No seas este tipo de teólogo

El TLCAN o Tratado de Libre Comercio ya va en su quinta ronda de negociaciones y no se ha logrado cerrar ninguno de los 30 capítulos que componen el guión de diálogo (Nov, 2017). Lo que es seguro es que se cerrarán, de uno u otro modo, porque es imposible sostener un tratado internacional sin conclusiones. De consensuar, seguirá. De no hacerlo el tratado morirá.

Fíjense que hasta en la familia no es posible seguir y crecer sin conclusiones. No es posible tener relaciones sanas sin entender de qué lado están las cosas que nos ocurren. El padre o la madre toman decisiones. Los demás las siguen. A veces son benéficas para todos. Otras conllevan mucho sufrimiento. Hijos que deben abandonar el hogar porque ya no es posible seguir solapando su irresponsabilidad. Matrimonios que deben romperse porque la vida de los cónyuges corre peligro ante tanta violencia. O un viaje que toda la familia hará a las montañas. De cualquier modo se tiene que decidir y concluir qué hacer y qué no. Máxime en relación a asuntos como la educación ética de nuestros hijos.

Las empresas, los equipos deportivos, los grupos de estudio, todos ellos precisan de concluir y resolver después de dialogar. Es la naturaleza de la conversación que lleva una misión. Sin embargo, hoy hay cristianos que quieren vivir contra la naturaleza de la comunicación. En general, un mensaje tiene éxito cuando entre emisor y receptor es posible comprender y actuar. Pero ahora tenemos teólogos, pastores y maestros, y laicos, que se resisten a trabajar conforme a la naturaleza de la comunicación cristiana.

El diálogo de fe, el diálogo bíblico, no es un diálogo diletante. Es un diálogo que busca comprender mejor la revelación de Dios. El Señor dice algo en su Palabra y nosotros desglosamos, nos preguntamos cosas, compartimos y necesariamente tenemos que concluir con la sabia nutritiva para nuestras vidas. Esta conclusión del diálogo de fe no es caprichosa. Tampoco es democrática. Ni mucho menos es humanamente impuesta. Es soberanamente aclarada por la iluminación del Espíritu Santo. Dios no es un Dios de confusión. El Padre que tenemos es claro, regio, compasivamente condescendiente con sus criaturas al comunicarnos su voluntad. Por eso en la Biblia todo lo que debemos saber para nuestra vida está claro como el agua.

Pero estos nuevos teólogos, pastores y maestros se fijaron una meta: no llegar a la meta. Se metieron a una carrera sin final. Toda su energía fluye hacia un drenaje. Escriben y hablan miles y miles de palabras sin que tenga sentido su mensaje. ¿Por qué? Porque piensan que cuando concluyes con la verdad escritural, con el dogma, entonces fracasaste. ¿Cómo es eso? Imagina que pides comprender cuanto es 2+2. Tu maestro debería hallar la manera de enseñarte que es igual a 4. Pero decide que darte la respuesta es dejarte morir de ignorancia. Matar tu curiosidad. Atacascarte. Y por eso se la pasa hablándote de la belleza de los números, de los egipcios, los sumerios, los hindúes y de pitágoras. Y si insistes halla la forma de distraerte del resultado. Así es el teólogo, pastor y maestro de nuestros días en muchas partes. No quiere aceptar la revelación a veces por razones tan ridículas como que "la Iglesia lo ha creído por siglos pero ya estamos en otra época diferente. Hay que cambiar". Porque se les antoja viejo. Anticultural.

No necesitamos gente que quiera conversar así. Como te he comentado eso no funciona ni en la familia, ni en las empresas, equipos deportivos o negocios. ¿Cómo se les ha ocurrido que eso puede funcionar respecto a la revelación y fe cristianas? Si hay algo que es determinante, claro y que fue hecho para arraigar y cimentar la vida de las personas es la Palabra de Dios. Recuerda esto la próxima vez que te topes con un conversador de esta clase.

El TLCAN seguirá adelante o se hundirá. No es posible prolongar el diálogo y la conversación ad infinitum. Lo mismo ocurre con la fe cristiana. Al acercarte a Dios en su revelación tienes que decidir si harás lo que Dios ordena o si seguirás otro camino. Pretender que puedes pasártelo siendo impreciso, vago y dudoso te hará parecer a los filósofos mundanales. Pero jamás a Cristo.