Un cristiano que dice amar la Palabra de Dios tiene que valorar lo mismo las promesas de Dios que sus mandamientos.


La Biblia y la obediencia a lo que ella dice

“Así como las piedras y el peso, o el calor y el fuego son inseparables, así también lo son la justificación y la santificación”, escribió Arthur W. Pink. Leyendo uno de sus artículos en el Free Broadcaster número 232 me hallé enfrascado en una meditación sobre los efectos que tiene la lectura de la Biblia en nosotros.

El pastor Pink dice que los cristianos podemos engañarnos al pensar que por el simple hecho de escuchar una predicación de un hombre de Dios o por incrementar nuestro conocimiento bíblico estamos alimentándonos espiritualmente: “¡Claro que no! Nosotros nos “alimentamos” con la Palabra solo cuando personalmente nos apropiamos, masticamos y asimilamos en nuestras vidas lo que oímos o leemos” (énfasis añadido). Esto significa que la prueba de una vida regenerada es la consistencia vivencial que mostramos con el texto revelado.

Un cristiano que dice amar la Palabra de Dios tiene que valorar lo mismo las promesas de Dios que sus mandamientos. La obediencia a Dios ha de ser imparcial, es decir, sin discriminar entre uno u otro mandamiento según nos parezca mas o menos gravoso. Si no estamos convencidos de que toda la ley de Dios es buena entonces no podremos desearla más que el oro o que la miel que destila del panal (Sal. 19:7–11).

Finalmente, Pink hace notar que según la Biblia la obediencia a Dios nos purifica:

Puesto que en obediencia a la verdad habéis purificado vuestras almas para un amor sincero de hermanos, amaos unos a otros entrañablemente, de corazón puro (1 P. 1.22).

Logra además que Dios nos escuche:

Y todo lo que pidamos lo recibimos de El, porque guardamos sus mandamientos y hacemos las cosas que son agradables delante de El (1 Jn. 3.22).

Y obtenemos preciosas manifestaciones de Cristo en nuestras almas:

El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama, y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él (Jn. 14.21).

Estas son algunas de las bendiciones de la obediencia. Ser siervos según la Palabra de Dios es la más grande aventura que podremos jamás emprender y también el más elevado compromiso.