La erudición cristiana: ¿Un mal necesario o una bendición?

Exhortación a estudiantes de la Biblia, seminaristas y aficionados a la Teología

El conocimiento es sumamente atractivo. Tan seductor que su posesión fue usada para tentar al hombre en el Edén (Gn. 3.4). Desde los primeros años de vida del ser humano, el saber se convierte en una misión de extraordinaria relevancia. Dios nos dotó con una mente capaz de entender, crear, desarrollar y resolver problemas complejos. La ciencia aún no acaba de sorprenderse por las capacidades del cerebro humano. Insuperable en relación a sus propios inventos.

La Palabra de Dios llama al cristiano a la renovación de su mente: un cambio en la manera de pensar (Ro. 12.2). μεταμορφουσθε es la raíz de la palabra metamorfosis. La renovación de la que habla el apóstol no es superficial. La νοος, o mente, no solo incluye la comprensión, sino la facultad de sentir, juzgar y determinar el curso de nuestra vida. Así, la reforma comienza en la forma en que percibimos al mundo, o dicho más técnicamente radica en una nueva cosmovisión. Jesús declaraba que “conoceríamos” la verdad y entonces seríamos libres (Jn. 8.32). Conocer (γνωσεσθεes) entonces es un presupuesto básico para nuestra libertad en Cristo.

Es claro que el conocimiento es fundamental en la religión cristiana; lo que no sabemos algunos con seguridad es qué alcance de este conocimiento se puede seguir considerando adecuado y necesario desde el punto de vista bíblico. En el terreno de la erudición bíblica a veces se piensa que el erudito cristiano es una especie distinta de creyente, con poderes superiores y una visión casi inspirada - más que iluminada - de las Escrituras. Se opina además que en conjunto estos eruditos conforman una élite en la Iglesia que se eleva por encima del creyente ordinario. Una dimensión arcana aparece entonces al separar a la Iglesia de la Academia y concluir que los trabajos de una y otra son independientes o cuando menos marcadamente subordinados con la primacía del círculo de eruditos.

Esta equivocada visión de la Academia ha llevado a algunos lectores y gestores de la teología a un error muy grave que consiste en colocar a los pastores de las iglesias como gente de segunda y al cristiano común como de tercera, comparados con el gremio académico. Así, las opiniones de aquellos son irrelevantes para el que se supone sí estudia ‘seriamente’ la Biblia.

Hay dos prejuicios que se pueden notar en los creyentes que rinden culto a la Academia y que se pueden identificar como sigue:

  1. Que entre más difícil de entender sea un libro u obra académica más mérito tiene su autor.
  2. Que entre más novedades introduzca el libro u obra académica al cristianismo histórico más valioso es el trabajo.

Este traspié de algunos ha ayudado a crear cultos a personalidades del ámbito teológico que ni siquiera son sanos para la fe. Al mismo tiempo ha promovido el denostar a aquellos escritores cuyos libros los puede entender el lector promedio por su redacción sencilla y su alineación al cristianismo confesional.

Existen pastores que escriben muchos libros que se venden por montones. Buenos trabajos. Pero el espíritu sectario los tilda de vulgares porque no están atiborrados de notas exegéticas, otros idiomas, latinismos, nociones filosóficas y otras herramientas, o porque no incluyen ideas raras y extravagantes nunca antes oídas por la Iglesia en su desarrollo teológico confesional. Se ufana el presuntuoso en el hecho de que “la Iglesia no está preparada para un conocimiento tan alto o profundo”. Este proceder revela en lugar de erudición una triste ignorancia y vanidad. Además, es una afrenta a la propia naturaleza del conocimiento cristiano redentivo que no es un logro del hombre y sus esfuerzos mentales sino un regalo de Dios que se realiza a partir de los dones que el Espíritu da y que él mismo va consolidando en los maestros de la Iglesia (Ef. 4:11–13).

Dice la Escritura en Mt. 11.25:

En esa ocasión, Jesús hizo la siguiente oración: «Oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, gracias por esconder estas cosas de los que se creen sabios e inteligentes, y por revelárselas a los que son como niños.

¿Qué son “estas cosas”? Jesús se refiere a sus milagros, a la inauguración de la era mesiánica y a su enseñanza. Se trata del Evangelio. La RV60 traduce que este Evangelio le fue revelado “a los niños”. Aquí NTV dice “a los que son como niños” atendiendo al hecho de que la palabra νηπιοις no solo se entiende como “bebés” o “infantes” sino además, en sentido figurado como “personas ingenuas o simples” sin credenciales de importancia social. Esta última traducción favorece mejor el contexto porque Cristo estaba hablando a gente mayoritariamente adulta.

La gente sencilla que carece del orgullo que da el creerse sabio y autosuficiente es la que recibe de Dios la comprensión de la revelación. Personas “simples” son las que quieren aprender y están abiertas a lo que Jesús está enseñando. Así, hay que subrayar que dicha sabiduría celestial no resulta de un esfuerzo personal por dominar la ciencia sino de la dádiva de Dios. Dios esconde y Dios revela. No es el hombre el que se autoilumina.

Más trascendente se convierte este versículo cuando entendemos que el ocultamiento de la revelación es una expresión de juicio divino sobre el pecado del orgullo y vanidad. Aquí no solo son juzgados escribas y fariseos sino todos los pecadores que se niegan a aprender de Cristo. ¿Cómo es posible entonces que exista en la Academia cristiana ese grotesco pecado de engreimiento por el conocimiento que se tiene? Lo que sabemos sobre Dios, técnico o no, mucho o poco, descansa en su exclusivo favor. ¿No es una tontería pretender entonces que el erudito está, de algún modo, por encima del resto de la Iglesia? ¿No es también necedad estar menospreciando el conocimiento que Dios regala a los creyentes intelectualmente más humildes, cuando sabemos que este Evangelio es todo lo que precisan para alcanzar la gloria de Dios?

La Academia cristiana es muy importante. La erudición bíblica es necesaria, no para la salvación y la comprensión de los fundamentos de las Escrituras, cosas que tienen su origen en el Espíritu de Dios, sino para que ese conocimiento redentivo se profundice y las riquezas de Cristo sean cada día más atesoradas. Además de esto, también es necesaria la Academia para hacer frente a las herejias y apostasías que a menudo nacen de una exégesis torcida y de la tergiversación de la historia, la lengua y otras ramas de la ciencias bíblicas.

Pero ha quedado claro que el gremio de los eruditos cristianos se debe todo al Señor, tiene que servir al Señor, a su Cuerpo que es la Iglesia, y jamás debe siquiera intentar erigirse como cabeza o autoridad última en asuntos de fe. Tiene además que enfrentar el hecho de que en el quehacer teológico la novedad es destructiva. Son los teólogos posmodernos los que aman su “libertad” para crear una teología que se aparte de la tradición académica cristiana. Arguyen que no pueden trabajar si están “casados con una ideología o denominación”. Pero estos son solo pretextos para hacer y deshacer contra la revelación según sus predilecciones. Porque no discutimos aquí las conclusiones antagónicas en asuntos secundarios sino el enorme consenso erudito, bíblico y teológico que nos ha permitido sentar las bases fundamentales, la columna vertebral, de toda nuestra teología cristiana.

La Confesión de Fe de Westminster tratando de las Sagradas Escrituras y de la autoridad para el creyente dice:

[N]uestra completa persuasión y seguridad de la infalible verdad y de su autoridad divina, proviene del Espíritu Santo que obra en nuestro interior dando testimonio en nuestros corazones (I. V) .

Y de forma contundente declara sobre el asunto que hemos tratado en este artículo lo siguiente:

Las cosas contenidas en las Escrituras, no todas son igualmente claras ni se entienden con la misma facilidad por todos; sin embargo, las cosas que necesariamente deben saberse, creerse y guardarse para conseguir la salvación, se proponen y declaran en uno u otro lugar de las Escrituras, de tal manera que no solo los eruditos, sino aún los que no lo son, pueden adquirir un conocimiento suficiente de tales cosas por el debido uso de los medios ordinarios. (I. VII).

Esta es la tradición reformada. El que se estime parte de esta rica línea de pensamiento cristiano tiene que aceptar que esta conclusión es exacta. El espíritu reformado abraza esta piedad y rechaza cualesquiera ínfulas penosas que tanto dañan a la Iglesia. El intelectualismo -que no el intelecto- ha de morir si queremos que aflore la verdad.

Así que si anhelas en lo secreto ser un erudito cristiano, excelente. Necesitamos más creyentes versados en las ciencias bíblicas y teológicas. Pero toma toda esta argumentación como una advertencia para que tu trabajo sea, además de honesto, santo y revestido de la humildad y hermosura de Cristo.