La Muerte y la Experiencia de lo Nuevo

Hace cuatro años hoy, mi padre nos contaba por teléfono que habían asesinado a mi hermano pequeño, y mientras se podía ver desde el balcón, tras los setos de mirto y laurel donde termina el jardín, a una pequeña cierva comiendo bellotas bajo una encina. Los primeros rayos de la mañana recortaban la silueta de su lomo con contornos dorados, en su quietud parecía un ídolo pagano. No recuerdo bien los primeros gestos de mi hermano o de mi madre al recibir la noticia, sólo recuerdo a la cierva, con la cabeza gacha, impertérrita. Sé que antes de entregarnos al duelo hubo una escena de mucha urgencia planificadora, a quién informar primero, cómo volver inmediatamente a Madrid, qué hacer con los niños, pero no tengo un registro visual de aquellos momentos en mi memoria, no hay detalles.

Lo siguiente que recuerdo con viveza es salir solo al jardín, quedarme de cuclillas, escondido tras un pequeño limonero, observando desde allí a esa cierva de nuevo. Ella irguió el cuello y se giró hacia mí, quizás me distinguió tras el árbol, quizás sólo percibió algo de ruido y movimiento. La cierva se quedó un largo rato mirando suspicazmente al limonero. El sol había subido algo más, ya se podían distinguir bien todos los colores del campo, los primeros brotes de hierba bajo el pasto seco que había dejado el verano. Aunque entendía que había una belleza obvia en esa estampa bucólica, me pasaba que era incapaz de ver nada en ella. Cada objeto aparecía aislado, incapaz de armonizar con los otros objetos, como partes sueltas que no componen un todo, palabras inconexas que no crean frases ni sentido en su conjunto. Cierva. Hierba. Mirto. Laurel. Encina. Sol. Mi mente era incapaz de ordenar cada objeto para construir una escena, cada cosa existía por separado. Había algo absoluto en todos ellos, una solemnidad hermética de estatua egipcia que me impedía penetrar en ese paisaje con la imaginación, la emoción o la memoria. En cierto modo era la primera vez que veía así a una cierva, a una encina o a una mata de laurel.

Al rato la cierva dejó de mirarme y se fue trotando hacia el monte. Miré entonces al limonero y encontré un brote de azahar, acerqué la nariz a la flor, cerré los ojos y la olfateé hinchando los pulmones y concentrándome exclusivamente en el aroma. Y ocurrió algo similar a la reacción que me produjo la estampa bucólica de la cierva en la mañana. El aroma era perfectamente reconocible, pero no excitaba nada en mí, no conectaba con ningún recuerdo, no me transportaba a ninguna primavera pasada, ni a la sorprendente mermelada de flores de azahar que hacía la madre de un amigo iraní, ni al frondoso patio del monasterio de Palma del Río donde vi por vez primera un limonero. En cierto modo, ese aroma había quedado aplanado y había perdido toda capacidad para abrir cualquier puerta de la memoria, era como si fuera la primera vez que lo olía.

Seguí un buen rato, de cuclillas, bajo el limonero, esperando en total desconcierto a que se me rompiera algo por dentro, a que se me resquebrajara la presa que contenía el llanto, pero no hallaba en mí ningún interruptor, ninguna mecha, ningún fusible que pudiera desencadenar las emociones que suponía que debían dominarle a uno cuando es informado que una de las personas a las que más quiere en el mundo ha muerto de un tiro en la cabeza. Constaté que el aparato emocional claramente se había bloqueado, y que sólo me quedaba la inteligencia, operando con total aislamiento de los sentidos y de los recuerdos. Me vino con total calma y lucidez la noción de que la muerte era para siempre, un encuentro con la eternidad, y que por tanto no había ninguna urgencia en ella. No era urgente llorar, ni tratar de comprender lo que había pasado, ni comunicarle a nadie nada, tendríamos el resto de la vida para ello.

Paseé bajo los limoneros, observando con cierto asombro ese divorcio absoluto entre el paisaje exterior y el paisaje interior, ambos atrapados en celdas de silencio. Deseaba poder sentir, y no pensar, y sin embargo sólo podía pensar sin sentir. Saqué el teléfono y pensé a quién de mis amigos debía llamar primero para decírselo. Me preguntaba a quién le dolería más, tanto por su amor hacia mi hermano como hacía a mí, era una lista reconfortantemente larga de amigos. Luego consideré quién expresaría con más contundencia y desnudez su dolor en el momento de la llamada, y supe que debía llamar a mi amigo Álvaro. Tenía la necesidad de narrárselo a alguien, de escucharme contando la desgracia que acababa de ocurrir y de oír el llanto de otro para poder empezar a sentirlo yo también, para romperme y salir de aquel vacío.

Llamé a mi amigo Álvaro, que previsiblemente pasó por todas las fases de quien recibe una noticia así, la incredulidad primera, el “estás de broma”, el balbuceo, el enmudecimiento y finalmente el llanto inconsolable. Escuché en su voz tonos y giros que nunca antes había observado, le oí llorar por primera vez, traté de desencadenar mi llanto con el suyo, al igual que una carcajada desencadena otras, o quizás como quien arrima un cigarrillo a otro para prenderlo. No hubo manera, el llanto de mi amigo pasó por mí como aquella cierva y como aquel perfume de azahar.


Al contrario que mis padres y mi otro hermano, yo me había negado a verlo: no quería que la última imagen de mi hermano fuera la de un cadáver. Me resistía también a ver el ataúd. Me quedé fuera del tanatorio, recibiendo a esa procesión de personas, algunas tan familiares y otras inesperadas y casi ya olvidadas, que juntas representan todas las épocas y círculos sociales de nuestras vidas, como quien observa el dibujo de círculos concéntricos que revela un árbol solo después de ser talado.

Me mantenía con un sentido del humor lúcido y bastante cerebral, explorando todas las posibilidades de comedia que ofrecía esa situación absurda. Bromeaba con mis amigos sobre cómo el joven cadáver de mi hermano, con una bala en la cabeza y recién llegado de Angola en la bodega de un avión, era sin duda el más glamouroso de cuantos congregaban al duelo en aquel despropósito arquitectónico que llaman tanatorio, un amasijo de hormigón cuya lógica me recordaba de alguna manera a la de un aeropuerto, un sitio impersonal, preparado para el tránsito de masas, en el que entran constantemente y a cualquier hora del día o de la noche gentes de todas las edades, todas las razas y todas las clases sociales, con paso urgente, con gesto confuso, sin saber muy bien a dónde se dirigen, buscando información en un vestíbulo central donde se anuncian, como las puertas de los vuelos, las salas donde están aparcados cada muerto, antes de partir para siempre, y donde todo el mundo se despide, y espera largo rato dispuesto a todo tipo de retrasos, y está incómoda, y le entran ganas de tomar un trago y desea salir rápidamente de allí.

A ratos me paseaba con amigos por las demás salas, y especulaba jocosamente sobre los otros muertos, ancianas carcomidas por un cáncer, abuelos cuyo corazón se paró en medio del sueño, cadáveres maduros que suscitan comentarios del tipo “es lo mejor que podía haberle pasado”, y creía distinguir a los hijos de los yernos, por el llanto contenido de unos y por la cara de fastidio de los otros, que habían tenido que volver a Madrid desde Murcia porque el viejo tenía que haberse muerto precisamente aquel fin de semana del puente del Pilar, en que habían planeado darse el último baño de 2012. Lo de aquella otra gente eran muertes, óbitos, decesos, el entierro, una discreta esquela, un funeral, el complicado reparto del piso de Torrevieja, la pelea por la medallita de la virgen y a ver qué demonios hacemos con el gato. La comedia se me aparecía por todas partes y según llegaban mis amigos, uno a uno, les sacaba aparte y les llevaba de paseo por aquel absurdo reino de la muerte, visitando las demás salas y fabulando frívolamente sobre los demás muertos, jugando a ser, en mi imaginación, una parodia del Virgilio cicerone, en el infierno de Dante.

La única sala donde me resistía a entrar a mirar era aquella donde estaba el ataúd de mi hermano, pues sabía muy bien que no era la muerte lo que allí me encontraría, sino algo mucho más singular y poderoso, frente a lo cual se desactivan todas las tácticas que el sentido del humor emplea para establecer la distancia que evita el golpe definitivo, el derrumbe.

Ese algo tan poderoso era el relato de esa muerte, que no admitía alteración alguna, presentaba la anatomía perfecta de la Tragedia, manifestaba con gran escándalo cada uno de los requisitos del género, como si se tratara de una lección práctica de teatro clásico: una novia con fecha de boda enfrentada al repentino e inexplicable asesinato de su novio, el bello cadáver de un joven prometedor, y sinceramente querido por la muchedumbre que congregaba. Era de suponer por tanto, que merced al ineludible influjo que las tragedias tienen sobre aquellos a los que les sobrevienen, lo que me esperaba al fondo de esa sala no era una muerte, sino el el hecho más relevante y definitorio del resto de mi vida, y de la vida de las personas de las que mi felicidad depende. No había pues prisa alguna para entrar ahí, y enfrentarme a esa realidad.

Después de que casi todo el mundo que uno espera había aparecido, y cuando ya había aliviado con varias bromas el trámite de darme el pésame por el que pasaban todos mis mejores amigos, me encaminé solo hacia el fondo de la sala, aún en ese estado puramente intelectual en el que me encontraba desde que mi padre me dijo que mi hermano pequeño había muerto. Crucé la sala principal, donde había varias conversaciones improbables entre personas que uno jamás habría imaginado juntas, recuerdo una entre una profesora de nuestro colegio con una amiga bilbaína de mis padres que no veíamos desde los años 80, pasé a otra sala más pequeña donde mi madre estaba arropada por su círculo social más reciente, aquel que había construido en los últimos cinco años, gente cuyo presente yo entendía perfectamente y cuyo pasado desconocía por completo, de la misma manera en que desconocía el presente de aquella profesora y comprendía perfectamente su pasado. Llegué al vano que había a la izquierda del muro que separaba esa sala con la sala del fondo. Lo atravesé, vi la mampara, y detrás el ataúd rodeado de coronas de flores, todo ello parecía el escaparate de una floristería improvisada y siniestra. Entendí que en esa caja de madera estaba todo lo que no quería ver, y en ese mismo momento se derrumbó todo el discurso de mi conciencia, se resquebrajó la presa, como quien dice, y no pude más que llorar desconsoladamente, con mocos, con alaridos, de rodillas en el suelo, golpeando el cristal. Por fin se me apagó la conciencia, y después no recuerdo mucho más, simplemente me vacíe, me sometí al proceso fisiológico del llanto incontrolado. Fue liberador. Lo siguiente que recuerdo es a dos amigos de mi padre arrastrándome fuera de aquella sala hasta la calle, sujetándome por los brazos, y yo con mi peso sobre ellos como una marioneta, incapaz de controlar músculo alguno. No sé qué me decían, pero era evidente que trataban de calmarme, trataban de devolverme a un estado consciente y de autocontrol, y en la medida en que recuperaba la compostura, les estaba odiando, porque sólo quería dejar de oír mis pensamientos y deshacerme en esos gritos que al fin traían silencio a mi conciencia.

Al salir del tanatorio, ya de noche, me ocurrió que todos los objetos, los sonidos y los olores volvieron a hacerse penetrables, y todo estímulo del presente estaba inextricablemente conectado a la memoria, y tenía el peso suficiente como para dejar una huella emocional. Un gin tonic era el primer gin tonic que me tomaba sin mi hermano en el mundo, y las calles de Madrid eran por primera vez las calles de Madrid en que jamás me cruzaría con él, y cada canción era la primera vez que la escuchaba sin poder compartirla con él, y esa ausencia irreparable confería a todo aquel y a todo aquello que me encontraba, una sensación de novedad, durante un tiempo todo era una primera vez, más exactamente, una primera vez sin mi hermano.

2.

Dan Gregory tenía un cuaderno donde registraba todo encuentro sexual con su novia. Cada entrada llevaba la fecha, la hora, y quizás algún apunte que le ayudara a recordar cómo había sido cada experiencia. Cuando llegó a la cifra redonda de cien polvos, Dan, que pese a brillar con luz propia era un tipo reservado y muy poco dado a lo alardes, no pudo evitar mostrar su cuaderno a un par de íntimos amigos. Bastó eso para que el cuaderno adquiriera la categoría de mito entre todos nosotros, aunque en realidad ninguno jamás lo vimos y Dan nunca se prestó a aclarar si tal cuaderno existía.

Por aquel entonces yo vivía en un pequeño internado en Inglaterra donde para ver a una niña de mi edad había que caminar casi tres horas hasta el pueblo más cercano. Las proezas de Dan Gregory quedaban totalmente fuera de mi alcance y hasta de mi imaginación, y para evitar frustraciones me esforzaba en ajustar mis ambiciones sexuales a la realidad, y limitaba mis fantasías a poder plantar un beso fugaz en los labios de la vecina de un compañero de cuarto que me había invitado a pasar un fin de semana en su pueblo, y que me aseguraba que con un poco de ginebra que robaríamos a sus padres, los labios de la vecina se pondrían a tiro.

Después de aquel año interno volví a España y nunca más supe del tal Dan, pero me quedó siempre un vivo recuerdo de ese cuaderno que jamás vi y que tan bien explica aquella época en que aún llevábamos la cuenta de nuestras grandes experiencias, de nuestras primeras veces. Esos años en los que aún sabíamos cuántas veces habíamos besado en la boca, cuántas veces nos habíamos emborrachado, cuántas veces habíamos arrancado el coche de nuestro padre en secreto, cuántos discos habíamos comprado, cuántas veces habíamos dicho te amo -si es que jamás nos habíamos atrevido a utilizar esta fórmula, frente al menos comprometido “te quiero.”

Dura poco esa época, en que coleccionamos las experiencias y podemos contarlas, y compararlas, y tocamos un pecho y no sabemos cuándo volveremos a tocar el siguiente, y pasan meses hasta que volvemos a encontrar la ocasión de arrancar el coche de un adulto y dar una vuelta a la manzana, y pasamos días y noches anticipando algo que va a ocurrir y que va tomando forma poco a poco, como el consentimiento de un primer amor a desnudarse confiadamente en la penumbra de su cuarto, durante una ausencia de sus padres, de sus hermanos…

Y después perdemos la cuenta, en algún momento todo está repetido. Incluso lo que nunca hemos visto o hecho antes, forma parte de lo ya vivido de alguna forma. Uno siente que no quedan grandes emociones, por mucho dinero que uno tenga y por muy lejos que uno viaje. La impresión de entrar por primera vez en Udaipur nos recuerda a lo que sentimos la primera vez que atravesamos como mochileros las puerta de la muralla de Fez, la sensación de recibir unos Crockett and Jones de regalo nos sabe a poco si recordamos en ese mismo momento la emoción de nuestras primeras zapatillas de marca, esas Reebok que me regaló mi abuelo con doce años, que puse en mi mesilla de noche para no dejar de mirarlas mientras me quedaba dormido y que llevé hasta que se me salían los dedos de los pies por los agujeros de la punta. Una comida en un tres estrellas Michelín no puede competir con la sorpresa que me causó el primer bocado de atún crudo con wasabi en un japonés barato y cutre de un aeropuerto americano, cuando todavía no había probado pescado crudo ni salsas picantes ni había salido del canon de la cocina española que se comía en mi casa.

Pasamos un buen rato tratando de volver a esa dimensión trascendental de la experiencia que tienen las primeras veces, y terminamos por descubrir que cuanto más lo intentamos, más superficial se vuelve todo. Ocurre con el lenguaje, más que con ninguna otra cosa, las palabras acusan el desgaste del uso muy pronto, se vacían por completo en cuanto las incorporamos a nuestro hablar de manera intencionada, aquella sensación de transgresión, madurez o de poder que nos daba la primera vez que decíamos palabras como puta, hostia, coño, desaparece pronto, las palabras se hacen ligeras, gaseosas, pierden la solidez, sus bordes cortantes, la inmensa gravedad que revestían, y dejamos de oírnos decirlas, se acaba el terror y el inmenso respeto que tenían expresiones impronunciables como perdón, o como te quiero. Todo se vuelve pronunciable, y cualquier palabra se mueve con la misma facilidad que el aire por nuestro pensamiento y por nuestra garganta.

El rango en que se mueven nuestras experiencias termina estrechándose hasta abarcar solamente el trecho que separa lo que nos agrada de lo que nos desagrada, lo que nos gusta y lo que no, y a partir de una edad bastante es conocer aquello que nos sienta bien y aquello que nos sienta mal y no deberíamos volver a probar.

Luego de repente, aprendemos que la emoción de una primera vez se puede volver a palpar por contagio. Nos enamoramos y queremos llevar a nuestro ser amado a ver cómo rompe la ola en el rompeolas del pueblo al que íbamos de niños en verano, y la espuma de esa ola nos vuelve a emocionar tanto en la medida en que emociona y sorprende a nuestro amor. Y vuelve a cobrar todo su poder aquella canción que escuchamos hasta el hastío cuando la descubre nuestra pareja, y todo aquello que estaba en el territorio de lo que nos gustaba o nos agradaba vuelve por un momento a hacerse profundamente excitante, casi podemos palpar en esas cosas la emoción de las primeras veces en la medida en que vuelven a ser primeras para alguien a quien amamos y con quien deseamos unirnos. Ocurre lo mismo con los hijos mayores, que de repente volvemos a sentir la inmensa emoción de montar en bici por el parque con ellos, de leerles por primera vez un cómic de Tintín o de llevarles a las rocas que había al final de la playa, para compartir con ellos el terror y la excitación de ver asomar un cangrejo. Con los primeros hijos el mundo cambia de escala, ya no hay que irse lejos ni gastar mucho para vivir algo memorable, en el cuarto de estar de una casa uno vibra con la primera sonrisa, el primer gateo, la primera palabra… Pero ya con los segundos hijos volvemos a los mismos lugares, igual que con los segundos amores. El truco no funciona dos veces. Se ama con la misma lealtad, pero se siente menos, no volvemos a alcanzar esa plenitud de la experiencia, somos Orfeo buscando a la difunta Eurídice: por un instante la hacemos volver de la muerte y el olvido para verla desvanecerse para siempre en el momento en que se nos vuelve a aparecer. Ahí comprendemos que no hay vuelta atrás.

Pero sin duda es la muerte, y más aún una muerte traumática e inesperada, lo único que verdaderamente modifica la experiencia de lo que hemos convertido en cotidiano por completo, lo que realmente cambia el foco y la lente con los que vemos tanto el mundo como el recuerdo. La música duele de otra manera, el vino se siente diferente, un paseo por las calles de siempre se vuelve una primera vez cuando se mezcla con la ausencia y el recuerdo. Sólo la muerte nos devuelva la posibilidad de lo nuevo, con toda su potencia.

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Extracto de Memoria de Las Primeras Veces

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