Escapa a la esclavitud de la “bendición reformada”.

Una de las luchas más inútiles que existen hoy en día es demostrar quién es un cristiano “verdaderamente” reformado. Probar que eres reformado, para empezar, va a depender de la clase de tradición que te esté exigiendo tu interlocutor que profeses. Y dentro de una tradición específica aún existirán divergencias. Es el caso del presbiterianismo, por ejemplo, en donde algunos exigen la visión antigua escocesa con su salmodia exclusiva, mientras que otros no, como es el caso de la Iglesia Nacional en México que jamás ha practicado tal cosa.

Seguro que hay manera de separar al evangelicalismo -sin denostar el término- de la tradición reformada, pero sigue siendo una pérdida de tiempo hacer la guerra para depurar el concepto entre cristianos. Hace algunos años yo estaba muy preocupado por eso. Gastaba mucha energía en el tema. Hacía el ridículo. Hasta que reconocí dos colores del presbiterianismo: uno sectarista e intransigente, y otro liberal y laxo. Están los que dicen que hay un presbiterianismo real y uno falso, pero en los hechos yo he descubierto que ambos (según esta división) pertenecen al mismo Presbiterio. La insistencia de que de todos modos uno es falso a mi me hace reír. ¿Por qué? Porque he estado en ambos y en los dos hay verdaderos cristianos: no sé si verdaderos reformados, pero sí verdaderos cristianos. Y la Iglesia se beneficia no de la adhesión estricta a una tradición sino de la vida de Cristo en las personas santas.

Yo amo a la Iglesia Presbiteriana. Pienso que su organización y teología es la mejor. Pero no soy presbiteriano porque no estoy bajo ninguna jurisdicción del presbiterianismo. Antes lo estaba pero ya no. ¿A qué se debe? Hay varias iglesias de la denominación en mi ciudad. ¿Entonces? La razón es compleja pero puede resumirse en que en este presbiterianismo local mi familia y yo no creceríamos espiritualmente. El precio que pagué al irme fue el de la nostalgia, pero fue más alto el llamado de la Palabra de Dios que el de una denominación. Por eso a mi me resulta intrascendente ahora ser llamado o no reformado aunque yo quisiera que todos lo fuéramos.

Estas cosas vinieron a mi mente mientras leía el Evangelio de Marcos. Llegado a Capernaúm los doce discípulos recibieron una enseñanza de Jesús a propósito de una discusión que habían tenido en el camino. Les urgía saber quién era “el más importante” entre ellos. Cristo llama a un niño y abrazándolo les hace saber que deben servir a los demás (Mc.9:33–37). Más interesante es lo que sigue:

Juan le dijo: Maestro, vimos a uno echando fuera demonios en tu nombre, y tratamos de impedírselo, porque no nos seguía. Pero Jesús dijo: No se lo impidáis, porque no hay nadie que haga un milagro en mi nombre, y que pueda enseguida hablar mal de mí. Pues el que no está contra nosotros, por nosotros está (Marcos 9:38‭-‬40).

El apóstol Juan y sus homólogos creían que poseían un derecho exclusivo, una membresía inaccesible y un privilegio, inmunidad y preeminencia circunscrita únicamente al círculo de los doce en lo que tocaba a la proclamación evangélica. Nadie excepto ellos -pensaban- podía hablar, sanar y obrar en el nombre de Jesús. ¿No es la creencia actual de muchos cristianos que juran ser los adalides modernos de la Teología reformada, de la misma orgullosa estirpe? ¿No insisten en que la legitimidad para hablar del asunto solo les pertenece por derecho histórico y divino a ellos?

Jesús les enseña que no existe un “derecho” tal. Si uno visita a los mormones, a las logias masónicas y a otras sectas de misterio se hallará este espíritu donde la iluminación es una prerrogativa que se alcanza en la medida que sus líderes te permiten el acceso o te otorgan el grado. Pero la fe cristiana no es así. No se coloca la luz debajo de la mesa sino en donde todos la vean (Cfr. Lc.11.33) porque la verdad debe ser conocida por el mundo. No es el pastor el que te hace cristiano. Ningún hombre. Es el Espíritu de Dios. Una persona te puede “hacer reformada” si te “bendice” con su autoridad cuando cumples sus exigencias doctrinales. Pero esto es una trampa en la que no debes caer. Lo más importante en tu vida proviene de Dios y no de la opinión humana.

Jesús autoriza que los que están fuera del grupo de los doce puedan ministrar en su nombre. Desde luego, asumiendo que hablan las palabras de Dios. ¿Qué mayor autorización requieres tú, que no hablas fuera del grupo de los doce sino sobre su fundamento? ¿Qué más necesitas? ¿Qué relevancia puede tener que seas tenido por reformado o no si Cristo vive en ti? Deja de buscar “la bendición reformada” de alguien más, por mucho respeto que le tengas. Cristo no te llamó a esa esclavitud.