Foto: Brett Jordan

Porqué estudiar la inerrabilidad bíblica

Un cristiano que cree en la inerrabilidad bíblica no es un bicho raro. De hecho, hay muchos hermanos en la fe que son inerrantistas y no lo saben. Pasan entre las congregaciones como el cristiano promedio. La vida cristiana ordinaria de estas personas no lleva en sí ninguna pista incontrovertible de su firme creencia en que la Biblia es perfecta, sin errores, inspirada e infalible.

Estos hermanos leen que “La ley del Señor es perfecta…El testimonio del Señor es firme…recto…puro…bueno…verdadero y deseable…” (Sal. 19:7–11), y no dudan de que lo que Dios dice en su Palabra se cumple sin excepción (Is. 46.10; 55.11). Su seguridad de que el testimonio bíblico es la verdad (Sal. 119.160) es parte natural de su fe. Saben que Dios no miente y que es fiel a su pacto (Jer. 31: 33 y ss.; Ro. 3.4; 2 Co. 1.18). En general, viven asumiendo que lo que dice la Biblia impera sobre cualquier conclusión terrenal, supuestamente científica o no, popular y funcional o no.

¿Entonces para qué hablar de la inerrancia? La respuesta es simple: porque al igual que con el resto de las doctrinas cristianas, la doctrina de las Sagradas Escrituras debe abordarse sistemáticamente, con piedad y devoción. No he oído a ningún cristiano decir: “¿Y para qué estudiar la doctrina de la Trinidad si nosotros la creemos tal cual, sin cuestionarla?” o “¿Para qué estudiar el significado de los sacramentos si nosotros participamos de ellos en obediencia, creyendo lo que nos dicen que son, sin mayor explicación?”. Un ministerio cristiano expositivo enseñará a los hermanos a pensar distinto y a alimentarse de la enseñanza sólida de la Palabra, con consistencia y sin menoscabo de la importancia de la doctrina (cfr. 2 Tes. 2.15; 3:6,14).

Entonces, pensar que podemos prescindir de alguna explicación doctrinal porque sencillamente los demás creen en algo sin cuestionarlo es cometer uno de los errores más identificables en el romanismo y en los movimientos cristianos carismáticos, algunos, que desprecian el saber como un estorbo a la actividad del Espíritu Santo. Hay que enseñar a los hermanos que la Biblia (ese libro en el que confían ciegamente) soporta el análisis de la historia y la ciencia, y es capaz de desvirtuar el error del liberalismo teológico y del anti-intelectualismo de ciertos sectores pentecostales. No se podría cumplir el mandamiento de Dios a no ser por la exposición paciente y enseñanza ordenada de la doctrina cristiana -incluida la doctrina sobre las Sagradas Escrituras-, porque es él quien nos compele a estar “siempre listos para defenderse, con mansedumbre y respeto, ante aquellos que les pidan explicarles la esperanza que hay en ustedes” (1 P. 3.15).

El apóstol Pedro dice: “crezcan en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, a quien sea dada la gloria ahora y hasta el día de la eternidad. Amén” (2 P. 3.18). Eso procuramos nosotros: entender mejor lo que creemos para nutrirnos mejor.