Obsesionados con la cultura

«¿Cómo influimos en la cultura?». Esta es la pregunta que muchos líderes cristianos se formulan constantemente. Se trata de una inquietud válida porque aunque la teología cristiana posee fundamentos inamovibles -los fundamentales- debe observar la cultura para incidir en ella y glorificar a Dios de forma dinámica.

Empero, precisamente esto que acaba de ser dicho no es entendido por todos: que existen fundamentos inamovibles, los fundamentos de los apóstoles y profetas que se erigen sobre Cristo, la piedra angular (Ef.2.20). En la Iglesia a veces no se conocen estos fundamentos, o no se quieren conocer por negligencia o por conveniencia, porque quizá estos fundamentos echen por tierra nuestros proyectos y nuevas reformas eclesiásticas, nuestros “llamados” particulares que aseguramos tener, nuestros “apostolados”, nuestros planes financieros y futuros imperios de poder…

Debemos reconocer que para muchos pastores y líderes los fundamentos (algunos quizá) estorban para conseguir lo que desean: unidad, dinero, poder, reconocimiento, etcétera. Es el caso del que quiere ser escuchado a como de lugar y se autoproclama apóstol o profeta; o del anciano que trastorna el dogma de la santidad de Dios para poder incluir en sus cultos toda clase de enseñanzas sobre el bien y el mal, y la ética cristiana. Solo ignorando los fundamentos se pueden tolerar cosas que destruyen el mensaje de la Biblia.

Tal vez uno de los mejores puntos de apoyo para enfrentar el desdén por los fundamentos sea la doctrina de la inerrancia bíblica. Este principio unificador impide que tengamos una exégesis anárquica del texto bíblico y nos ayuda a reconocer los ataques a la Biblia y su autoridad. No se puede ser un inerrantista y aprobar, por ejemplo, el estilo de vida homosexual y el aborto a la carta, y mucho menos la negación de la deidad del Señor, la Trinidad, la resurrección y la ascensión, la expiación y la suficiencia de la Biblia, entre otros fundamentales.

Entonces, la pregunta «¿Cómo influimos en la cultura?» debe ser precedida por otra más importante: ¿Cuáles son los fundamentos de la fe cristiana? Entonces el replanteamiento correcto será: “¿Cómo influimos en la cultura sin comprometer dichos fundamentos?”.

Esdras y Nehemías no habrían logrado la reforma postexílica a no ser porque en lugar de ajustarse ciegamente a la cultura de su tiempo decidieron ir a los fundamentos sin importar la inconveniencia contracultural que eso generaría (Neh.8). El propósito sacerdotal no fue ser relevantes sino fieles a la Palabra de Dios.

La cultura no es algo “aparte” de nosotros. La cultura somos todos nosotros, lo que pensamos, hacemos y creamos al paso del tiempo. Quizá por eso mismo, por ser un producto humano, debemos estar alertas pues en ella abunda el pecado. Pero la Palabra de Dios nos limpia y corrige el rumbo de una cultura pervertida, al menos en nosotros, en la Iglesia del Dios viviente que anhela ser fiel a su Señor.