Una vida de oración

Dicen las Escrituras: «oren sin cesar» (1 Ts.5.17) y «…en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias». (Fil.4.6). Según los puritanos había que «orar hasta que uno terminara orando», es decir, iniciar nuestra oración hasta alcanzar esa intimidad espiritual una vez que hubiéramos experimentado la gracia de una mente y corazón sin distracciones mundanales, meditando en Dios y su Palabra.

En su útil texto A Call to spiritual reformation el doctor D. A. Carson apuntó que en la disciplina de la oración existen dos extremos perjudiciales: orar sin discernimiento bíblico y orar mecánicamente. En el primer caso, el cristiano alza su voz, grita, se emociona y hasta puede bailar pero su oración es insustancial porque es una plegaria ignorante de la Biblia; en el segundo caso, el cristiano entiende la Palabra, se cuida de no ir contra el texto revelado en su petición, pero su oración se convierte en un rezo sin vida, en una letanía vacía del amor de Dios, en un formalismo más de su jornada diaria.

Jesús nos mandó orar siempre según la voluntad de Dios, creyendo en él y con una insistencia permanente. Así enseñó según el santo Evangelio de Lucas que había que «orar siempre, sin desanimarse» (Lc.18.1). Un juez injusto haría justicia a una viuda enfadosa con tal de librarse de ella, pero Dios escucharía a los suyos porque los ama: «¿Acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará mucho en responderles? Les digo que sí les hará justicia, y sin demora». (vv. 7–8). Orar según la voluntad de Dios sería una característica de todos los discípulos de Cristo.

La oración de un cristiano se perfecciona no en función de elementos discursivos externos sino de una vida conformada a la revelación bíblica. La mente que está constantemente renovada por Dios (Ro.12.2) está capacitada para elevar oraciones que vuelvan pletóricos los incensarios de oro celestiales (Ap.5.8). Gracias al Señor, el Espíritu Santo intercede por nosotros «con gemidos que no pueden expresarse con palabras» (Ro.8.26), y así nos ayuda en nuestra debilidad logrando una intercesión conforme a lo que Dios quiere (v.27). Nosotros seguimos aprendiendo, creciendo en la gracia y obteniendo las consolaciones de la santificación y la leche nutritiva de la Palabra.

La colección alada de The valley of Vision recoge esta expresión hermosa de la fe:

Mientras estoy orando todas las cosas aquí en la tierra se desvanecen, y nada parece importante sino solo la santidad de corazón y la salvación del prójimo.

Es así porque la oración es un resultado de la transformación y también es agente de transformación. Sigue otra porción del texto:

Cuando estoy orando puedo poner todas mis preocupaciones en tus manos, estando enteramente a tu disposición, sin fijarme en mi mismo. Cuando estoy orando puedo interceder por mis amigos, por los ministros, por los pecadores, por la Iglesia, para que venga tu Reino, con enorme libertad, ardientes esperanzas, orando como un hijo a su padre, como un amante a su amado. Ayúdame a nunca dejar la oración.

Es necesario enfrentar esta necesidad de orar que muchos no estamos reconociendo. A veces no sabemos por qué no crecemos en la fe si hemos leído tanto, escuchado tanto, trabajando tanto, estudiado tanto, sufrido tanto…La pieza floja a menudo es la oración. Pero no es tarde para conocer sus dulzuras o como decía una hermana muy sabia: «las delicias del Señor, las delicias del Señor».

¡Haznos hombres de oración, Señor!