“El que no esté de acuerdo conmigo que escriba”

El arte olvidado de responder en la controversia

La intransigencia no siempre es mala. El apóstol Pablo ordenaba que con algunas personas ni siquiera había que sentarse a comer (1 Co.5.11), y el apóstol Juan que ni abrirles la puerta de nuestras casas (2 Jn.10-11). ¿Por qué? Por la misma razón que Dios no toleró jamás el pecado entre su pueblo: el amor a la verdad , a sí mismo, a los suyos. De igual modo, la discusión teológica no solo no puede ser siempre mala, sino que puede llegar a ser muy buena, indispensable, edificante, reveladora y obligada por el bien de la iglesia (Cfr. Gá. 2:11 y ss.; Hch. 15:1 y ss.).

Algunos cristianos piensan, sin embargo, que casi cualquier discusión entre hermanos es innecesaria. Juzgan la correspondencia y el debate teológico como pecaminoso. Y esto es especialmente notorio cuando se trata de lo que ellos mismos enseñan (¿casualidad?). No los puedes tocar. Y tampoco puedes tocar a sus amigos. Si tu escribes algo que cuestiona sus nociones todos deben sospechar de tu amor y la autenticidad de tu fe. Algunos han llegado al grado de aplicar a sus críticos Ro. 3:13-14, un pasaje que habla de gente sin Cristo, la mayor de las tragedias.

Pero estos cristianos deberían recordar varias cosas:

  1. Que a diferencia de los romanistas nosotros no creemos en la «infalibilidad pastoral». Ningún líder cristiano, no me interesa cuál, de qué renombre, calibre o trayectoria, habla «ex cathedra». En la iglesia protestante nadie es intocable. Si tu eres pastor o líder cristiano debes entender que sobre todo tú y tu doctrina estará siempre bajo el examen de la Iglesia;
  2. Que la historia de la Iglesia muestra que los cristianos siempre han logrado consensos importantes para la fe no cerrándose a la crítica sino abriéndose a ella en cartas, concilios, catecismos y confesiones, tratados, declaraciones, ensayos, escritos, volúmenes y otros medios de comunicación; y
  3. Que la materia de los debates no debería de inquietarnos sino la argumentación bíblica que sostiene los mismos. Esto significa que no es el tema lo que determina la importancia de lo que se quiere discutir sino el respaldo bíblico que tenga la propuesta. Si alguno discute sobre la gracia de Dios, las obras, los dones espirituales, etcétera, será conveniente el debate en la medida que tenga sentido no porque a uno se le ocurra que lo tiene o no, por predilección personal, sino por su contenido bíblico, por sus razones escriturales y por su apoyo en la revelación.
Jesús respondía a la gente. ¿Somos nosotros mejores que el Señor?

Así que cuando un cristiano repudia una discusión solo porque la siente un ataque a sus propias convicciones individuales en materia de la fe estamos en presencia de un tipo más de intransigencia, pero de una mala intransigencia. El que así procede no es diferente del que odia al prójimo porque este no concuerda con su Teología. En este caso el cristiano desprecia la ignorancia del otro, y en aquel el hecho de que se hayan atrevido a meterse con sus ideas. En ambos hallamos el mismo pecado de presunción disfrazado con máscaras diferentes. Tomás de Aquino indicó: «Si alguien no está de acuerdo conmigo, que escriba», porque el que escribe tiene que pensar en la oposición, ordenar sus ideas y defenderlas aunque sea con un mínimo de claridad. Si a uno lo señalan de estar confundiendo términos bíblicos y hay una tesis válida que respalda lo dicho, habría que estudiarla y proponer una solución o aclaración igual o superior a la contraria. No se trata de «haber quien gana» sino de edificar al pueblo de Dios para que todos crezcan echando abajo confusiones que los hermanos pueden lamentar como apasionados de la Palabra. Es común que después de unos cuantos artículos todos concuerden en que hubo un malentendido. Pero eso sólo puede saberse a través del intercambio de ideas.


No debemos tener miedo a que cuestionen lo que pensamos. Debemos temer que caigamos en la indiferencia ante reclamos válidos a nuestro pensamiento teológico. Rehuir el debate cuando el otro nos da razones de peso para entrar en el no es ninguna virtud. Yo no estoy diciendo que debamos responder a todo lo que los otros nos discuten. Eso sería imposible e infructuoso. Debemos elegir con cuidado nuestras batallas. Pero si no vamos a contestar formalmente al menos tengamos la madurez para no andar desechando cualquier cosa que trastoca nuestras ideas como «falta de amor» «de gracia» o «de humildad».

Cuando un cristiano repudia una discusión solo porque la siente un ataque a sus propias convicciones individuales en materia de la fe estamos en presencia de un tipo más de intransigencia, pero de una mala intransigencia.

Yo recuerdo un muy buen artículo de un pastor bautista que cuestionó el ecumenismo con Roma de un cantante cristiano mexicano. Dicho artista, que posee un blog con miles de visitas diarias, no contestó nada. No aclaró nada. Pero eso sí, más tarde y de un modo informal escribió alegando que sus críticos vivían en el pasado, y por extensión que eran unos necios -27,000 «me gusta» en los primeros días, 27,000 mentes cristianas apoyando esta mecánica oxidada para acabar con la discusión. Esa no es forma de responder a un argumento de contenido bíblico y teológico tan denso como el que le dirigieron, entre citas bíblicas, porciones del Catecismo Romano y otras fuentes. Y así prefieren responder muchos hoy dizque para evitar la controversia que consideran en general anticristiana. Hoy son pocos los pastores que escriben artículos, ensayos y hasta preparan libros y conferencias para responder a cuestiones sobre la fe y la enseñanza que profesan. ¿Por qué será? ¿Por qué ni aún una sola columna en alguna de las múltiples plataformas de publicación gratuita se dignan a componer?

Rehuir el debate cuando el otro nos da razones de peso para entrar en el no es ninguna virtud.

En otro episodio de controversia el artista respondió. Eso me alegró. Pero ojalá no tuvieran que pasar los años o que surgieran señalamientos públicos graves para que uno dejara la ambigüedad y la apatía, al menos por un momento, por amor al Señor. Muchos otros simplemente redactan aforismos maliciosos en sus redes sociales respondiendo a todos y a nadie, aventando la granada a ver a cuántos lacera. Esta actitud pusilánime solo remarca el punto controvertido, lo vuelve más virulento y pasional. Creo que si juntaran todas sus pequeñas publicaciones acéfalas sería mejor para todos. Pero les pasa lo que dice el refrán popular: “Fácil es cacarear. Lo difícil es poner”.


A mi no me gusta que me contradigan. A veces sufro la oposición con particular tristeza. Pero entiendo que el que escribe debe estar preparado para responder. Así son las cosas al menos entre gente cuya enseñanza es oída por la Iglesia. A la fecha, mi bitácora tiene pocos lectores pero esos pocos son muy importantes para mí. Prefiero recibir la sanción de otros a quedarme en silencio cuando creo, en la buena fe, que hay algo que debe ser revisado dentro del vaivén del pensamiento cristiano contemporáneo.