La balada de la luna roja y el conejo negro

Cuento

La luna que cada noche brillaba con su plateado resplandor había enamorado a un conejo negro que vivía en la pradera, cada noche el conejo se paraba en dos patas en el punto más alto del lugar solo para admirar toda la noche el resplandor de su amada, de su amor imposible, de su platónica obsesión. Al saberse observada cada noche, la luna se sentía soñada, un admirador entre tantos que ignoraban su presencia, al fin alguien miraba al cielo para verla, no había palabras solo miradas.

Cada cambio de estación la luna se escondía poco a poco del conejo, para que este la extrañara, el animal desesperado no sabía qué hacer cada luna nueva que no veía a su querida brillar en el firmamento, pero sabía que iba a volver para llenar su cabeza de fantasías mudas, de luces y mordiscos de amor que nunca sucederían. El viento soplaba fuerte y el animal no se movía de su lugar, ese montículo de tierra era el altar para su amor, sin palabras se quedaba admirándola fijamente aun en la peor tormenta el no bajaba la mirada, no dormía porque estaba enamorado de aquella figura que bailaba en el cielo cada noche, de aquel espejo que hacia latir su corazón.

La luna nunca lo miraba a los ojos, ya sea por la niebla o la luz de las estrellas, ella solo se sabía preciosa, orgullosa y algo presumida por el sentimiento del enamorado conejo. Un día sin embargo decidió corresponderle mirándolo a los ojos, para que el conejo negro creyera que ella también lo amaba, tal vez en el fondo eso quería la luna, saber amar por que la soledad del firmamento es terrible para los astros, tantas estrellas, soles y planetas en el negro espacio, tantos y tan solitarios por estar separados por espacios invisibles que no pueden romper.

Ella lo miró fijamente, primero recorriéndolo con la vista hasta llegar a sus ojos, sus ojos color miel, sus ojos que deseaban un romance entre ellos dos, algo imposible, algo catastrófico porque era como si una diosa se enamorara de un mortal.

La luna lo miró y vio en sus ojos algo que no había notado, él no la veía a ella, el observaba al conejo blanco estampado en su cuerpo, él nunca se enamoró de la luna si no del conejo que vivía en ella. La luna parpadeó para ver si esto era cierto, se acercó para confirmar su desdicha, haciendo rugir las mareas, vio que el conejo negro no la observaba a ella, vio como el trató de acercarse estirar su pata lo más posible no para tocarla a ella, si no al conejo blanco que habita en su piel, al espejismo, al fantasma que inconscientemente la luna cargaba desde su nacimiento.

Los celos la destrozaban, todo ese posible amor hacia algo tan pequeño se iba esfumando, solo quedaba rabia hacia ese pequeño ser que sin palabras hizo que se ilusionara, la luna se odió a si misma por tener a este conejo fantasma que le había quitado el amor platónico que nunca fue suyo, en un arrebato de desprecio se tiñó de rojo , haciendo creer que algo había matado al conejo blanco, así se quedó por noches enteras solamente para ver llorar al conejo negro que se sentía perdido sin su otra mitad plateada, sin su precioso conejo blanco que dormía en la luna, sin su fantasma celeste.

Desolado sin esperanzas decidió que no había por que vivir lanzándose al vacío, haciéndose pedazos en segundos, manchando de sangre el verde de la pradera.

La luna sufre cada noche, recordando a su amado que sin decir una palabra le arrancó el corazón y el orgullo al enamorarse del fantasma que habita en su cuerpo, de una ilusión. La luna aun llora cada noche, arrepentida de lo que hizo, cada lágrima es una estrella fugaz que se estrella en la tierra rompiéndose en pedazos, como el conejo negro que se enamoró de su propio reflejo blanquecino.

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