

¿Qué debo hacer si en mi Iglesia predican las mujeres? 11 notas de un -todavía- presbiteriano del presbiterio mexicano noroccidental en defensa de la verdad
1. Las mujeres y los hombres, hijos de Dios, estamos llamados a predicar el evangelio. Predicar significa proclamar -del griego kerusso. Predicar según su significado etimológico se refiere a fungir como heraldo: uno que es oficialmente enviado a dar a conocer información importante con la sanción de la autoridad. En este sentido general, la Gran Comisión es una misión para hombres y mujeres por igual.
2. En la Biblia las mujeres poseen un amplio ministerio. Ellas tienden la mano al pobre y necesitado (Pr. 31.20); fue una mujer quien ungió a Cristo en Betania (Mr. 14.3) y lavó sus pies (Lc. 7.37–38); fue María Magdalena y “la otra María” las que llevaron el anuncio de la resurrección a los discípulos y vieron a Cristo resucitado (Mt. 28:1–10); ellas sirven a la Iglesia en tareas apostólicas, como fue el caso de Febe, Priscila, María, Trifena, Trifosa y Pérsida (Ro. 16:1–3,12). Hay varias profetisas -mujeres que Dios usó para obrar en su pueblo- como es el caso de María (Éx. 15.20), Débora (Jue. 4.4), Julda (2 R. 22.14), Ana (Lc. 2.36) y las hijas de Felipe (Hch. 21.9). Es claro: las mujeres son muy importantes en la historia bíblica.
3. Una vez probada la obra lícita, necesaria y prudente de la mujer en la proclamación del evangelio es necesario atender las limitaciones que Dios ha puesto a dicho llamado ministerial. Porque aunque es verdad que las mujeres pueden y deben predicar el evangelio también lo es que en el orden eclesiástico que Dios dispuso su labor está perfectamente delimitada, según la regla buena, santa, perfecta y amorosa que el Señor reveló en su Palabra. La mujer que quiere honrar a Dios -al igual que el hombre que desea vivir conforme a la piedad- debe ser la primera en interesarse por conocer cuál es el lugar que el Padre ha mandado que ocupe en la expansión de su Reino.
4. Piensan algunos ancianos de la Iglesia Presbiteriana en México que las referencias bíblicas antedichas acerca de la labor de la mujer son mas que suficientes para probar que las mujeres tienen el derecho de ocupar el púlpito durante las asambleas solemnes, en particular el Día del Señor. Entonces, obrando en consecuencia permiten y promueven que la mujer enseñe a la congregación en lugar del pastor docente, oficiante, anciano o cualquier otro varón que la Constitución de la Iglesia disponga- en conformidad con las Escrituras. Estos ancianos asumen que el significado general de la predicación, que es la proclamación de la verdad, se debe extender para la mujer a todos los ámbitos del quehacer eclesiástico incluida la función pastoral docente ya referida.
5. Como en México la Iglesia Presbiteriana se opone a la ordenación de la mujer, los ancianos que abogan porque la mujer predique durante las asambleas solemnes han tenido que elaborar un mal argumento al afirmar que la mujer no puede ser “pastora” pero sí puede pastorear a la Iglesia durante la predicación los domingos, o en cualquier otra asamblea solemne. No se dan cuenta -o no les interesa- que al pensar así están apoyando el pastorado de facto de la mujer, es decir, que aunque no sean ordenadas “pastoras” puedan gobernar a la Iglesia al predicar desde los púlpitos.
6. Los ancianos que permanecen en esta posición deben considerarse como partícipes del pensamiento liberal que subrepticia y abiertamente trabaja a diario para lograr que las mujeres ocupen cargos en la Iglesia que no les corresponden según la Biblia. Ningún anciano que se digne de ortodoxo se atreverá a luchar porque los homosexuales sean ordenados al santo ministerio, y sin embargo al pensar de aquella forma están empujando para que ello sea una realidad. ¿Por qué? Porque violar las Escrituras en este punto -el de la mujer predicadora en las asambleas solemnes- es preparar el camino para violarla en otros.
7. La Biblia prohíbe explícitamente que la mujer ejerza la función pastoral docente en las asambleas solemnes (1 Co. 14:34–37 y 1 Ti. 2:11–15), e implícitamente al revelarnos que a pesar del servicio sacrificial que las mujeres ofrecen en la Biblia jamás se halla ninguna ejerciendo el sacerdocio y las funciones que le son propias; además, Cristo llama solo a hombres para que sean sus apóstoles (Mt. 10:1–4), y más tarde cuando se elige a los diáconos ninguna mujer es propuesta (Hch. 6:1–7), todo ello bajo el gobierno del Espíritu Santo. Las apelaciones de los ancianos liberales al hecho de que el apóstol Pablo tenía un “prejuicio rabínico”, o que en Cristo ya no hay hombre ni mujer resultan de un esfuerzo por eliminar los obstáculos que impone el principio sacra scriptura sui interpres y la responsable exégesis y hermenéutica reformadas, promoviendo con ello, al menos de forma indirecta- la violación de la Biblia como ya se indicó más arriba.
8. Al descartar la discusión bíblica y teológica en los términos que la historia de la Iglesia reformada ha asentado desde Lutero, Calvino y otros, los ancianos liberales apelan a las ideas del mundo. Así ocurre con aquellos que comienzan a argumentar desde los derechos humanos y la liberación femenina. No se percatan de que la agenda LGTB (lésbico, gay, transexual y bisexual) implica un reto nutrido de varias aristas, como lo son la adquisición del derecho a abortar, las medidas eugenésicas que atentan contra los derechos de los discapacitados, así como la destrucción del matrimonio y la familia en sus términos naturales. La agenda se ha introducido en la Iglesia por medio de la ordenación femenina y homosexual, y la aceptación de otros pecados en el nombre de la gracia de Dios. Entonces, queriéndolo o no, estos ancianos hablan de que la mujer tiene derechos en el tenor del trabajo secular de las agencias de derechos humanos y de su sentido común. Es verdad que hay elementos de esta labor que son encomiables como la lucha contra la discriminación de los indígenas, el derecho a la salud universal, al agua, a la vivienda digna, al respeto de la integridad física, entre otros, pero no se debe abrazar una ideología sin antes pasarla por el sagrado filtro de las Escrituras (Fil. 4:8–9).
9. Los ancianos liberales se hallan en la misma posición de radicales novedades que aquellos pentecostales que alegan que al principio del siglo pasado se recibió una “nueva dispensación del Espíritu”, pues sostienen que no fue sino después de 1900 años de la Iglesia del Nuevo Testamento que por fin se “descubrió” que las mujeres tenían acceso a funciones pastorales. Deberían de sospechar de semejante conclusión, cuanto más porque todo este alboroto surge casi a la par del movimiento de la liberación femenina a mediados del siglo pasado.
10. La mente cristiana no debe ser una “mente abierta” sino una mente cautiva a la Palabra de Dios (2 Co. 10:4–5). Al margen de la predicación de la mujer durante las asambleas solemnes, el problema más grave está en la ignorancia que muchos de estos ancianos muestran acerca de lo que la Biblia dice, de su sana interpretación, de su herencia reformada y de las condiciones teológicas para que se siga reformando. Es sabido que el sector evangélico pentecostal abraza la predicación y aún la ordenación femenina sin problemas. Pero ninguna de estas iglesias lleva por padres espirituales a los reformadores y el entrañable amor, reverencia y solemnidad que mostraron hacia el estudio de las Santas Escrituras. Su método histórico-gramatical es una muestra de este esfuerzo por ser fieles a la verdad.
11. La Iglesia Presbiteriana se encuentra en un momento histórico privilegiado. Hoy que abunda el emocionalismo, el culto a las estrellas musicales cristianas, el caos del movimiento carismático y la confusión acerca del Espíritu Santo, y el desprecio por la doctrina y por la disciplina eclesiástica, los presbiterianos poseen elementos invaluables en su herencia reformada que pueden ofrecer al cristiano harto de un cristianismo espurio e insustancial la senda de la verdadera adoración, devoción y meditación de la verdad. Empero, ¿qué se le podrá ofrecer al perdido y cansado si nosotros mismos participamos del desastre en que está sumida una parte importante del movimiento evangélico contemporáneo?
Regularmente recibo correos electrónicos de personas que buscan una Iglesia sana en la misma ciudad en la que vivo. ¿Qué puedo contestarles? Lamentablemente, he tenido que dejar de responder porque no puedo recomendarles ni la propia Iglesia en la que soy miembro, pues allí no hay consistorio, predican las mujeres y no hay enseñanza expositiva. Al parecer el liderazgo allí -femenino en su mayoría, al menos de hecho- está empeñado en la defensa de lo indefendible.
Llamo a mis hermanos en la fe a resistir y evitar que esta fisura en el tejido de la Iglesia se expanda, y que el día de mañana debamos lamentarnos mientras buscamos un Gresham Machen que nos ayude a arreglar lo que pudimos haber evitado siendo consistentes con nuestra historia y la Palabra de Dios.