Recuperando la perspectiva bíblica sobre el hombre y la mujer

Desde hace algunas semanas (junio de 2015) he estado redactando varios artículos acerca de lo que las mujeres pueden y deben hacer en la Iglesia. Me he referido específicamente a la discusión regional de la denominación a la que aún pertenezco y he sido bastante específico al distinguir entre el liberalismo teológico y la ortodoxia cristiana. Esta última situación ha generado molestia en varios líderes eclesiásticos porque consideran que al escribir de este modo, tan directo, abono a la obra de Satanás de dividir a la Iglesia y cometo el pecado de juzgar al prójimo. Desde luego, si yo estuviera convencido de que ese es el caso me retractaría de inmediato de todos mis artículos y abandonaría mi proceder. Porque nada me interesa más que una Iglesia unida y sana, cimentada en la VERDAD, el AMOR y la GRACIA de Dios.

Empero, tomé la decisión de dejar el tema regional en paz. Lo que haga de hoy en adelante la Iglesia Presbiteriana sobre el asunto de la mujer en el púlpito es algo que poco a poco deja de preocuparme. De hecho, lamentablemente además de esta problemática hay otras que no se resolverán a menos de que regresemos a las Escrituras, a la predicación expositiva y a la disciplina eclesiástica: tres factores muy flojos en las congregaciones locales. Reconozco que pude haber ofendido a algunos lectores y pido perdón solo en cuanto al ánimo que pude haber perturbado en el otro. No me disculpo de la materia que expuse. Por lo demás, me declaro cristiano reformado a secas y presbiteriano hasta que Dios lo disponga.

Lo que quiero referir en esta ocasión es que hemos perdido la perspectiva bíblica de las funciones del hombre y la mujer. En esta discusión nos hemos centrado en lo que las mujeres pueden hacer en la Iglesia tratando de rescatar la mayor cantidad de ministerios posibles para que las hermanas los ejerzan. Enlistamos 15, 19 o 25 cosas que ellas pueden hacer en nuestra desesperación por comprobar que no somos chauvinistas y que creemos en la Biblia, por lo que reconocemos la labor femenina. Y al estar tan enfrascados en justificar este punto nos ha pasado de noche lo que la Biblia dice sobre lo que las hermanas deben procurar, de su alto llamado personal a la santidad y la obediencia.

En parte, este fenómeno también se debe a que lo que la Biblia dice -que lo anotaremos a continuación- es totalmente contra-cultural. Mientras estamos “a dale y dale” con que la mujer puede hacer esto y lo otro se torna grisácea la enseñanza apostólica sobre el papel fundamental de la mujer en el hogar. Después de tanto ensalzar a las hermanas se nos antoja que decirles que su verdadera vocación está en su casa con su familia es un retroceso en la argumentación a su favor. Pero si nosotros no lo decimos -que asumimos que enseñamos la postura histórica de la Iglesia- el cristiano teológicamente liberal lo hará menos.

Pablo escribió a Tito:

(Q)ue enseñen a las jóvenes a que amen a sus maridos, a que amen a sus hijos, a ser prudentes, puras, hacendosas en el hogar, amables, sujetas a sus maridos, para que la palabra de Dios no sea blasfemada (Tito 2:4–5).

En la Iglesia hoy hombres y mujeres estamos luchando fuerte para que se le reconozca a la mujer liderazgo eclesiástico, para que puedan ser ordenadas al ministerio, para que sean predicadoras en nuestras asambleas solemnes, para que enseñen en los seminarios, en las escuelas dominicales…y pocos vamos a la Biblia y obedecemos lo que acabamos de leer. Antes que cualquier otra cosa, la mujer está llamada a construir un hogar con amor, prudencia, trabajo, dedicación, pureza y amabilidad. Si una mujer no obra de este modo está transgrediendo la voluntad de Dios. Es irrelevante que sea la predicadora estrella el domingo, que consiga la orden sacerdotal o que sea la encargada de este o el otro ministerio, porque Dios no la ha llamado a esto sino ha erigir un hogar piadoso dedicándose a su esposo, a sus hijos y la santidad de la verdad. Eso dice la Escritura, no yo.

El texto dice que las ancianas deben enseñar esto a las jóvenes. Es un quehacer generacional. No hay manera de que las mujeres jóvenes sean instruidas de esta forma si las mujeres mayores no han vivido de este modo. Y ese es el problema: en realidad, las primeras defensoras del ministerio pastoral de la mujer -ordenadas o no oficialmente- no son las jovencitas sino las señoras. “Lucha. Somos iguales. También tenemos derechos como los hombres”, y así se ha estado creando una nueva generación de mujeres en las cuales el último de sus amores es su casa, la atención a sus hijos y la sumisión a sus esposos. El resultado ha sido que la palabra de Dios es blasfemada, lo cual una iglesia liberal rara vez logrará percibir.

Es relevante que el apóstol completa esta instrucción para las mujeres jóvenes al hablar de los hombres:

Así mismo, exhorta a los jóvenes a que sean prudentes, muéstrate en todo como ejemplo de buenas obras, con pureza de doctrina, con dignidad, con palabra sana e irreprochable, a fin de que el adversario se avergüence al no tener nada malo que decir de nosotros (Tito 2:6–8).

Es imposible no notar la diferencia: a las mujeres jóvenes NO se les manda tener la palabra sana, la pureza de doctrina y la irreprochabilidad, condiciones todas del maestro de la palabra, del predicador y pastor, del guía eclesiástico que tiene autoridad. Es a los jóvenes hombres a quienes se les encomienda esta tarea, no a la mujer. ¿Por qué? Porque justo antes Dios ya ha revelado que la mujer está llamada a enfocarse en su hogar y familia, mientras que el hombre en guiar a la familia y a la Iglesia en toda enseñanza sana y verdadera. Desde luego, la mujer también debe tener clara la verdad y ser capaz de transmitirla a otros, pero no más allá de los linderos antiguos que Dios trazó en su bendita revelación.

No busquemos entonces que la mujer y el hombre hagan cosas que Dios no mandó. Dejemos de drenar nuestras energías en invenciones y principios humanistas sin sustento bíblico. Abandonemos ya esta guerra insulsa por el empoderamiento eclesiástico de la mujer. Al hombre le decimos que tome su papel de maestro y guía y deje la pusilanimidad y la flojera para estudiar la Biblia y entregar el mensaje como Dios le ordenó, y a la mujer le decimos que vaya y asuma su responsabilidad en su hogar, en amor y obediencia a su esposo, y cuidado amoroso a sus hijos, con toda pureza, prudencia y santidad, y deje a su esposo cumplir con su tarea de sacerdote en Cristo.

Eso dice la Escritura.