La verdad sobre el puritanismo (algunas verdades)

Que trágica tergiversación del puritanismo es la que han logrado algunos reformados en la actualidad. Insisten vehementemente que poseen la verdadera “teología puritana” presentándola como un cuerpo teológico impecable y alimentando la errada noción de que el puritanismo se vive lejos de todas las cosas de este mundo, aislados, siempre inconformes con la menor celebración o dejo de felicidad. Para estos el puritanismo-no sé si se han dado cuenta- es “no hagas, no toques, no comas” (cfr.Col:2:20–23).

Pero el puritanismo ni es teológicamente impecable ni tampoco es una camisa de fuerza. Como anota el Dr. Michael Reeves, Owen y Baxter diferían en su apreciación de la justificación, la cruz y la naturaleza de la vida cristiana, y Milton no creía en la Trinidad.

Los puritanos no se estimaban puros. Querían seguir reformando al mundo con las Escrituras. Por eso buscaban nuevas áreas de aplicación bíblica en la Iglesia, el trabajo y el Estado. Por otro lado, el color negro no era el “color puritano”. Y sonreían tan a menudo como cualquiera de nosotros. Las fotografías de entonces requerían estar posando durante mucho tiempo por lo que mantener la sonrisa no era viable. Además, el color negro favorecía la apariencia en los retratos de ese entonces. Era una práctica común. Pero los colores en el vestido de los puritanos en el diario vivir eran tan variables como lo son hoy.

Es también impreciso pensar que los puritanos eran ascetas. El pecado en ellos seguía atacándolos como a nosotros. Había mucha vanidad dentro de sus estándares. Ellos también gustaban de la buena comida y bebida, de buenas compañías y charlas triviales. Reeves indica que “lo que era aplicable a un puritano no lo era necesariamente para el otro”, por lo que sí existían puritanos que solían lamentarse de forma ordinaria por cada cosa de la vida, pero no todos eran así. Lo mismo que en la iglesia de hoy existen hermanos de talante muy grave y solemne, fáciles de conmover y muy rígidos para juzgar, así eran en ese entonces varios puritanos.

Pero en medio de estas diferencias algo que sí caracterizó al puritanismo fue su profundo amor por las Sagradas Escrituras y la pasión que mostraban por aprender de un largo y exquisito sermón. En la época podían viajar varias horas solo para escuchar una predicación que podría alcanzar hasta siete horas de duración. Oír la Palabra de Dios era esencial e inmanente en la vida puritana. Así que el cristiano moderno que se “aburre” o duerme escuchado el sermón tiene mucho que aprender de estos hermanos del pasado. Del mismo modo, la forma de atesorar las Escrituras era absolutamente altísima comparada con el concepto de la Biblia que hermanos y teólogos modernos le profesan, algunos de los cuales aún niegan su autoridad. Tragedia total.

Los pastores puritanos se veían a sí mismos como cirujanos espirituales. Anhelaban que el cristiano aprendiera a “reformarse a sí mismo” a partir de las Escrituras, que buscara en ellas la gloria de Dios para vivirla en cada detalle de su existencia terrenal. Entendían que la reforma-de-la-reforma empezaría en el corazón de cada creyente. Se reformaba el hombre, templo del Espíritu Santo, se reformaba la Iglesia. Empero, esta antropología cristiana, imperfecta como es natural a todo sistema de teología humano, presentó el desafío de eclipsar la justificación por la fe sola con la búsqueda de la santidad personal. Reeves lo dice así: “El peligro estuvo en enfocarse en la vida santa como respuesta al Evangelio, en lugar de enfocarse en el Evangelio para vivir una vida santa”. Al día de hoy la Iglesia corre el mismo sendero problemático cuando el cristiano busca ser “puritano” a partir de muchas prohibiciones, legítimas o no, olvidando la fuente de la santidad que es la gracia de Dios en Cristo. Y es que es impresionante para la gente oír que alguno no hace, no dice, no oye y no mira por causa de Cristo, y así fácilmente caer en la trampa de ignorar el núcleo de la santificación que es Jesús.

Del puritanismo tenemos mucho que aprender. Muchísimo. Pero empezando por derribar los mitos en su alrededor. Algunos cristianos viven un puritanismo específico e ignoran la diversidad que entre puritanos existió en torno a varios asuntos importantes. No hay que casarse entonces con un autor. Además, hay que celebrar esos aspectos que todos ellos compartieron y que urgen ser rescatados: el amor por las Escrituras y la doctrina bíblica, por la congregación y la predicación, y su énfasis en buscar aplicar las Escrituras en cada área de la vida, entre otras cosas. No usemos el puritanismo para nutrir nuestras amarguras porque el puritano, en grandes números, fue uno de los hombres más dichosos sobre la tierra. ¿Cómo no lo sería alguien con tal amor por la Palabra Santa?