Mujer

Escribir sobre la mujer en general es complejo siendo hombre; es más difícil aún siendo cristiano; y es casi imposible en este mundo tratar el tema sin padecer la controversia siendo además de cristiano un creyente no liberal.

La mujer es una creación de Dios cuya vocación inicial la define la Escritura como ser “ayuda adecuada para el hombre”(Gn.2:20 y ss.). Hoy, la sola mención de esta tarea ha resultado repulsiva para muchos que piensan en esta como una vejación arcaica, enraizada en estereotipos de género que intentan menoscabar la dignidad de la mujer rezagándola a una existencia periférica.

Por si fuera poco y para mayor molestia de este tipo de opiniones, la Biblia también dice que esta ayuda se debe ser sumisa y concentrada en el hogar. Las mujeres- según el Señor- deben “amar a sus esposos y a sus hijos [y] ser sensatas y puras, cuidadosas del hogar, bondadosas y sumisas a sus esposos, para que no se hable mal de la palabra de Dios” (Tito 2:3–5).

Dentro de este plan divino hay muchas otras actividades importantes que la mujer realiza según se lo permitan sus labores principales. Es vista en la Biblia como evangelista y discipuladora (Priscila y Febe), y como trabajadora artesana (Éx. 35.25; Rt.2.7), comerciante (Lidia), costurera (Dorcas) y otras vocaciones laborales. Y aunque en una circunstancia altamente penosa también es hallada como gobernante civil (Débora).

Precisamente por haber sido creadas bajo el diseño de Dios las mujeres son capaces de ser un solaz para el hombre imposible de superar. Una esposa puede calmar las emociones más tempestuosas con el solo sonido de su voz. Además, a menudo es la principal fuente de inspiración de todos los logros -grandes o pequeños- de su esposo.

Pero también es verdad que nadie puede afectar tan negativamente a un hombre como su esposa. Ella lo puede destruir con relativa facilidad. Solo debe dejar de respetarlo, engañarlo u obrar con maldad de cualquier otro modo. Y esta realidad se extiende de alguna manera a las madres que jamás dejan de ser un punto fundamental de la vida de sus hijos.

Por estas razones nos aferramos al diseño de Dios. La mujer es crucial en la vida del hombre, de la familia, del mundo, de la Iglesia y de la sociedad. Las feministas odian que se hable de la mujer como Dios habla de ellas. El feminismo diría que “la mujer es importante para sí misma”, en el entendido de que ella debe ser el centro de todo, la fuente de su propia felicidad y realización. Pero esto no es verdad ni siquiera para los hombres porque todos vivimos para Dios, en Dios y por Dios.

La mujer se realiza en Dios cuando es obediente a su voluntad. En la fe la obediencia es plenitud; el servicio es alegría; y la entrega es superación. La mujer es feliz cuando logra comprender su llamado a la santidad y su alta vocación al amor sacrificial por los suyos.

Son más delicadas quizá porque su amor es naturalmente más transparente. Así debía ser su persona para llevar en sí una flama tan especial, tan sui generis, tan inverosímil…