Foto: Martin Bartosch

Intimidad con Dios en Cristo

Nosotros nos comunicamos con las personas de diferentes formas: cara a cara, por teléfono, mediante vídeo-conferencias, cartas, correos electrónicos, entre otras. Y en la medida que el prójimo se deja conocer es en la medida que nuestras relaciones interpersonales se fortalecen. Por ello, son nuestros mejores amigos aquellos que saben quiénes somos, cuáles son nuestras debilidades, pecados y virtudes, y al mismo tiempo comparten lo suyo, de algún modo su intimidad, lo que otros ignoran ya porque no les interese, ya porque se juzgue impertinente darles información.

Así mismo, Dios -la persona de Dios- es conocido cuando él decide darse a conocer. Por eso llamamos a la Biblia “revelación”, pues en sus páginas el Santo obró de manera que pudiéramos escucharlo, atenderlo y adorarlo: conocerlo. La revelación bíblica, en su forma manuscrita, inició con Moisés. Fue a él a quien Dios quiso bendecir con el don profético especial encargándole el inicio de la redacción de la infalible Palabra. Ir a su experiencia nos permitirá comprender mejor el fin de nuestra comunicación-relación-intimidad con el Señor.

La Biblia dice de Moisés:

Nunca más surgió en Israel un profeta que, como Moisés, hubiera conocido al Señor cara a cara (Dt. 34.10).

La referencia inmediata está en Éxodo 33.11:

Y el Señor hablaba con Moisés cara a cara, como habla cualquiera con su compañero…

Los efecto de estos encuentros entre Dios y Moisés fueron, primero, el resplandor en la cara de este (Éx.34.29); segundo, el temor del pueblo que debido a ello no se acercó a él cuando bajó del Sinaí con las dos tablas del testimonio en sus manos (v. 30); y tercero, la obligada medida de cubrirse el rostro con un velo al estar entre la gente para así disminuir la ansiedad que el maravilloso hecho les producía.

El lector promedio de las Santas Escrituras puede hilar de forma natural el evento anterior con la explicación del apóstol Pablo acerca de nuestra nueva posición en Cristo:

[Nosotros] No actuamos como Moisés, que se cubría el rostro con un velo para que los hijos de Israel no se fijaran en el fin de lo perecedero (2 Co. 3.13).

La revelación nos dice que “ese velo será quitado cuando se conviertan al Señor” (v.16) -refiriéndose aquí específicamente al pueblo judío. Pero el hecho más extraordinario es este: que en Cristo

[T]odos nosotros, que miramos la gloria del Señor a cara descubierta, como en un espejo, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor (2 Co.3.18).

Ciertamente, en ninguno de nosotros (los cristianos) la piel del rostro tiene las marcas celestiales que tuvo Moisés, por lo que tampoco infundimos aquel temor popular ni mucho menos requerimos cubrirnos con alguna tela. Pero el apóstol dice que vemos la gloria del Señor a cara descubierta, cara a cara, y el resultado es que somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen.

Si analizamos la epístola a los Efesios hallaremos esta prueba de transformación como el fin del ministerio cristiano:

Y el mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio…hasta que lleguemos a estar unidos por la fe y el conocimiento del Hijo de Dios; hasta que lleguemos a ser un hombre perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo (Ef. 4:11–13).

Ser como Jesús. Ese es el objetivo. Que el mundo conozca y sea como Jesús. En el clásico pasaje de Romanos 8.28 donde se lee que “Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman…” está la misma precisión:

Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que sean hechos conforme a la imagen de su Hijo… (Ro. 8.29).

Todo el trabajo en las Iglesias y misiones, todos los sacrificios de los mártires, toda la literatura cristiana que se ha producido, todo lo que nos ocurre en nuestra vida, todo ello busca ese fin de conformar y transformar al ser humano a la imagen de Jesús.

Moisés habló cara a cara con Dios. Nosotros lo hacemos hoy en un sentido espiritual de profundo misterio. Porque no entendemos la operación del Espíritu de Dios en nosotros: nos limitamos a ver los resultados en nuestras vidas. Hablamos “cara a cara” en la oración, en la meditación de las Escrituras, en los sacramentos, por medio de la fe y el arrepentimiento, indispensablemente en Cristo y sus méritos, en la limpieza de su sangre y la paga del pecado en su cruz.

Recordemos estas cosas siempre, especialmente en días en que el hastío y el trajín de la posmodernidad se coluden para acabar con nuestra intimidad con nuestro Padre Celestial.