Locuacidad

En la joya de la literatura cristiana “El Progreso del Peregrino” Juan Bunyan retrata una realidad que viven muchas personas dentro de la Iglesia. El personaje llamado “Locuacidad” es alguien que entiende muy bien de qué se trata la fe cristiana. Este, al hablar con “Fiel” le hace saber que “pudiera citar cien textos de la escritura” para probar que lo que dice es verdad. Sabe incluso que conocer por conocer es vano. También que hay que leer y estudiar para “refutar las falsas opiniones, defender la verdad e instruir al ignorante”. Un completo apologeta.

“Locuacidad” además está seguro del infortunio en que se encuentran los que ignoran la Biblia:

Por desgracia, la falta de esto es la causa de que tan pocas personas comprendan la necesidad de la fe y de la obra de la gracia en sus almas para alcanzar la vida eterna, y de que ignorantemente vivan en las obras de la ley, por las cuales nadie jamás alcanzará el reino de los cielos.

¿No es esta una exquisita declaración ortodoxa? ¿Qué pastores no estarían gozosos de que sus miembros llegaran a tales conclusiones a partir de sus propias devociones bíblicas? Llama la atención que Bunyan haya calificado como “Locuacidad” a un personaje tan entendido en las Escrituras y tan cordial en el diálogo, hasta cierto punto. Porque entonces “Cristiano”, el protagonista de la historia, pone de relieve la causa de un nombre tan despreciable.

Justo antes de ser expuesto, “Locuacidad” declara que seguirá hablando “de cosas celestiales o terrenales, de cosas morales o evangélicas, de cosas sagradas o profanas, de cosas pasadas o futuras…con tal que sea para nuestro provecho”. Este tipo de personas buscan en todos lados aquello que les parece servirá para la edificación, sin importar que la fuente de su experiencia sea “profana” o “terrenal”, pero sobre todo al margen de la ortopraxis o práctica de lo que se predica.

“”Cristiano” le dice a “Fiel” que “Locuacidad” en realidad es un charlatán. Hablando de su hogar, “Cristiano” indica que “Locuacidad” vive en una casa donde “no hay nada de oración ni arrepentimiento del pecado” y que por su culpa en su barrio “hablan desfavorablemente de la religión [cristiana]”. Afirma: “él cree que oír y hablar harán buen cristiano a uno, y así engaña a su propia alma”. “Locuacidad” es en realidad un hipócrita. Pero uno singular porque es un hipócrita de altas credenciales teológicas. Este personaje sería honrado en nuestras iglesias. En redes sociales disfrutaría de una enorme audiencia debido a su vasto conocimiento. Sería el hombre de las respuestas.

Todo esto no tiene nada de malo a no ser que se trate, como es el caso en el cuento de Bunyan, de una persona con doble cara, llena de sabiduría bíblica pero vacía de santidad. A esta clase de gentes “Cristiano” les advierte:

Debemos estar convencidos de que en el día del juicio los hombres serán juzgados según sus hechos.

El capítulo V donde se desarrolla esta historia concluye con el descubrimiento de la verdad acerca de “Locuacidad”. “Fiel” le hizo varias preguntas. El diálogo se fue tornando difícil hasta que se volvió insoportable para “Locuaidad” pues le cuestionaron sobre su condición interior más allá de su prodigiosa memoria teológica:

¿Has sentido el peso de tus pecados, y has vuelto la espalda a ellos? ¿Tu vida y tus costumbres corresponden a la nueva vida? ¿O es que tu religión consiste en palabras y no en hechos y verdades?

Ruborizado, “Locuacidad” se retiró molesto diciendo que tales preguntas no le parecían correctas ni pertinentes. Así es la disculpa de muchos que no quieren que sus pecados sean expuestos y no aceptando la disciplina se largan de la Iglesia. Su “privacidad” curiosamente es su pecado.

La Palabra de Dios dice:

El que encubre sus pecados no prosperará, mas el que los confiesa y los abandona hallará misericordia (Pr.28.13).

Aunque no es muy común, hay ocasiones en que la Teología y el saber bíblico se convierten en las máscaras para esconder el pecado. Esta perversión es particularmente diabólica. R.C. Sproul indicó que Satanás concluiría con honores su curso de Teología Sistemática porque conoce la Biblia y sabe que es la verdad. Usar la sabiduría de Dios para maquillar una vida deliberadamente pecaminosa es jugar el papel del demonio. Es actuar con locuacidad.

Es doloroso que una persona de la Iglesia se aparte de nosotros por haberle dicho la verdad. Pero “Cristiano” tiene razón: personas así “prefieren abandonar tu compañía que reformar su vida”.

Esta enseñanza va más allá de lo que muchos piensan. Por ejemplo, esa frase de “por sus facebooks los conocerán” es una presunción. Es “por sus frutos” (Mt.7.20). Una red social puede estar perfectamente alineada a la fe cristiana y seguir siendo algo externo: un buen Facebook no te hace buen cristiano. La vida santa que comienza en tu mente y en tu hogar son las que testificarán con veracidad. No significa esto que nuestras redes no expongan parte de lo que somos. Lo hacen. Pero también pueden ser instrumentos para tapar una realidad que estemos viviendo.

Hay perdón para el que vive de este modo. Ve a tus pastores. Habla. Porque el pecado te matará si lo adornas o lo sepultas en el silencio. Mejor ser humillado ante los hombres y exaltado por Dios, que recibir honores pasajeros y caminar en la condenación.