p.69) usa esta palabra para referir la atribución que la Escritura hace a Dios de las pasiones humanas, con el propósito de usar una experiencia común del hombre para que este pueda profundizar en el principio subyacente del carácter de Dios.

Calvino escribió que Dios ordenó la Escritura de tal forma que se evitara la confusión y se deshiciera la oscuridad (Instituciones,I,VI,1). Las “pasiones de Dios” en realidad son recursos literarios para aclarar lo que Dios desea que sepamos. Porque Dios no cambia: somos nosotros los que cambiamos en nuestras relaciones con él y con los demás.

Finalmente, en un terreno apologético no concluir la inmutabilidad de Dios nos enfrenta cuando menos a dos problemas importantes:

  1. Pensar que Dios cambia su voluntad dependiendo de nosotros. Los “Yo declaro” y la desastrosa doctrina de “la siembra” del carismático son una consecuencia de esta mala teología. También la doctrina arminiana de la “presciencia de Dios”.
  2. Pensar que Dios “evoluciona” en nosotros y se va manifestando a través de nuestra personalidad según crecemos en iluminación. Así enseña la vieja herejía de la Nueva Era.

Algunas iglesias aman la posibilidad de poder incidir en su destino si “activan” la bendición o “mueven la mano de Dios” con ciertos ritos o palabras. Efectivamente, Dios nos oye (Jer. 33.3), quiere que lo busquemos (Mt. 6.33) y responde a su creación. Pero lo hace en el tiempo, el modo y la forma que le place según el sabio designio de su voluntad como evidencia el intenso testimonio de Job y José, entre otros. Es propio de las religiones humanas el crear dioses que se amoldan a los sueños y frustraciones del fanático. Pero jamás ha sido el caso de la religión cristiana.

¿Puedes experimentar el gozo de un Dios que no cambia y que es fiel? En esta era trémula abarrotada de impiedades y peligros de hambre, guerra y pobreza ¿alcanzas a sentir las seguridades de la inmutable palabra de Cristo? ¿Sabes del eterno tesoro que hay en las Escrituras para los cansados y trabajados? Busca la luz en la Palabra de Dios. La luz que permanece para siempre.