La “teología del Che”. Pensamientos de un fundamentalista.

La teología latinoamericana está muy influenciada por el socialismo. Naturalmente, se puede atribuir esta situación a la enorme pobreza de nuestros pueblos. Se sabe que el hambre es tierra fértil para la explotación laboral y para el surgimiento del caudillismo. A menudo el socialismo en sus varias aristas (comunista, demócrata, etcétera) propicia la aparición de radicalismos políticos, esos que ofrecen soluciones fáciles a los problemas sociales echándole la culpa al rico y al extranjero, y prometiendo riqueza y poder al ciudadano oprimido una vez que el Estado socialista triunfe.

Los teólogos que crecen en estos ambientes se ven influenciados por esta desesperación. Ven al marginado, al indígena, al campesino y al homosexual, por ejemplo, como deudas de justicia social en las que no el Estado sino el Reino de Dios debe irrumpir y resolver. El Evangelio es una herramienta de regeneración civil. Su tarea como teólogos es lograr que la fe cristiana se traduzca en liberación económico política y en bienestar social.

Alrededor de 1960–70 se comienza a gestar una teología latinoamericana en la que la “edad adulta y madura” de la gestión teológica se dice alcanzar cuando la praxis de la fe lleva al cristiano a la libertad de la pobreza y marginación espiritual, cultural y política. La reflexión teológica tiene que ir de la mano con las ciencias sociales si es que se quiere que dé el resultado que Dios demanda. Es fácil establecer el vínculo resultante entre la teología (vista de este modo) y las teorías socialistas, porque estas se concentran en el pobre y su emancipación social. Mientras en su primera etapa el comunismo fue ateo, en la teología latinoamericana encuentra un aliado para sobrevivir. Ya es posible adoptar la ideología comunista en su versión cristiana, con Dios al frente y la iglesia militando. Ahora Marx, Engels y Jesús hallan la comunión. Me extraña que alegando tanta honestidad intelectual los teólogos de esta cepa en latinoamérica sigan haciéndose los sorprendidos cuando se les relaciona con el comunismo.

Entonces la erudición teológica en latinoamérica se entiende enraizada en esta visión socialista de la fe cristiana. La Fraternidad Teológica Latinoamericana es un ejemplo de cómo el teólogo entiende aquí la madurez espiritual. La teología encuentra su cauce -enseñan- cada vez que abona a la lucha de los pobres y oprimidos, y de las minorías. Así se legítima el abortismo, el feminismo y el homosexualismo, así como el activismo político contra las dictaduras y sistemas capitalistas- cuando no abiertamente, sí atenuado en condescendencia del “indocto”.

La otra cara de esta visión teológica se halla en la negación y denuncia de la oposición, a saber, el fundamentalismo. Los teólogos socialistas -liberales, también se les llama- desdeñan lo que denominan fundamentalismo porque en su opinión este encadena la misión cristiana al clericalismo, el dogmatismo y el patriarcalismo, además de promover el fanatismo, la segregación y la violación de derechos humanos. La exégesis fundamentalista, piensan, es en realidad eiségesis, y lo único que consigue es que la iglesia haga poco por incidir en su sociedad, por el avance del Reino, reduciendo su lucha a la clásica oposición al aborto, la homosexualidad y el feminismo. Este teólogo se pregunta por el indígena, por la tierra y su salud, por el campesino, y sostiene que el fundamentalismo está absorto en un mundo fuera del mundo, sin hacer lo que debería por todos ellos.

El fundamentalismo como movimiento nace en Norteamérica en 1920. No surgió como oposición al socialismo sino al modernismo o liberalismo teológico, aunque el socialismo “cristiano” resulta a final de cuentas una forma de liberalismo o amplitudismo. Fundamentalista era el teólogo que quería regresar y defender la doctrina apostólica. El pensamiento moderno estaba cuestionando los dogmas bíblicos de la concepción virginal de Cristo, su resurrección, deidad, ascensión, muerte expiatoria, su segunda venida y la autoridad e inerrancia de la Biblia. Los bautistas norteamericanos del norte se agruparon contra esta embestida y acuñaron el término de “fundamentalistas” sin problema. En una expresión sencilla eran fundamentalistas porque enseñaban los fundamentos del Evangelio. Del lado presbiteriano fue Gresham Machen quién lideró la líd a favor de los pilares de la fe.

Entonces, originalmente “fundamentalista” fue un adjetivo asociado con la verdad escritural y la defensa de la Biblia y su autoridad. Empero, no pasó mucho tiempo antes de que los teólogos liberales lograran que el término se asociara con una mentalidad cerrada, fanática, primitiva, anticientífica y sectaria. El “fundamentalista” se convirtió en una persona inmadura carente de discernimiento. Para contrarrestar esto algunos hermanos bajo el concepto “evangelicalismo” han intentado desde los cincuenta limpiar el estigma -injusto estigma- y además de defender las Escrituras han propuesto una iglesia con responsabilidad social, participativa y erudita.

Los teólogos latinoamericanos del espectro liberal siguen utilizando el término “fundamentalistas” para agrupar a la ortodoxia cristiana, a la iglesia que sigue primando la sana doctrina sobre la agenda o activismo político. Tildan de cerrados a los cristianos que antes que ver a una persona pobre, indígena, hambrienta y explotada ven a un pecador necesitado de la gracia redentora de Jesús, por lo que, en lo posible, se ocupan primero de los fundamentos y después de lo demás. Los liberales no comprenden que no es necesario- ni correcto- sacrificar el mensaje del Evangelio en sus razones para lograr impactar a la sociedad y la calidad de vida de la gente. La tarea primaria de la Iglesia no es la justicia social sino la justicia de Cristo imputada en el corazón de las personas, ricas y pobres. Porque el Espíritu Santo no opera salvación por medio del activismo social sino mediante la locura de la predicación (1 Co.1.22). No hay que confundir la soteriología bíblica con la liberación política y económica. Porque la misión de Cristo no es acabar con la lucha de clases sociales atacando superestructuras, sino salvar lo que se había perdido (Jn.3:16–17). Sacar a alguien de la pobreza no es sinónimo de redención cristiana porque aquello no es capaz de quitar el pecado del mundo. El Reino de Dios no es un concepto orweliano. Aunque tiene manifestaciones de mayor bienestar social su carácter toral sigue siendo de vida a muertos espirituales (Ef.2.2). Esta es la razón por la cual el apostól decía que el sustento y abrigo debía contentarnos (2 Ti.6.8) pero jamás una vida de pecado (Ro:6:1 y ss.). Nuestro problema no es esencialmente económico-político sino espiritual.

En todo caso, la Iglesia sí debe ocuparse de los pobres y marginados pero dentro de la tesitura bíblica. Son una prioridad en la misión. Dios está con los desamparados. El Evangelio son buenas noticias para los pobres, primero porque Dios los redime por la fe en Jesús: ya no hay más condenación (Ro.5.1); y segundo, porque la Iglesia tiene que ser un lugar donde el menesteroso reciba apoyo material (Mt.14.7;Dt.15.4). Entre la iglesia apostólica “no había ningún necesitado” (Hch.4.34) y ese modelo quedó vigente para siempre. Pero ¿qué tiene que ver esto con la refabricación que algunos de la Fraternidad Teológica Latinoamericana, por ejemplo, quieren hacer de las perfecciones de Dios? ¿Qué viene al caso con la aceptación de la homosexualidad o del aborto de parte de algunos liberales? ¿Significa esto que la iglesia debe militar con la izquierda (o derecha) política? ¿Autoriza esto a la iglesia cuestionar la autoridad de la Biblia? ¿Palomea la androgenización de la sociedad? ¿Para llevar a cabo la tarea hay que trastocar los fundamentos? ¿Se servirá mejor al indígena negando la inerrancia bíblica? ¿Antes de vestir al pobre o abonar a la paz hay que tornar a Dios feminista? Me cuesta creer que el campesino o la mujer estén siendo utilizados como una herramienta ideológica determinada. Pero eso parece. El pretexto perfecto para atacar el corazón de la verdad.

El fundamentalismo, en su concepto original, es un llamado permanente para la Iglesia. Podemos aprender del liberalismo teológico socialista, quizá, de su crítica al antiintelectualismo y relajamiento misionero, y de su pasión por los marginados. Pero también nos enseñan que si no aterrizamos nuestras luchas en la Palabra de Dios podemos terminar por negarla.

Seamos fundamentalistas sirviendo a los pobres y marginados, y no apóstatas y herejes chistando de la doctrina bíblica mientras nos justificamos con el lodo de nuestras botas después de visitar la selva y sus nativos.