Internet: confundiendo el pecado del engreimiento espiritual con la búsqueda de la piedad

Yo conocí la fe reformada por medio de los libros y el internet. Estudié el calvinismo inicialmente en la Confesión de fe de Westminster y los libros de R. C. Sproul, y más tarde profundicé en ello en videos, conferencias y análisis reformados en línea. De hecho, a la fecha aún soy estudiante formal de Ligonier Connect, un ministerio en red de Ligonier Ministries para aprender más sobre las Escrituras. La bendición que hemos recibido millones de cristianos en el mundo por medio del acceso a estos materiales en internet es maravillosa.

Sin embargo, he notado un fenómeno inquietante relacionado con los medios informáticos y la vida de la iglesia. Es simple y complejo a la vez: Internet está alejando a muchos cristianos de la realidad. Hay cristianos que en su búsqueda de piedad y sabiduría se están volviendo cínicos y necios. No estoy hablando aquí del desastre de la Iglesia virtual (donde “asistes” sentándote frente al monitor). Estoy tratando sobre el problema del aislamiento y radicalización de aquellos hermanos que, después de haber visto, escuchado y estudiado un mensaje en internet, sienten que la iglesia local ha dejado de ser importante para ellos. En el peor de los casos han dejado de asistir. Tienen conciencia de la importancia de congregarse pero piensan que Dios aprueba su falta de comunión con la iglesia local en tanto estén embarcados en la búsqueda de la iglesia ideal. El inconveniente es que nunca la hallan.

Estos hermanos han escuchado y leído a John MacArthur, R. C. Sproul, Paul Washer, John Piper y otros hombres de Dios extraordinariamente preparados, se han emocionado hasta las lágrimas, los han visto debatir y contender ardientemente por la fe y han recibido consuelo y dirección espirituales de primer orden. Y después, al llegar a la iglesia local, se han reunido a escuchar un mensaje de un pastor que parece no encajar en el perfil y que resulta extraño a la medida que han aprendido a disfrutar en línea. Este ministro tal vez carezca de estudios universitarios y de especialización teológica, o más aún, quizá ni siquiera posea algún grado en educación básica. Entonces comienzan a pensar que la iglesia local se ha quedado corta y por tanto es tiempo de partir y explorar otras opciones que se parezcan a lo que han visto en internet.

Esta tragedia se debe al menos a dos factores: primero, es un testimonio de la falta de comprensión de la soberanía de Dios; y segundo, es regularmente una muestra del pecado del engreimiento espiritual en la persona.

Dios, en su gobierno soberano, instituyó el pastorado y él mismo fue y ha sido siempre el que ha llamado a los hermanos a ministrar a la iglesia. Jesús dijo: “Pídanle, por tanto, al Señor de la cosecha que envíe obreros a su campo” (Mt. 9.38, NVI) refiriéndose a los ovejas sin pastor y a la necesidad de siervos que las protejan y amparen. Fue Dios, Jehová de los ejércitos, quien eligió a Abraham, Noé, Moisés, Josué, Elías, Ezequiel, Isaías, Jeremías y todos aquellos guerreros y profetas que habían de cumplir su voluntad sobre la tierra a favor de la santificación su pueblo. Pablo indica que “El mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; y a otros, pastores y maestros, a fin de capacitar al pueblo de Dios para la obra del servicio, para edificación del cuerpo de Cristo” (Ef. 4.11–12, NVI). Por tanto, si alguno sirve como pastor o anciano en una congregación debemos asumir en primer término que lo hace porque así lo ha dispuesto el Consejo soberano de Dios.

El internet puede llevarnos a objetar el liderazgo de la iglesia local porque al compararlo con lo que vemos en línea puede parecernos teológicamente vacío y poco espiritual. John MacArthur expone los evangelios de forma expositiva, en las lenguas bíblicas originales y en periodos muy largos de tiempo, mientras que el que predica en la iglesia local parece no entender muy bien su propio idioma, y su mensaje puede presentarse desarticulado. R. C. Sproul se reúne en conferencias anuales donde se tocan puntos importantes de la vida moderna en contraste con el cristianismo mientras que el ministro de la iglesia local se presenta con deficiencias básicas en la teología sistemática. Paul Washer anda predicando el evangelio en la India mientras que el pastor de la iglesia local se limita a invitar a los visitantes de la congregación a arrepentirse y confiar en Cristo.

Todo lo anterior puede llevarnos a la peligrosa conclusión de que ya tenemos nuestra vida resuelta, y estamos capacitados para juzgar al hermano y tomar una decisión en la que, tal vez sin quererlo, le digamos al Señor de los Mundos que se ha equivocado y que es preferible nutrirse sólo de un cristianismo virtual hasta encontrar la congregación perfecta, o al menos la más parecida a lo que soñamos tener. Sobra aquí decir que si quisiéramos aplicar todos los requisitos del obispado que aparecen en las Escrituras ningún ministro (ni aquellos que se idolatran en la red) cumpliría con ellos. Es verdad que un ministro de Dios no puede comprometer el evangelio bajo ninguna circunstancia pero aún el más santo de los hombres al final de su vida termina haciendo sólo lo que se le ha ordenado (Lc. 17.10).

Por otro lado, Ro. 12.16 dice: “No sean arrogantes, sino háganse solidarios con los humildes. No se crean los únicos que saben” (NVI), y en 1 Co. 8.2 se lee: “El que cree que sabe algo, todavía no sabe como debiera saber” (NVI). El engreimiento espiritual es un pecado abominable para Dios; “te engañas a tí mismo”, escribió Pablo a los gálatas (6.3), cuando pretendes saber más que tus hermanos y que el mismo Dios que te rescató. Además ¿cómo es que John MacArthur, R. C. Sproul, John Piper y Paul Washer han de pastorearte cuando no te conocen? ¿cómo te exhortarán y aconsejarán de acuerdo con lo que tú necesitas? ¿cómo sabrás (más allá de tus conclusiones narcisistas) si estás pecando contra Dios o no, si tu vida no está expuesta al escrutinio de los hermanos en la iglesia local? ¿qué te hace pensar que soportarías la disciplina de aquellos grandes pastores que miras en internet? La arrogancia es tan grave como el pecado de la idolatría (1 S. 15.23) y generalmente está presente cuando el cristiano pretende que no importa cuánto pueda obrar el Espíritu de Dios sobre un hombre que ha sido escogido para pastorear en medio de su ignorancia, enfermedades y demás carencias. Pero exaltar al humilde y pequeño es la costumbre de la Trinidad a lo largo de toda la Escritura (cfr. 1 Co. 1.27).

Nunca he conocido a un hombre con la mente de Charles Hodge o Louis Berkhof; mucho menos con el genio, corazón y sabiduría de Agustín y Juan Calvino, pero tampoco he conocido jamás tan íntimamente los pecados, flaquezas y debilidades de un hombre como yo, completamente descalificado ante mi mismo pero al mismo tiempo aprobado en los méritos de Cristo. Yo puedo escuchar a uno de mis hermanos errar en un concepto básico de la fe cristiana y al mismo tiempo retumbar en mis oídos mi propia torpeza no sólo en otros conceptos, sino en la vida cristiana misma, en mi falta de discernimiento y sabiduría para vivirla y en lo duro que me resultan algunas pruebas que para otros hermanos, “los inexpertos y sin preparación”, son ligeras en el poder del Señor Jesucristo.

Tengamos cuidado de no estarnos separando de la realidad. Honremos a los pastores que Dios ha puesto en la iglesia (Heb. 13:7.17) y adoremos al Señor con libertad, cada uno de acuerdo con la medida de fe que le ha sido dada (Ro. 12.3).