UFF, VAYA LÍO…
Como será la cosa que este fin de semana los amigos de mis amigos se van de boda y todo el mundo quiere ir pero que no se note. Que no se note qué están desesperados por ir, entiéndase. Así que, el que dispone de invitación es cómo el que tiene donetes, que le salen amigos de debajo de las piedras. La boda es de estas de postín y no es barato, que si el traje, que si las joyas, que si el regalo, total, un pico. Aún así el poder del postureo, tan de moda últimamente hace que sean capaces de juntar unos ahorros o de pedir un crédito para no perderse el sarao del otoño.

El que se mueve no sale en la foto y, para algunos, eso es ley. No sin mi selfie. Así que alguno de mis amigos busca con quien ir al bodorrio y se le acumulan las ofertas, antiguas compañeras de clase que no se habían acercado nunca, amigas de amigas de amigas que no aceptaron el año pasado la solicitud de amistad en Facebook. La niña pija que vivía en el cuarto y no saludaba cuando se cruzaban en la cola del Zara. Otra, dependienta del mismo Zara, qué le hablaba al micro del walkie cuando le pedía alguna talla. Ahora, todas se abalanzan sobre él cuando coinciden en el Chill Out de la terraza del Hotel Miramar, y le sueltan un hola, ¿cómo estás, ah vas a la boda?, ¿y con quién?, ¿no tienes pareja?, ¿solo?, ¡de ninguna manera!, ¡como puede ser!. Bla bla bla.
Mi amigo, que un día fue eso, un amigo de un amigo, ya hace tiempo que me pidió que fuéramos juntos a la boda. Total, la invitación pone Sr. de tal y acompañante, no pone qué tipo de acompañante. Yo le he dicho que sí, pero que ya qué me voy a gastar la pasta en un buen traje, a juego con unos zapatos de piel (qué me compré por capricho y no he usado más que una vez porque son monísimos pero me hacen un daño terrible, ¡antes muerta qué sencilla!), me consiga un hueco en la despedida de soltero, qué me pone muy mucho ver a un montón de tíos borrachos haciendo el idiota. A lo mejor me cae algo esa noche. De perdidos, al río.