Adiós Gringo (Tuni)
La tristeza siempre tiene una historia y esta historia es la de mi mejor amigo, uno que conocí a mis cortos 7 años.

Era un 1 o 2 de septiembre de hace muchos años, no recuerdo muy bien dado que la memoria es traicionera, más lo que sí recuerdo muy bien es que en aquel tiempo tuve una cachorrita que precisamente en esos días dio a luz a 7 (en promedio) cachorritos. Yo me encontraba en un Aventuri, el primero de mi vida y cuando regrese de aquel campamento ya habian nacido los cachorros.
Era increíble ver la maravilla de la naturaleza, tan pequeños y tan lindos fueron creciendo poco a poco y a ponerse más juguetones en mi pequeña casa.
Lamentablemente mi casa no era tan amplia como lo imagine, así que los cachorritos debían irse y nosotros debíamos quedarnos solo con uno. A mis cortos 7 años no sabía elegir y mucho menos me daban la potestad de elegir quien debía quedarse. Aunque sugiero que debía ser lo contrario.
La historia que sé fue que mi papá eligió a uno de los perritos y eligió al que tenia la nariz mas clarita que los demás, todos eran de raza Cocker Spaniel así que supongo que le gusto que fuera un “gringo” completo (con todo y nariz) el que debía quedarse.
Debíamos elegir un nombre para el y pensamos mucho en como llamarlo. Aquí en casa la invención de nombres es un talento nato así que no tardamos mucho en ponerle hasta un segundo nombre. Su nombre fue Gringo Tuni. Lo primero esta más que obvio, lo segundo fue un pequeño cariñito heredado de la mamá de mi cachorro (fuente desconocida).
Nunca me imagine que mi infancia sería tan fantástica en compañía de mi pequeño amigo.
Los días con el eran interminables o mejor dicho noches, ya que luego que llegaba del colegio el era al primero que veía cuando abría la puerta de mi escalera, se emocionaba mucho al verme y yo sentía lo mismo. Al caer la tarde y luego de las tareas que obviaba me ponía a jugar con el desde el atardecer hasta ya caída la noche. Jugábamos de arriba a abajo como se dice comúnmente. Corríamos por el estrecho pasadizo de mi casa, muchas veces jugábamos con cualquier trapo o tela que encontraba, el atrapaba la tela con sus recién salidos dientes y jugábamos a tirar de el a ver quien ganaba.
Así fue durante muchos días y muchas horas, hasta sudar de cansancio, hasta que el ya no podía más y jadeaba en exceso, hasta que se iba en busca de agua por la sed tremenda que seguramente sentía, hasta que ya no me hacia caso de lo cansado que lo dejaba. Fueron tiempos incomparables y de un hermoso tiempo de calidad.

Al pasar lo años fui enseñándole cosas que aprendí muy bien el el Club de Conquistadores de mi iglesia local, una especialidad que siempre recordaré, o quizá dos, es la de Perros y adiestramiento de perros.
Cuando dictaron esa clase obviamente lleve a mi mejor amigo, el Gringo, para ver como me iba y a raíz de todas esas actividades le enseñe a dar la pata derecha y posterior mente la pata izquierda (DABA LAS DOS PATAS PUES! EL ES), a echarse, a rodar, a quedarse quieto, a buscar ratas… (Sí, a buscar ratas… se ponía como loco al escuchar decir “rata rata rata”… y empezaba a buscar por cada rincón a la “rata”), a caminar juntos, a escalar acantilados, a camuflarse… okey … lo último son alucinaciones mías :D.
Aprendió muchas cosas y mis padres también le enseñaron muchas otras. Tal vez ha sido el perro más obediente del mundo, por que es increíble el caso que le hacia a mi mamá cuando a nosotros se nos ponía bravos, increíble también como se tranquilizaba o salía de la casa cuando mi papá llegaba de predicar en los días de semana (el gringo ya sabia que debía estar afuera).
El mayor reconocimiento que ha tenido el Gringo es ser un Aventurero o como siempre hemos dicho en casa: un AventuPerro. Le impusieron la pañoleta y estuvo en muchas actividades de los aventureros con nosotros.
Al pasar los años los juegos fueron cesando un poco, mientras yo crecía el también y los juegos eran cada vez menos pero se convertían en paseos.
Cada noche que llegaba mi mamá de trabajar le exigia que demos una vuelta a la manzana, literalmente me traía una manzana y dábamos la vuelta a ella. Luego le decía que enserio había que salir porque me aburría en casa y yo solo era un puber. Así que salíamos con el Gringo, el siempre se iba corriendo a toda velocidad, yo que creo que ansiaba salir tanto como yo. Nunca uso cadenas ni correas, eso era lo increible, ya que era muy obediente para todo, hasta para cruzar la calle el ya sabia que no debia correr cuando habia carros.
Tuvimos momentos de susto cuando se peleaba con algunos perros más grandes que el y quedaba un poco herido, muchas veces lo hizo pero nunca fue grabe. Solo en una oportunidad, en la que se enveneno por accidente… Nunca lo vimos así y nuestro error en casa fue creer que estaba mal por el frio que hacia. Casi ya al borde de lo que podia soportar lo llevamos al veterinario sin saber que tenia y cual era el peligro que corria, llegado ya a la veterinaria el doctor nos miro con una cara muy seria y nos dijo: “espermos que la medicina haga efecto” mientras veiamos a nuestro perrito jadeando muy fuerte y luchando por su vida. Las lagrimas de mi mamá eran tremendas y mi preocupación era mucho más…
Creo que sospeche que se iba a salvar pero que no iba a ser el mismo de antes… Y así fue.
A las horas mi perro se levanto un poco cansado pero con un semblante más alegre, todos respiramos paz cuando vimos que seguia vivo pero el doctor nos hizo una advertencia: “el perrito a quedado muy débil, un siguiente envenenamiento ya no lo soportaría, así que cuidenlo”.
Hicimos exactamente eso y el nos siguió dando la compañía que tanto nos hacia falta.
Su vejez fue pronta… al pasar los años pude ver como sus energías se iban agotando y su pelo se iba aclarando hasta llegar hasta algunas semanas atrás, donde sus malestares nos preocuparon mucho. Llevándolo una vez más al veterinario y haciéndole sus exámenes le dijeron casi entre dientes a mi mamá que el perrito ya estaba muy viejo y que posiblemente las heridas que tenia eran pequeñas atumuraciones que no tenían cura y podría estar generalizandole en todo el cuerpo, lo que hacia que no pueda caminar bien y que no tenga muchas energías… y que lo recomendable era que no sufra más el perrito y que lo pusiéramos a dormir.
Es duro escuchar esas palabras, pero más duro es ver que tu pequeño mejor amigo no se puede quejar de lo que sufre por dentro, no puedes saber que tan mal se siente cada vez que ves su rostro, no puedes saber mucho de el, solo cuando se echa en un costado a descansar horas tras horas a esperar el día siguiente. Verlo sufrir es duro.
No estoy a favor de esos métodos para hacer descansar a los perros, más verlos sufrir hasta la agonía no es una buena forma de tener a alguien a quien quisiste demasiado, quien fue tu mejor amigo y con quien jugaste en los momentos más triste de la vida. Una gran compañía.
Hoy sin esperarlo me enteré que ya estaba descansando y me dolió en lo más profundo de mi ser. No me pude despedir de el y aunque lo hice días atrás me pesa no haberlo visto a la cara y decirle lo mucho que lo quería y lo mucho que me hará falta toda mi vida, decirle que todos los momentos que pasamos fueron los más increíbles de mi vida y que nunca lo podré olvidar y que nunca lo dejaré de querer porque el fue mi primer gran amigo, mi primer gran cómplice en todo.
Solo sé de alguien más que lo extrañará, le decíamos su enfermera porque siempre andaba a su lado y se sentaba con el a limpiarle las legañas, dormía con el y muchas veces en sus agónicos días andaba a su lado: Mi gatita “La Nacha”… una imagen vale más que mil palabras

Adiós Mejor Amigo, nunca te voy a olvidar. Ni la familia, ni tus hermanos gatunos tampoco.