Una casa sobre la roca

En algunas creencias como el Tao o el budismo hay un principio rector que indica que mucho de nuestro sufrimiento proviene de aferrarnos a no cambiar cuando todo está cambiando a nuestro alrededor. Según estas religiones –porque son religiones- tenemos que andar con la corriente sin resistir, lo cual lograremos una vez que comprendamos que nuestras estructuras de pensamiento son las que nos estorban para estar en paz. Esto significa que los estándares morales y éticos que tenemos deberían ceder para que termine la violencia. El conflicto nace de la dualidad que experimentamos cuando intentamos resolver las cosas según nuestra religión, nuestras creencias y prejuicios. Si queremos unidad y paz tenemos que “limpiar” nuestra mente de ideas y nociones y vivir la vida sin juicios, con meditación oriental.

Este consejo ha logrado que la Nueva Era se haya convertido en la religión oficial del mundo posmoderno. Porque para dicha religión la razón estorba y el pensamiento es el problema. A un nivel de comprensión más vago la gente que adopta esta cosmovisión la aplica en los dilemas morales que enfrenta. De este modo puede desechar las crisis de conciencia y justificar su pecado. Como el bien y el mal son “invenciones y prejuicios” es fácil proceder a calificarlos como obstáculos para el amor. Lo que la Sagrada Escritura dice son cuando mucho “consejos” que pueden servir aquí o allá, y nada más. Asirse de modo fundamental a los principios bíblicos es fanatismo y el camino seguro al conflicto, la desintegración y el sufrimiento. Por ejemplo, para evitar el dolor que produce la falta de aprobación de la homosexualidad, el aborto o la fornicación hay que librarse de las categorías de lo que está bien o mal según un estándar objetivo moral que los esté reprobando. Entonces se adquiere como regla de vida el relativismo ético y se puede concluir finalmente que si alguno condena aquellas cosas es fruto de una opinión personal aislada sin más importancia que la que uno quiera darle. La religión preferida de la posmodernidad entonces es una sin Dios, sin Cristo, sin Escrituras, sin Iglesia y sin principios objetivos, inmutables y eternos.

La Iglesia a veces ha adoptado a la Nueva Era como su filosofía al echar por la borda la disciplina eclesiástica. No condena el pecado, no enseña sobre el juicio divino, evita confrontar y se enfoca solo en aquellas porciones bíblicas que tratan del amor de Dios. Se dice que “hay que ser como Jesús” dando a entender que no hay que juzgar al homosexual ni al fornicario impenitentes, ni tampoco hay que insistir en aplicar un orden eclesiástico determinado, ni fijarse tanto en la música que se utiliza en la adoración congregacional; en esta tesitura, hay que proceder a retirarse de las pugnas antiguas del cristianismo en contra de la brujería, el amor al dinero y la adaptación a las costumbres del mundo. Si hay algo que estas iglesias y sus pastores no soportan es que se apele a la santidad de Dios y a la separación de los creyentes del mundo porque desde su óptica esto es un fariseísmo que arrincona la Gran Comisión.

Este escenario ha llevado a algunos cristianos piadosos a la desesperación. Miran el mundo con su guerra, su narcotráfico, sus secuestros, robos y extorsiones, los miles de asesinatos, la introducción de la homosexualidad a las escuelas de nivel educativo básico, el crecimiento de la cultura de la muerte en el número de abortos, el avance de las enfermedades de transmisión sexual, del adulterio y de la destrucción de la familia, el ingreso de nuevas drogas, la institucionalización de la corrupción gubernamental, y el embate del feminismo que ridiculiza y denuncia la maternidad como una imposición cultural y una cadena de esclavitud para la mujer, entre muchas otras cosas, y suspiran mientras observan que la misma Iglesia transita por una senda donde varias de estas maldiciones están siendo cobijadas en el nombre del amor de Dios. ¿Qué es todo esto? ¿Qué le pasa la Iglesia? ¿Qué puedo hacer en medio de esta generación perversa? -se cuestionan.

Aquí quiero compartir con el amable lector un par de enseñanzas bíblicas muy oportunas que ofrecen una respuesta clara para el cristiano que de verdad quiere ser fiel a su Señor en la mitad de este Pantano de la Desconfianza –siguiendo el relato de Juan Bunyan- donde el peregrino oyó decir a Flexible: “¿Es ésta la felicidad de que me hablaste?”, y después del cual Saber Mundano prometió a cristiano que de abandonar la Biblia le mostraría un camino menos peligroso de mucha “seguridad, amistad y satisfacción”. Se trata del caso de Noé y de la enseñanza de Jesús sobre los dos cimientos.


Noé

El libro de Hebreos dice que “Por la fe Noé, siendo advertido por Dios acerca de estas cosas que aún no se veían, con temor preparó un arca para la salvación de su casa, por la cual condenó al mundo, y llegó a ser heredero de la justicia que es según la fe” (Heb.11.7). Este evento de tipo escatológico referido es el diluvio cuya narración se lee en Génesis 6–9. Dios procedió a inundar la tierra con motivo de la perversión humana. Dice el texto que “…el SEÑOR vio que era mucha la maldad de los hombres en la tierra, y que toda intención de los pensamientos de su corazón era sólo hacer el mal” (Gn.6.5). En una expresión antropomórfica la revelación también nos informa de que a Dios “le pesó haber hecho al hombre en la tierra, y sintió tristeza en su corazón” (v.6). Entonces decide borrarlo de la faz de la tierra junto a su ganado, reptiles y aves del cielo (v.7). El cataclismo se cumplió y en la tierra llovió “por cuarenta días y cuarenta noches” (7.12). Pero antes el Señor se encargó de salvar a ocho personas (1 P.3.20), así como a parejas de animales limpios y no limpios, y de aves.

Las ocho personas que se salvaron fueron encabezadas por Noé. ¿Por qué? Dice la Biblia que porque “Noé era un hombre justo, perfecto entre sus contemporáneos; Noé andaba con Dios” (Gn.6.9b,c). Siete días antes de que el diluvio iniciara se lee: “Entonces el SEÑOR dijo a Noé: Entra en el arca tú y todos los de tu casa; porque he visto que solo tú eres justo delante de mi en esta generación” (7.1). Se puede pensar, sin embargo, de modo equivocado que la justicia de Noé obligó a Dios a salvarlo. Empero, el texto bíblico aclara que “Noé halló gracia ante los ojos del SEÑOR” (6.8) y según Hebreos esta gracia justificante no era suya sino la que proviene de la fe en lo que Dios dice y promete (Heb.11.7), según ya se indicó. De todos modos, esta justicia imputada por medio de la fe a Noé no retira el hecho de que siendo este uno de sus elegidos vivió una vida de santidad y obediencia, cosa que agradó al Señor y que destacó entre la maldad imperante de su época.

El cristiano de hoy debe recordar estos hechos. Antes del diluvio la putrefacción moral de la sociedad y su constante repudio de la voluntad de Dios eran el pan de cada día. Dios dice que el corazón humano pensaba solo en destruirse a sí mismo y destruir a los demás, y en salirse con la suya a expensas de su gobierno normativo y abusando de su misericordia. Tan poco valía lo que el Señor decía a su propia creación que la tristeza en el corazón del Padre era completamente irrelevante para sus criaturas. ¿No es esto precisamente lo que acontece en nuestros días? Hoy la gente se burla del cristiano que hace de la Biblia su guía definitiva, que enseña que Dios habla en ella y que exige que el mundo se aparte de su pecado. Las personas no soportan al cristiano que denuncia el pecado del homosexual impenitente, que aboga por la santidad de la vida, que expone el satanismo mundial, que defiende a sus hijos de las ideologías diabólicas de género, que levanta la voz a favor de la castidad y de la pureza del matrimonio, y mucho menos tolera al cristiano que enseña que hay un único camino al Padre, que es Jesús, y un solo Cuerpo que es la Iglesia. En su lugar, el mundo prefiere seguir consumido por sus transgresiones y por ello vive sumido en los efectos de la negación de Dios que van desde sutiles formas de idolatría como el culto a la propia persona, al trabajo o a una afición, así como a las drogas y la pornografía hasta violaciones, violencia y guerras.

La historia de Noé nos confirma que el cristiano que permanece en la Palabra de Dios prevalecerá. Hallará gracia y misericordia abundantes y heredará bendición: la consolación de la paz con Dios aquí en la tierra y la consumación final de su redención en el cielo (Ro.5.1), además de conocer el Camino y librarse de la incertidumbre del pecado y de la muerte (Jn.14.6; Ro.6.11;Col.3:1–11). Cuando todos dicen que está mal el creer, practicar y defender la Palabra de Dios hagamos memoria de Noé. A veces te verás solo. Ni el vecino, ni el maestro, ni el gobernante, ni el comunicador de televisión, ni el periodista, ni el directivo, y en el colmo ni el hermano, ni el líder y pastor de la iglesia estarán contigo en la verdad de las Escrituras. En esos momentos sabrás dónde está tu confianza porque solo podrás descansar en las promesas escritas de Dios. Lo importante es reconocer que no hay nada más seguro en el universo que la Sagrada Palabra: “Sécase la hierba, marchítase la flor, mas la palabra del Dios nuestro permanece para siempre” (Is.40.8, énfasis añadido). Al igual que Noé habrás de fijar tus ojos en Cristo “el autor y consumador de la fe, quien por el gozo puesto delante de El soportó la cruz, menospreciando la vergüenza y se ha sentado a la diestra del trono de Dios” (Heb.12.2).


Los dos cimientos

Jesús enseñó dentro del conocido Sermón del monte (ver Mt.7:24–28) una parábola acerca de dos clases de cimientos. Ilustró su mensaje en el que exigía obediencia a su palabra refiriendo dos hombres con un plan: construir una casa para vivir. Uno de ellos calificado como “sabio” edificó sobre la roca, esto es, sobre una plataforma fuerte, estable y segura. El otro hombre tildado de “insensato” construyó su casa sobre la arena: una base movediza fácil de deshacer. La sabiduría de uno y la insensatez del otro se concluyó cuando “cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos y azotaron aquella casa” (vv. 25,27). Las dos construcciones padecieron los mismos siniestros. Ninguna fue golpeada por la tormenta más que otra. Empero, el resultado fue distinto porque la edificada sobre la roca por el sabio “no se cayó” mientras la del insensato, erigida sobre la arena, “cayó, y grande fue su destrucción”.

Un par de explicaciones se dan sobre la tempestad de la parábola: primero, que Jesús habla de las tormentas de la vida, la persecución y la enfermedad, entre otras calamidades (cfr. Lc.8:5–15); segundo, que se trata del juicio final cuando las obras de cada cual serán expuestas y unos irán al cielo y otros al infierno (Ap.20:11–15). En cualquier caso es aplicable el sentido pues no existe contradicción en relación al centro de la enseñanza: la obediencia o desobediencia a las palabras de Jesús. Lo fundamental aquí es que un hombre decide que su plan para edificar lo suyo se hará sobre una base fuerte, firme y sólida (las palabras de Jesús), mientras que el otro decide que su proyecto puede resultar exitoso sobre una plataforma incierta (cualesquiera otras palabras) pretendiendo que no se desmoronará.

Ante la crisis del mundo posmoderno que ya hemos mencionado- una crisis ética y moral, relativista, cínica y deshumanizante- la única posibilidad de que nuestra vida no se desbarate es que escuchemos la voz del Señor en las Sagradas Escrituras y obremos en consecuencia. Porque no solo se trata de saber sino además de hacer porque “también los demonios creen, y tiemblan” (Stg.3.19). No es mero activismo sino una genuina comprensión de quién es Dios y quiénes somos nosotros, del nacimiento de un gozo sobrenatural que no puede ser forzado, de frutos (Gá.5:22–23) que resultan de una raíz profunda y eterna empuñada en la Palabra de Dios. Un himno escrito en 1787 titulado “¡Cuán firme cimiento!” expone así la sustancia de la esperanza en la revelación de Dios:

Al alma que anhele

la paz que hay en mí,

jamás en sus luchas

la habré de dejar;

aun cuando el infierno

la quiera perder,

yo nunca, no, nunca

la habré de olvidar

El alma cristiana espera en Dios porque Dios siempre responde. Porque es seguro. Porque no cambia nunca en su amor y verdad (Heb.13.8). La inmutabilidad del Señor es la garantía y el cimiento. Por eso la Biblia llama a Jesús “la roca o la piedra”: “edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo Cristo Jesús mismo la piedra angular” (Ef.2.20). El Salmo 18.2 dice: “El SEÑOR es mi roca, mi baluarte y mi libertador; mi Dios, mi roca en quien me refugio; mi escudo y el cuerno de mi salvación, mi altura inexpugnable”, y el Salmo 40.2 celebra: “Me sacó del hoyo de la destrucción, del lodo cenagoso; asentó mis pies sobre una roca y afirmó mis pasos”. La roca es estabilidad, una que el mundo critica como “muleta” o “cobardía cristiana”. Opinan que nos fanatizamos porque no somos capaces de vivir la vida con sus peligros e intentamos huir a través de los mitos religiosos. Pero si alguien “vive la vida” en su realismo es la gente de la fe en Jesús. La Iglesia ordinariamente no se refugia en las drogas, el alcohol, la fornicación o algún ídolo. No esconde su pecado ni cierra los ojos al del mundo. Es crudo vivir viendo la maldad ante la santidad de Dios. Se sufre al observar la destrucción de las cosas buenas que Dios ha creado, al ver al hijo que es abandonado por su padre, al oír la bomba que mata a miles, al cargar al muerto por el hambre a un refugio, al ver la propia depravación… la vida cristiana no es escapismo, y se puede perdurar en ella porque el Espíritu da la fuerza y constituye firme cimiento para edificar nuestra existencia:

Sean gratas las palabras de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti, oh SEÑOR, roca mía y redentor mío (Sal.19.13).

Noé construyó un arca en obediencia a Dios y en ella se salvó junto a su familia del diluvio, así como Cristo salva del pecado y de la muerte por la fe. Noé construyó su casa sobre la roca de la promesa y cuando vino la tormenta, prevaleció. El cristiano sabio comerá toda la Palabra de Dios que pueda cada día. Estará alerta, despierto espiritualmente, en continuo crecimiento (1 Tes.5:1–11). Así el vendaval del pecado del mundo y sus filosofías vanas y huecas (Col.2.8) no destruirá jamás la auténtica obra de Dios en su corazón.