La canción de las mareas

Jared Carballo Pérez


Siempre se ha dicho que vivimos por elección, no por azar, pero en mi opinión, es el azar quien guía nuestros pasos hacia una elección, como una verde pradera sin senderos definidos que termina en un abrupto desfiladero con dos o más vertientes.

Todo comenzó en una fría mañana del invierno de 1922. A pesar de que la primavera estaba a punto de llegar, los árboles del fuerte de Saint Jean continuaban en una grotesca y siniestra postura, debido a que los indicios de futuras hojas brillaban por su ausencia, y se retorcían amenazantes ante las murallas del fuerte. El ruido de mis botas y la pulcritud de mi uniforme no pasaron desapercibidos para una multitud de comerciantes, cargadores de mercancías y pillastres que habían acudido al muelle en busca de monedas que robar. A pesar de que aún el sol acababa de despuntar sus primeros rayos al alba, el antiguo puerto de Marsella llevaba cientos de años sin dormir, y hoy no era menos, pues tres navíos de las colonias del Magreb acababan de llegar. Mi coraza podía parecer alegre, pero me rodeaba un aura de tristeza y desolación difícil de eliminar. Mi querida Adèle acababa de morir el día anterior de tuberculosis por culpa de una insensata criada que no había avisado que traía enfermedades pulmonares de equipaje, y además, el pequeño Jean Antoine había mostrado los primeros síntomas de la misma enfermedad a la vez que lloriqueaba por la muerte de su madre.

En estas condiciones ¿quién se dedicaría a cruzar el Mediterráneo para una misión que cualquier cabo del tres al cuarto podría realizar? Yo, Etienne Lesage, capitán de la Armada francesa. Ante todo, odio la jerarquía militar. ¿Por qué ese bigote andante llamado General Eustache tenía que enmendarme órdenes internacionales como quien ordena un arresto? Todavía guardo sus ásperas palabras en mi memoria.


No me importan tus estúpidas excusas de familiares fallecidos, dirígete sin dilación hacia el puerto, coge un barco hacia Túnez, y una vez allí, dile al general residente de Francia, Lucien Saint, que recoja todas sus tropas y las lleve a sitiar el palacio del bey Muhammad V al-Nasir para destituirlo, necesitamos el Protectorado de Túnez antes de que Italia nos lo arrebate. No hay peros que valgan, son órdenes provenientes de la cúspide militar.

Las sílabas del general “Moustache” aún chirriaban en mi mente y en mi corazón mientras atravesaba la escala de madera podrida por la humedad para embarcarme en un despampanante navío, una reliquia del pasado al que le habían añadido un motor de vapor para responder a las exigencias del presente. A pesar de todo, el Étoile du matin seguía tan majestuoso como siempre.

Nada más subir a bordo, comencé a dar órdenes, como había hecho desde que nací, una tarea que tenía tan dominada que en tan solo unos minutos ya estábamos dejando atrás en la neblina del amanecer el puerto de Marsella, con la catedral de Notre-Dame de la Garde como faro credencial. No obstante, mi mente continuaba en el sopor de la muerte de mi esposa con el aliciente de la presión de la postrera posibilidad del fallecimiento de mi hijo y de tener una misión internacional en mis manos. Caminando entre tropiezos y caídas, me adentré en la bodega y me refugié en el mascarón de proa, donde había un ventanuco por el que llegaba la brisa del mar. Poco a poco fui cerrando los ojos al son del ritmo de las olas chocando contra el barco, arrullando mis oídos y mi corazón, una canción que jamás olvidaría, un sonido que permitió que me olvidara de mi sufrimiento, mi soledad, mi vida, mi existencia…


Cuando abrí los ojos un rayo de sol penetró mi pupila como un áspid, lo cual me despertó inmediatamente. Respiré profundamente, pero estaba vez no era salitre, sino polvo. Tosí repetidamente, salí de la bodega y simplemente contemplé. Habíamos llegado al puerto de Cartago — La Goulette -, y todos los marineros y soldados estaban encargándose de descargar las mercancías entre columnas fenicias y mosaicos romanos, sin ningún reparo alguno. Agucé un poco la vista hacia el oeste y observé que Lucien había asentado su campamento en las conocidas ruinas de las termas de Antonino. “Cerca del mar”-pensé-“para huir como ratas si se ven la situación poco favorable”.

Quería regresar cuanto antes, así que pedí un carro de burros a uno de los moros apostados en el muelle y partí hacia el campamento, no sin antes entregarle una falquitrera de doce dinares tras haber regateado. Por suerte, el recorrido entre olivos y columnas corintias fue corto, así que me apeé del carromato, tropecé, tragué tierra y vergüenza, e ignoré la sarta de burlas de la indisciplinada tropa del general Saint.

Su tienda estaba llena de hombres mezquinos, cuyas caras brillaban de ambición y codicia por nuevas tierras y futuro reconocimiento, y no creo que merezcan más que una mención, así que di mi mensaje al altivo Lucien, quien sonrió hipócritamente aunque deseaba con todas sus ansias ocupar el puesto de bey. Tras el desagradable episodio del campamento, llegué a la conclusión de que hay momentos en la vida que es mejor no recordar, pues emponzoñarían nuestra memoria.


Aún ofuscado por ver tanta avaricia en un ser humano, tomé el carromato hacia la capital, Túnez, a escasos kilómetros, para terminar con distintas pesquisas respecto a la carga del barco. Tras atravesar la lengua de tierra que atravesaba el chott (lago salado) construida en tiempos del Imperio Romano para conectar Cartago con las demás poblaciones, llegamos a la que durante el Protectorado francés se llamaría Puerta de Francia, y esta vez bajando del carro cuidando no tropezar, entré en la medina de Túnez, donde una espiral de sensaciones me rodeó, buscando la Oficina de la Aduana entre las laberínticas calles, hubo algo que atrajo mi atención.


Una muchacha. Una bellísima muchacha de ojos verdes cubierta con un velo negro. Me miraba fijamente. Yo la miraba. Me acerqué a ella con paso tembloroso y ella me indicó que la siguiera. Sin saber a dónde me dirigía, entramos en un gran edificio monumental.

No me importó que fuese el palacio del bey. Sólo me importaba ella, nada más ella. Aunque el sentimiento de remordimiento por la reciente muerte de mi mujer me rozaba como una navaja mi corazón, en ese momento ardía algo en mi interior, algo que nunca antes había sentido. Entramos en una habitación con dosel y muchas más decoraciones en las que no me fijé. Sólo veía dos ojos verdes en todo el cuarto. De repente, me besó, apasionadamente. El mundo se paró. Rápidamente me invadió una fuerza animal y me arranqué la chaqueta y las demás prendas. Sin que nadie quisiera o por azar del destino, yacimos juntos, hasta que de repente una puerta se abrió y el habitáculo se llenó de soldados tunecinos. Sin embargo, no me importaba.


A empujones me llevaron hasta los jardines del palacio, me vendaron los ojos y oí el sonido de cómo cargaban las rudimentarias escopetas. Esperando encontrarme con mi mujer, sin aviso previo, me vi envuelto en muchos más sonidos: disparos, golpes… Me quité la venda y vi como las tropas de Lucien habían llegado no para salvarme, sino para derrocar al bey.

Cuando miré al balcón y vi al mismísimo soberano acompañado de sus mujeres, observé que una de ellas era la muchacha de los ojos verdes y la piel de aceituna. Entonces fue cuando supe que lo que había ocurrido entre nosotros era un acto de fogosidad previendo su próxima muerte. Por un lado, me invadió la rabia de saber que mi menester en su vida fue el de una simple herramienta, por otro la tristeza de saber que me había enamorado de una mujer cuyo futuro no tenía expectativas de vida. De repente, una cuchillada de dolor llegó a mi cerebro como un témpano de hielo. Una bala perdida me había alcanzado y había penetrado en mi hígado. Sangraba mucho y el dolor era inaguantable. Me desmayé.

Cuando desperté, lo vi todo oscuro, miré al cielo, y supe que era de noche. Un manto estelar cubría mis ojos, mientras me mecía al son de la canción de las mareas en el Étoile du matin, el navío que como sustituto de la barca de Aqueronte se dirigía hacia el ya visible puerto marsellés. El mar me trajo un mensaje. Jean Antoine, mi hijo, esperaba sano y salvo a mi llegada. Se había recuperado.

Con el alivio de la misiva que arrullaba mis oídos con el batir de las olas, cerré los ojos. Para siempre.