No te avergüences del evangelio

Hace algunos años escribí un ensayo para un concurso universitario por la celebración de los derechos humanos. Mi punto de partida era que el derecho a la vida era el presupuesto de todos los demás derechos. En el proceso tuve que echar mano de cuestiones científicas y filosóficas para argumentar. Hubiera sido mucho más sencillo construir mi trabajo desde la Palabra de Dios. Pero por ser ámbito secular me resultaba dicha opción sencillamente inaplicable.

En el debate contemporáneo sobre cuestiones éticas y morales la regla sigue siendo la misma: No puedes usar la Teología ni la Biblia para probar ninguna clase de postura. Por ejemplo, al tratar la ideología de género la misma Iglesia Romana al enviar a sus apologistas al foro público los apercibe de que citar a Dios o apoyarse en la Teología o tradición magisterial los descalificara desde el inicio.

Conozco esta experiencia desde la cátedra universitaria. Llega a ser desesperante no poder introducir al debate la divina revelación. Pero curiosamente los opositores al cristianismo de vez en cuando citan a Jesús como aderezo de sus conclusiones. Parece que en ellos la cita bíblica sí posee su fuerza argumentativa.

Un elemento descalificador en el debate público secular es el prejuicio. Lo que ocurre es que para el experto el dogma cristiano es precisamente eso, un prejuicio. La Palabra de Dios es un prejuicio así como su Teología. Y como identifican todo prejuicio como relativo, cualquier cosa que diga la Biblia será relativa.

Quizá se ha llegado el momento de proceder desde la Palabra de Dios como hace, entre otros, John MacArthur. Si al pastor lo invitan a hablar en TV de algún tema él jamas dejará de citar las Escrituras para probar su punto. Lo han ridiculizado por ello: “-¿Está usted diciendo que solo ese libro posee la verdad?. “Absolutamente”- suele responder. No se disculpa. No intenta escapar al dogma sino anunciarlo. Tiene un efecto incluso evangelizador.

Lo anterior no significa que el cristiano no deba armar casos sólidos desde la ciencia y la filosofía. Pero a veces se llega la hora de que ante la cerrazón hay que acabar por asentar los pilares bíblicos ante los oyentes hostiles.

Es común que en el debate al jurista o médico se le llene la boca de “Así dice la ley y el Derecho” o “así dice la ciencia”. Nosotros hemos de ir también a la ley, al Derecho y a la ciencia, pero igual a la Biblia. Ellos deben saber que al soberano Señor “también” deben oír porque un día le enfrentarán y porque la audiencia de millones en ocasiones puede recibir la verdad del otro lado de la TV o el periódico.

Lo más normal es que uno sea ridiculizado. Pero así dijo el apóstol: “A la verdad, no me avergüenzo del evangelio, pues es poder de Dios para la salvación de todos los que creen…” (Ro.1.16). Quizá el argumento no sea eficaz ante nuestros ojos pero lo será ante los de Dios.