“¿Y si te estás engañando? ¿Qué tal que no eres salvo?”

La literatura puritana, en una parte importante, está colmada de reglas, caminos y técnicas para analizarse uno mismo a la luz de las Escrituras. Estos hermanos estaban muy interesados en la gloria de Dios. Pocas veces en la historia la Iglesia ha visto tal derroche de talento al servicio de la santidad práctica. Los predicadores y escritores cristianos puritanos hicieron hasta lo imposible por parecerse a Cristo, por imitarle y entregar lo mejor de sí a la obra del ministerio.

En cierto sentido, fue este parámetro lo que logró el reciente interés que la Iglesia Reformada ha mostrado por el puritanismo. Nada parecía más perfecto para enfrentar el relajamiento moral de la Iglesia de la posmodernidad que las agudas cátedras de los puritanos contra el pecado y la hipocresía religiosa. Así, en poco tiempo las frases puritanas y predicaciones en este tono llenaron mucho del esfuerzo cristiano actual por regresar a las raíces de nuestra fe.

Este método o forma de proceder a resultado exitoso. Son muchos los hermanos que se han beneficiado de los puritanos para lograr al menos dos cosas: despertarse del letargo en que la apostasía moderna los tenía sumidos y tomar nuevos bríos para empujar a la Iglesia hacia la perfección. Abundan los testimonios en que un Richard Baxter, un Charles Spurgeon o un Jonathan Edwards con algún escrito acabaron por resquebrajar brutalmente las mentiras que atesoraba el creyente o lograron que el incrédulo comprendiera su miseria y buscara al Señor.

Revisarse a sí mismo es un mandato bíblico, según se lee en 2 Cor. 13.5:

Examínense ustedes mismos y vean si permanecen en la fe; pónganse a prueba ustedes mismos. ¿O acaso ustedes mismos no se conocen? ¿Acaso no saben que Jesucristo está en ustedes? ¡A menos que no hayan pasado la prueba!

Los corintios, a juicio del apóstol, debían probarse a sí mismos que eran realmente cristianos. El mismo requisito -de fijarse en la autenticidad de su fe- les fue dado en la primera carta al tratar el tema de la Cena del Señor:

Por tanto, cada uno de ustedes debe examinarse a sí mismo antes de comer el pan y beber de la copa (1 Co. 11.28).

Y a los Gálatas, enfrentando el asunto del pecado de estar fundamentando su fe en comparaciones con el prójimo, les fue dicho:

Así que, cada uno ponga prueba su propia obra, y entonces tendrá motivo de jactarse, pero sólo respecto de sí mismo y no por otro (Gál. 6.4).

Entonces, examinarse a sí mismo es perfectamente lícito y necesario para madurar en la fe cristiana. Empero, hay un sendero peligroso por el que muchos cristianos están atravesando hoy en día. Queriendo ser fieles a Dios, y alimentados por el puritanismo, han caído en una introspección enfermiza que no está santificándolos, sino aislándolos, llenándolos de dudas sobre su fe y manteniendo de continuo sus nervios al límite.

Examinarse a sí mismo, según lo estudiado, ocurre en dos términos: primero, en los cristianos respecto de su participación en los sacramentos y la piedad que deben mostrar como hijos de Dios; y segundo, respecto de aquellos que no son cristianos pero que van a las iglesias ostentándose como tales sin los frutos del Espíritu. Aquellos cristianos que se la pasan pensando en sí mismos y la calidad de su fe, agotados entre escrúpulos, jamás hallarán descanso para sus almas. Esto pasa porque no han aprendido a reconocer que el llamado bíblico a saber si la fe de uno es genuina o no debe resolverse de una vez por todas sin repeticiones ociosas cada vez que nos sintamos más pecadores.

Cuando uno analiza su vida a la luz de la Biblia, el Espíritu de Dios acompañándonos en el proceso debería confirmarnos en la fe para siempre, es decir, que el que está seguro de ser cristiano tendría que ser preservado en ese sentir hasta el día último de su vida, y en los momentos de lucha y duda echar mano de aquella seguridad que la Biblia ofrece para el cristiano. Es perjudicial para la salud, física y espiritual, el obrar de otro modo y estar cazando evidencias de que uno es cristiano, de forma aislada, sin ver el espectro total de la vida que uno ha llevado. Si cada vez que peco de tal forma que me doy cuenta de mi depravación voy a dudar de mi posición de santo ante Dios no tardaré en convertirme en un títere de mis propias obras, y en un deleite para Satanás.

Es lo que está ocurriéndole a varios hermanos sinceros: cada cuestionamiento que oyen y leen sobre el tema de la veracidad de la fe se lo aplican al momento. No hay sermón en que puedan descansar en los méritos de Cristo y soportar la idea de que a pesar de las acusaciones a los falsos desde el púlpito ellos siguen siendo hijos de Dios y lo que escuchan no debe inquietarlos más. Lo que necesitan no es replantear su fe sino su entendimiento de la gracia de Dios. Confiesan con la boca que somos salvos por la fe y no por obras, pero obran como si su salvación dependiera de su propio desempeño personal. Deberían recordar que el puritanismo también legó toneladas de material para asegurar a los creyentes de su permanente salvación en Cristo, y optar por recuperar esa herencia también.

En lo personal, fue un sermón de Spurgeon sobre la elección el que me hizo comprender que el destino de mi ser no dependía de mi sino de Jesús, del concejo trinitario y sus resoluciones desde antes de la fundación del mundo (Ef.1:4 y ss.). De manera que pude descansar en el decreto de Dios y no en lo que los hermanos, los vecinos u otras personas pensaran de mi. También enfrenté y acepté el hecho de ser contingente, de que podría trabajar muy duro por la obra y aún así seguir necesitando la misma cantidad de misericordia que el más pecador de los mortales.

Infortunadamente, hacen falta predicadores que comprendan la Biblia de una forma expositiva. De algún modo es una tentación y realización continua para el reformador en los púlpitos el estar asestando golpes a los pilares de la fe de los que escuchan. Celebran que el oyente se inunde de zozobra y corra a los altares a arrodillarse buscando una señal de confirmación -o sufra allí en su banca. No han aprendido que en la Iglesia hay hermanos que requieren ser afirmados en lo que son porque batallan con una introspección exagerada. Por eso la predicación expositiva es ya una urgencia en las congregaciones para poder enfrentar esta falta de consideración y tino hermenéutico.

En esta tesitura, quizá el yerro más notorio consista en desatender el mandato de 1 Tes. 5.14 (Cfr. 1 Cor. 8:1 y ss.) que dice: “…animen a los de poco ánimo…”. Esta categoría de creyentes es precisamente la conformada por aquellas personas que, debido a su excesiva depravación pasada, tienen una conciencia muy sensible al pecado y desean permanecer absolutamente apartados de cualquier cosa que los relacione con esa época sin Cristo, aún cuando se trate de elementos que la Biblia no condena como pecaminosos. Son estos “débiles” -y muchos de nosotros lo hemos sido- los que en lugar de constantes cuestionamientos a la autenticidad de su fe requieren confirmación y paciente discipulado buscando su madurez.

Deseo que si sufres de este mal, amable lector, puedas reconocerlo y tomar medidas pronto para que Satanás deje de robarte el gozo de la salvación.