

¿Por qué hay tantos reformados dispersos en nuestras iglesias?
Un fenómeno extraordinario está ocurriendo en la iglesia contemporánea: las denominaciones históricas están recibiendo a mucha gente, especialmente a jóvenes, que muestran un hambre inusual por la Palabra de Dios y la herencia reformada. Estas personas, nuevos cristianos, anhelan tanto congregarse en iglesias bíblicas que corren a Internet buscando la dirección de alguna iglesia histórica en su ciudad para ir a conocerla y aprender más y más de la verdad que tanto les apasiona.
Un buen domingo se levantan temprano, se alistan, cogen su Biblia y se presentan en el culto dominical. Pero una cantidad importante de veces no pasan muchas semanas cuando comienza la lucha por la permanencia en estas iglesias. Estos hermanos se comienzan a dar cuenta de que la predicación y los órdenes de culto en general no reflejan lo que estudiaron en los libros de historia de la Iglesia cristiana. No hallan predicación expositiva, pasión por la santidad de Dios, ni disciplina eclesiástica. Y aún más: se enfrentan a lo opuesto: predicación desarticulada, ignorancia bíblica, tolerancia al pecado y un rechazo (en el nombre de la humildad) de todo lo que suene a academia cristiana.
En otra parte ya escribí acerca de la soberanía de Dios en el tema de la organización de la iglesia local. De cómo podemos estar engañándonos buscando la iglesia perfecta sin congregarnos en ninguna parte, rechazando al liderazgo eclesiástico por doquier y radicalizándonos fuera del cuerpo de Cristo. Por eso, lo que estoy por explicar lo hago sin remordimientos de conciencia. Porque después de reconocer este desvío de muchos creyentes también hay que asumir la otra parte, esa donde sí existen motivos para revisar el papel pastoral que se muestra indiferente al llamado de Dios a servir según su Palabra y saber cómo manejar este avivamiento.
Ante esta ola de nuevos hermanos en la fe que están leyendo a Spurgeon, Arthur Pink, Jonathan Edwards, John Owen, Thomas Manton, J. C. Ryle, John Bunyan, Charles Hodges, L. Berkhof, Calvino, entre otros, y más recientemente John MacArthur, R.C. Sproul, Andreas Köstenberger, Sinclair Ferguson, Steve Lawson y toda una gama de escritores y predicadores, maestros de la iglesia y pastores reformados, algunos de los viejos pastores y ancianos locales de las denominaciones históricas que por décadas no vieron algo semejante a esta estampida de hermanos amantes de la teología y enseñanza bíblica y reformada simplemente no saben qué hacer.
Cuando reciben a estos hermanos en los discipulados a veces se quedan perplejos de que el discípulo sepa “tantas” cosas, de tantos autores y tenga tantas preguntas teológicas y enormes ganas de nutrirse de la Palabra pura. Los hermanos observan intentando comprender el origen de esta nueva generación de cristianos. Infortunadamente, en estos casos su forma de manejar la Iglesia durante tantos años no incluyó la preparación ministerial continua, la lectura de los grandes escritores cristianos de antaño y mucho menos la de los pastores actuales cuyos ministerios radiales llegan a casi todo el mundo mediante Internet. Dicho sea de paso, en la obra Finding faithful elders and deacons (2012) de Thabiti M. Anyabwile se lee que para poder enfrentar el error en estos días es necesario saber qué está leyendo la congregación y que predicadores están escuchando en televisión y radio. Pienso que el primer reto de muchos líderes modernos no es ese sino ponerse a leer primero ellos mismos para su propio beneficio. ¿Cómo leeré lo que las ovejas si yo mismo no leo?
Así las cosas, los nuevos miembros de las congregaciones cristianas se comienzan a desesperar. No hallan el alimento sólido y consistente. A veces los domingos regresan del culto a sus casas más inquietos que en paz, no porque hayan sido confrontados con el texto bíblico sino porque están tratando de lidiar con una mala enseñanza en el púlpito y con la presión de no ser tenidos por cristianos hipercríticos e insolentes. Desean ser parte del cuerpo de Cristo pero tienen que soportar doctrinas de dudosa procedencia.
Los líderes que no se preocupan por actualizarse y seguir siendo fieles a la tradición reformada solo se quedan con dos opciones: o se actualizan y participan del avivamiento con toda oración y diligencia en el estudio sistemático de la verdad, o continúan en el rezago educativo, aferrándose a su vieja autoridad pastoral, a sus años en el ministerio, a sus métodos y sobre todo a sus ideas, por más que la apologética más antigua y moderna esté exponiendo sus errores como docentes cristianos uno a uno. Esto ha ocurrido con muchos: se dejaron atrapar por el humanismo y las teologías antropocéntricas, por sus mezclas de Biblia y psicología, y ahora que llegan nuevos hermanos con una comprensión histórica y confesional de la fe cristiana la colisión de cosmovisiones es inevitable.
Lo que es seguro es que no será posible integrar una forma de ver el ministerio centrada en el humanismo y otra muy distinta centrada en Dios. Estoy seguro de que la mayoría de los hermanos que se hallan del lado del humanismo no lo reconocerán. Dirán: “Yo he enseñado la Biblia según nuestra herencia reformada desde que inicié mi ministerio” o “Estas cosas son ciertas. Yo estoy del lado de la solución, no del problema”. Pero la realidad es que en los hechos esta forma de responder al desafío de prepararse y regresar a la verdad es igual a enterrar la cabeza en un hoyo y no querer ver lo que está pasando con la iglesia local. No hace mucho tiempo tratando con un anciano un tema sobre los roles bíblicos de la mujer y el hombre, mientras yo elaboraba un argumento sencillo, este hermano miraba al vacío, ausente, como aquel que no escucha. No seguía el hilo de la discusión en cuanto al significado de los pasajes de la Biblia. Esas charlas fueron verdaderamente frustrantes.
Por eso, para comprender a los hermanos reformados de hoy y su ímpetu hay que ponerse a estudiar. Esa es la única opción. ¿Estudiar qué? Estudiar la teología bíblica, sus comentaristas, los sermones de gente de antaño que amó y enseñó el evangelio con fidelidad y cuyas obras hoy conservamos como un tesoro. Algunos podrán argüir que lo único que requieren es la Biblia pero eso es muy simplista. Basta una hora de entrevista con muchos hermanos para darse cuenta de la ignorancia que arrastran sobre los temas torales de las Escrituras y de cómo hay que aplicar sus principios ante los retos del mundo posmoderno sin traicionar la ortodoxia cristiana. Si sueno arrogante, está bien. Pido perdón. Pero que eso no sea pretexto para evitar revisar este particular.
Otro pretexto común es la apelación a la institución eclesiástica. Algunos declaran que hacen lo que hacen porque así lo dice la asamblea o la convención. Esto es igual a cuando algún apologeta responde que no debemos creer algo en la Biblia porque solo se sostiene por un solo versículo. ¿Cuántos versículos se ocupan para aceptar una verdad? ¿1, 5, 25? Aquella razón es futil. Nada que nosotros enseñemos debe fundarse en una institución sino en la Palabra de Dios. La educación cristiana debe resultar del análisis serio de la Biblia y de allí aplicarse a la vida institucional eclesiástica, y no pretender que esta defina y redefina lo que debemos creer acerca de la Biblia, como hace Roma y el papado.
Por último, hay que reconocer que no podemos obligar a nadie a aceptar lo que enseñamos. A veces nos creemos con tal autoridad que si alguno nos cuestiona es que está casi “apostatando” de la fe. El recurso de “Andan de iglesia en iglesia” o “dejan de congregarse” es uno muy infeliz y falto de tacto pastoral. Decirle estas cosas a la oveja que se dispersa por nuestra propia irresponsabilidad es colocarla en un dilema enfermizo: O te quedas oyendo mi instrucción deficiente y floja, o te vas con el cargo de rebeldía. El proceder ante las desbandadas de este orden debe ser primero una reflexión de nuestro compromiso como pastores y maestros con la educación continua y de calidad, y luego todo lo demás.