Encubriendo la herejía liberal

Abundan los artículos que tratan sobre cuándo dejar o no una iglesia y buscar una mejor. La pluma se agita desde el calor pastoral hasta la reprensión más abierta para los que se atreven a marcharse de una asamblea local de creyentes.

Pienso que ha pasado desapercibido un hecho muy importante: en la mayoría de los casos la razón para dejar una iglesia, como por ejemplo la apostasía, no se presenta de forma evidente (cfr.1 Ti.4.2;2 Ti.3.5).

Los pastores de las iglesias que caminan rumbo al liberalismo teológico generalmente se defienden alegando que sus congregaciones son ortodoxas y confesionales. “Aquí enseñamos el Credo” “la confesión” “el catecismo” -pregonan mientras sancionan -de forma oficial o no- al que se va.

Cuando refiero que la apostasía y el liberalismo ha menudo no es evidente quiero decir que regularmente ningún pastor liberal o neoliberal va a declarar con todas su letras que ha abandonado su Confesión o que ya no cree en la suficiencia de la Biblia, entre otros tópicos. Al pastor y anciano de este tipo se le descubre muchas veces por lo que NO enseña, por esos temas que no toca, que evade. Y otras veces por lo que dice en la mitad de una interpretación bíblica no expositiva, haciendo eco de la advertencia: “…los cuales encubiertamente introducirán herejías destructoras…” (2 P.2.1).

Pedirle, por tanto, a un cristiano que explique exactamente el porqué se marcha de su iglesia no es una exigencia sencilla, porque la apariencia de muchas iglesias liberales es la ortodoxia cristiana. El veneno liberal contra la autoridad de la Biblia se inocula de manera velada- “encubierta”, leímos en Pedro- no primeramente en las iglesias locales sino en sus seminarios. El seminario trabaja cada día contra o a favor de la Escritura, y le enseña a los alumnos cómo incidir en sus congregaciones sin que operen cambios drásticos que a nadie le gustan.

Yo dejé la membresía presbiteriana de una iglesia local en principio porque allí las mujeres predicaban, pero también (y quizá sobre todo) porque carecía por completo de disciplina eclesiástica y tenía un flojísimo ministerio de la Palabra, marcas todas de la iglesia verdadera. Estos hechos, si uno se fija, no incluyen la negación de los estándares de Westminster, ni el Credo de los Apóstoles pero si una negación TÁCITA de la suficiencia de las Escrituras, su autoridad y su inerrancia.

Hoy estoy en una iglesia no confesional en el sentido tradicional del término (sin denominación). Y aunque allí hay cosas que no me gustan puedo hallar las marcas de la iglesia en ella dentro de una organización consistente. El que pisa esa iglesia conoce rápido de qué se trata allí, cuál es su énfasis y cómo están organizados sus ministerios. Esto es de enorme valor en medio de un mundo de iglesias que se aferran a las glorias denominacionales del pasado para enmascarar su liberalismo teológico.

Hace falta mayor transparencia pastoral. Que no dé miedo enseñar lo que se estima la mejor interpretación de las Escrituras. Porque peor que un Oesteen o Luna que hablan sin tapujos lo que consideran la verdad, es aquel pastor que se guarda cosas contra la ortodoxia cristiana para “no lastimar las conciencias de las ovejas” so pretexto de “irlas preparando para el cambio de mentalidad”. Estos están más engañados que aquellos.