¿Quién es quién entre cristianos que se designan como reformados?

Existe inquietud entre los cristianos que se adhieren a la teología reformada porque algunos no saben exactamente qué es lo que hace a una persona “reformada”. Reconozco que parte de esta incertidumbre se debe a nosotros, los que escribimos teología, y que evidenciamos nuestros purismos a la hora de trabajar. No tiene nada de malo, en mi opinión, enseñar y defender nuestras posiciones en torno al tema. Es bueno, sin embargo, detenernos aquí a indicar algunas razones que pueden ayudar a calmar las ansias de muchos cristianos, especialmente nuevos cristianos, que por vez primera están enterándose del tesoro de la tradición y teología de la reforma protestante del siglo XVI.

Primero, vamos a descartar soluciones inoportunas que se han ofrecido para resolver la inquietud. Por ejemplo, que “la teología reformada no nació en el siglo XVI sino antes de la reforma protestante” o que “nació con el apóstol Pablo” o cosas parecidas. Aunque pueden construirse argumentos interesantes en torno a estas declaraciones, la realidad es que dejan igual o peor al cristiano que investiga responsablemente estos asuntos.

Lo segundo que haremos es afirmar que los reformados, aunque esencialmente comparten una misma raíz teológica como veremos más adelante, no siguen la misma cepa para resolver cada detalle de su teología. Aceptar esto es imprecindible para evitar fanatismos y sectarismos en nuestro pensamiento cristiano.

En tercer lugar, reconocemos al menos tres escuelas de teología reformada: a) presbiterianos; b) bautistas; y c) anglicanos. El trasfondo de estas tres escuelas es el calvinismo. Los presbiterianos generalmente utilizan como línea confesional principal la Confesión de Fe de Westminster de 1646 y sus catecismos Mayor y Menor; los bautistas la Confesión de fe de Londres de 1677 y 1883; y los anglicanos los Treinta y nueve Artículos de 1563 basados en la Confesión de Ausburgo. Como líneas más o menos paralelas o secundarias -según el caso- las tres escuelas reconocen El Credo de los Apóstoles, el Credo Niceno, La Definición de Calcedonia de la Fe, La Confesión Belga de 1561, el Catecismo de la Iglesia de Ginebra de Juan Calvino de 1541, el Catecismo de Heidelberg de 1563 y los Cánones de Dort, entre otros .

En cuarto lugar, reconocemos que de parte de presbiterianos, bautistas y anglicanos existen aplicaciones estrictas y moderadas de sus líneas confesionales según su interpretación. Por ejemplo, hay presbiterianos que solo utilizan el libro de los salmos en su adoración congregacional y que son meticulosos en la observancia del principio (puritano) regulador del culto cristiano, mientras que otros son más moderados al hallar en su interpretación bíblica y sus estudios de la historia de la iglesia un principio evolutivo mas incluyente, que es caso de las iglesias que usan el himnario y otros libros aparte de las Escrituras para dirigir sus cultos. Casos similares se pueden hallar entre bautistas y anglicanos.

En quinto lugar, afirmamos que se debe separar de las escuelas moderadas de presbiterianos, bautistas y anglicanos, a todos las iglesias liberales (amplitudistas) y neo-ortodoxas, tengan o no una denominación asociada a estas tres escuelas. Porque una cosa es la interpretación según la cual se coligen puntos de vista discrepantes respecto a un punto secundario de la Biblia, y otra es la negación premeditada y separación natural de los fundamentos no solo de la teología reformada sino de las bases de la doctrina apostólica en general. La teología reformada es doctrina apostólica interpretada y aplicada, pero anotamos la distinción porque ninguna iglesia o cuerpo eclesiástico es infalible en su interpretación de la verdad.

En sexto lugar, reconocemos que hay iglesias que no definen su denominación pero que poseen todas las bases de las iglesias reformadas.

En séptimo lugar, las tres escuelas de teología reformada aceptan los cinco puntos básicos de la teología reformada: Solo Cristo, Solo la fe, Solo por gracia, Solo la Escritura y Solo a Dios la gloria; y también las cinco doctrinas germinales de la fe reformada, a saber: la depravación total, la elección incondicional, la expiación limitada, la gracia irresistible y la perseverancia de los santos.

En octavo lugar, reconocemos que hay elementos doctrinales que deberían de aceptarse como conclusión natural de la sana exégesis reformada, cual es el caso del complementarismo, la inerrancia bíblica y el cesacionismo, por ejemplo, pero sabemos que en tanto Cristo no regrese por segunda vez a la tierra tendremos que lidiar con diferencias en estos y otros tópicos, y decidir -inevitablemente y por amor a Dios- de qué manera podemos reconocer, declarar y defender la ortodoxia cristiana.

En noveno lugar, reconocemos que no todas las iglesias que se declaran reformadas son iglesias con teología pactual. Especialmente entre presbiterianos la teología reformada se identifica con la teología del pacto de forma indubitable, pero también existen iglesias cuyo magisterio es dispensacionalista aunque aceptan y enseñan todos los elementos indicados en la séptima declaración de este escrito, razón por la cual muchos cristianos los reconocemos como hermanos reformados en la fe, con la reserva de nuestro interés de corregir -como en otros tópicos- una interperetación de la Biblia que nos parece inconveniente.

En décimo lugar, reconocemos también que hay cristianos que consideran que solo la escuela a la que pertenecen posee la verdadera teología reformada, y que no existe forma de convercerlos de lo contrario. Incluso han tomado como grito de guerra contra los demás cristianos su cosmovisión exclusivista. Creemos que esta forma de actuar no es la mejor, no es edificante y no merece elogios de ninguna naturaleza. Porque aún cuando existan razones importantes a considerar de su parte, la descalificación hiriente entre hermanos -no entre cristianos y apóstatas, heterodoxos y herejes- no se conforma al carácter de Cristo.

Ofrecemos estos diez puntos teniendo en mente el mandato apostólico: “…os ruego que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados, con toda humildad y mansedumbre, con paciencia, soportándoos unos a otros en amor, esforzándoos por preservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz. Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, así como también vosotros fuisteis llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos” (Ef. 4:16). Así sea.