Mi lugar preferido de Asunción este momento de ahora mismo en estos tiempos

por Esteban Aguirre Barrail — @panzolomeo


#HistoriasInapropiadasDeAsuntosPocoContados

“Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces; pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir como hermanos.” — Martin Luther King.

Desayunar en el mercadito es “como algo” que todos tenemos que hacer. Es esa cosa que te cuentan algunos amigos absolutamente resacados “Boludo, ayer terminamos de comenzar en el mercadito (pausa) estuvo lindo (sonrisa / risa / tos).” También están los que te cuentan la misma historia pero como si lo ocurrido fue épico y prácticamente desafiaron a la muerte en el proceso, normalmente son amigos que no frecuentan mucho el centro y suenan algo así “Ayer, no sabes lo que paso, terminamos comiendo en un lugar que llaman el mercado…y había travestis…Te perdiste”. Tal vez suenen un poco más masculino que eso pero entienden hacia dónde va la cosa.

En lo personal, prefiero no contar cuando (o no) voy a pegarme una vuelta de -lo que a mi parecer es otro legado gastronómico de nuestro querido punto cero asunceno — El Puretón. Plato tan simple, pitufantastico y purete como lo vaticina su denominación de origen. Una tortilla tamaño baño, picadillo de carne arriba “paqueaprendas” y un correcto huevo frito esperando en la colina de este diamante del sabor un poco de ese “¿Srta, tiene picante?” para coronar este verdadero desayuno de campeones.

La otra noche me paso algo extraño. Acababa de recibir mi suculento Puretón, con el picante en mano y la baba en la boca, de un momento a otro y como quien no quiere las cosas me encontré en una conversación de la que no pedí participar. Sólo quería disfrutar de mi desayuno/cena en la compañía de esa última Pilsen que parece caer distinta, parece saber que la próxima parada es el dulce lecho de la ZZZs. Era todo lo que quería para ser sincero pero mi compañero de mesa parecía insistente en demostrarme que él en realidad no estaba compartiendo el desayuno conmigo sino que el mercado era prácticamente su segundo hogar lo cual hacía que de cierta forma yo fuese un huésped en esta tierra sobre la cual él se proclamaba rey. Como si esto cambiaba de alguna manera el hecho (¿se acuerdan de que dije que yo no digo las veces que me voy al mercado?) de que yo era “menos habitúe” que el.

Considero que toda conversación debe ser una excelente oportunidad para aprender, para celebrar las diferencias como dice mi buen amigo Altamirano. En este caso yo estaba practicando la tolerancia y enfatizando la idea detrás de esta columna. Con cada palabra en búsqueda de diferencias de mi nuevo futuro amigo (terminamos abrazados y brindando una cervecita más, pero ese no es el punto). Me encontraba disfrutando más el espacio llamado con cariño “mercadito”, el puretón tenía aún más garra que el último que había comido. Se sentía bien, encontraba confort en haber comprobado que por encima de cualquier diferencia que pueda haber en la voz de los comensales si el plato sobre la mesa no entra en el debate del me gusta/no me gusta eventualmente todo termina en un abrazo de despedida y propuestas a destiempo de seguir la noche en alguna estación de servicio amiga.

Esa noche las reiteradas palabras “A la cabeza, el comer endereza” cobraban vigencia en la colina de esa ciudad que normalmente duerme temprano pero cuando no lo hace nos hace acordar que la esperanza es un buen desayuno, pero una mala cena.

Escrito por: Esteban (Panza) Aguirre

Lugar: Bar Las Delicias Yegros 1.030 c/ Tte. Fariña

Imagen: El Mercado No 1 por Luz Ma

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