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¿Qué es “la leche espiritual no adulterada”?

El apóstol Pedro ordenó:

Busquen, como los niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por medio de ella crezcan y sean sabios (1 P. 2.2, RVC).

La palabra “buscar” puede también traducirse como desear con vehemencia. No es un deseo ocasional como lo sería un antojo, ni tampoco es una autoimposición legalista como ocurre con una disciplina a la que uno se esfuerza por entrar y permanecer (piénsese por ejemplo en el ejercicio).

Esta búsqueda es algo que, en el contexto, se da de forma natural. Por eso el apóstol indica que este deseo debe ser igual que el que tienen los niños recién nacidos por la leche materna. Estos bebés anhelan el alimento de sus madres de una manera completamente esperada: despiertan y lloran por ella; es su fuente de seguridad, consuelo, y de unidad con su progenitora. Ser amamantado abre un vínculo que parecía cerrado al salir del vientre y lo perpetúa en la vida del recién nacido hasta bien entrados sus años, con efectos físicos y mentales perdurables en su desarrollo.

Entonces Pedro dice que los cristianos debemos anhelar como niños recién nacidos la leche espiritual no adulterada. ¿Pero qué clase de leche es esta? Primero nos dice que es pura, sin contaminación. Además es algo que recibimos gratuitamente de otro, y ese otro debe ocuparse en darnos el alimento sin polución ni agente dañino alguno para nuestra salud. Es además de pura una leche espiritual. Su objetivo primordial es nutrirnos interiormente y hacernos crecer dándonos sabiduría.

Por ello, concluimos que el apóstol está tratando aquí de la educación cristiana, libre de herejías y consistente con las Escrituras. El que comúnmente ofrece la leche espiritual es el maestro de la Iglesia así instituido por el Espíritu Santo (Ef. 4:11–12): el predicador, pastor, anciano y obispo. Y también lo es el padre y la madre de familia (Pr. 22.6). Todo el que enseña a otro la verdad bíblica ofrece leche espiritual. Así que todos estos agentes están llamados a darla -la verdad- pura y sin adulteración. La prueba de que se está ante una enseñanza pura es esta: que el que la recibe se convierte cada día en un ser más renovado por la gracia de Dios y más sabio (Ro. 12.2; Fil. 4:8–9), lo cual significa sencillamente que se conforma a la palabra revelada en la Biblia (1 R. 3.9; Ecl. 7.12; 1 Jn. 3.24).

Esta búsqueda de la leche espiritual no adulterada es entonces un quehacer propio y exclusivo de los cristianos porque solo estos podrían de forma natural buscar al Señor. El que va a las Escrituras tan solo por curiosidad, por una tarea escolar o tratando de reforzar un argumento mundanal no puede considerarse uno de estos “recién nacidos”, benditos de Cristo, que atienden, ordinariamente, al llamado del apóstol con la más humilde y devota de las disposiciones.

Pedro no amenaza aquí a nadie. No dice: “¡Búscala o perecerás!”. Aconseja al rebaño pequeño que sigan el camino en que el Señor Jesús los ha puesto al redimirlos con su sangre. Les dice: “¡Sigan deseando esta enseñanza pura de la Palabra de Dios!”. Así que de alguna forma esto también es una santa amonestación al discernimiento. ¿Porque cómo sabrá cualquiera que está recibiendo la leche espiritual no adulterada a menos de que antes haya aprendido a distinguir entre lo verdadero y lo falso, lo puro y lo impuro? En este caso se infiere que el apóstol les dice: “No dejen de atender nuestras palabras infalibles porque ellas nos han sido reveladas por Dios”.

El santo Job sostuvo:

Nunca me he apartado de sus mandamientos; sus palabras me son más preciadas que la comida (Job 23.12).

Otros testimonios en este tenor se hallan en el Salmo 1, 19 y 119. La palabra de Dios es viva, eficaz, cortante, penetrante…(Heb. 4.12). La Biblia es la fuente de todo bien; su lectura, meditación y práctica es un manantial de bendiciones sin final. Así que fieles a la santa revelación deseemos la sana exposición de la Palabra de Dios porque solo así creceremos y seremos sabios como el Señor quiere que lleguemos a ser.