El calzado se mueve como pez en el agua dentro de la economía sumergida

Trabajadores y aparadoras sacrifican su pensión futura a cambio de un paro clandestino y 200 euros en negro a la semana

Aparadora cosiendo pieles en su casa para la fabricación de calzado / J.García

*Los nombres de los protagonistas que han decidido compartir su testimonio han sido cambiados para preservar su intimidad.

El reloj marca las 9:00. Pedro llega como cualquier otro día a su fábrica para recoger la faena y distribuirla clandestinamente por las casas particulares de las aparadoras en el Valle de Elda y Petrer. Pero algo va mal, una mujer uniformada entra en la fábrica. El traje negro que viste denota en ella un aire característico. El miedo se palpa en el ambiente, y en cuestión de segundos el pánico se apodera de toda la fábrica. Los empleados escapan por donde pueden. Las ventanas son el objetivo más fiable para salir al exterior y librarse de la sanción económica de la inspectora laboral.

Emilia Belmonte: “Trabajamos en condiciones pésimas y con productos tóxicos perjudiciales para la salud”

Muchos trabajadores y aparadoras pasan al menos 10 horas al día trabajando en condiciones pésimas y sin estar dados de alta. Sin un seguro médico que les pueda abalar en caso de accidente y sacrificando una pensión futura, son muchos los que afrontan su día a día a cambio de 200 euros semanales y el cobro, también en ocasiones, de un paro clandestino.

Emilia es aparadora, lleva dedicándose a este oficio desde los 14 años. Lo suyo ha sido siempre el montaje de piezas y el cosido de zapatos. Se levanta a las 7:00 porque a las 8:00 viene el hombre con la faena, le toca a la puerta y ella baja al portal a recogerla. Desde esa hora hasta la 13:30, no para de repetir el mismo proceso una y otra vez. “El salón huele mucho a cola mamá” dicen sus 2 hijos cuando llegan a casa del colegio. La aparadora ha expresado su enfado diciendo que le toca estar en constante contacto con productos tóxicos perjudiciales para su salud y la de su familia. Emilia hace un parón para hacer la comida y vuelve a ponerse hasta las 21:00 sin parar. “Hay días en los que hay tanta faena que me toca quedarme hasta las 2 o las 3 de la madrugada aparando”, afirma la trabajadora.

Cola y máquina de coser para la fabricación de calzado en una casa particular / J.García

Alberto Giménez es encargado de la compra y la venta de una de las fábricas más prestigiosas de Elda. “¿Quién es el culpable de la economía sumergida? ¿El empresario o el trabajador?” Alberto cuenta su opinión tras sus muchos años de experiencia:

— A mi parecer, ambos son culpables. Tanto empresario como trabajador resultan beneficiados al realizar esta práctica. Si una empresa debe pagar por cada trabajador que tiene dado de alta ‘X’ dinero y ese trabajador no exige estar dado de alta, “mejor” para la empresa, pues consigue a alguien que le hace la mano de obra y encima a un precio más barato. En lo que respecta al trabajador, desde mi punto de vista es el que más sale ganando en todo esto. Es la pescadilla que se muerde la cola, pues es el trabajador el que acepta un trabajo sin contrato y sin dar de alta mientras cobra el desempleo. Es decir, además de no pagar impuestos cobra el doble.

“Tanto empresarios como trabajadores son culpables de realizar esta práctica clandestina”, ha remarcado Alberto Giménez

“Los recogemos en coche y los llevamos a la fábrica nosotros mismos”, afirma uno de los encargados de una fábrica eldense. De esta manera no se levantan sospechas con la acumulación excesiva de vehículos alrededor de la nave. “También solemos trabajar por la noche para no llamar demasiado la atención”. Por sorprendente que parezca, esta práctica se lleva a cabo desde hace ya muchos años, pero nadie dice nada. Las inspecciones laborales se realizan muy de vez en cuando, y como afirma Alberto Giménez, a quien perjudica todo esto es al trabajador que sí está dado de alta y que sí paga impuestos.

Emilia nos cuenta que muchos de los zapatos que ve en las tiendas no valen ni la mitad del precio al que los venden. Ella dice que con los 35 años que lleva dedicándose a este oficio, no entiende de nada, pero sí de la calidad de unos zapatos. “El precio al que los zapatos salen a la venta es muy superior al que a mí me pagan por su elaboración”, afirma la trabajadora. “Lo peor de todo es que este oficio está muy infravalorado, nadie se da cuenta del esfuerzo que conlleva y las pésimas condiciones en las que se trabaja”. Aun así, Emilia dice que no puede quejarse, que a pesar de todo le encanta su trabajo, pues lo ve como un oficio artesanal y de mucha delicadeza.

Kike Pina: “No podemos permitir que esta lacra ensucie el gran prestigio que siempre ha tenido este oficio en la zona”

Kike, miembro de una asociación industrial del calzado cercana a la zona también ha querido dar su opinión. Le he preguntado qué medidas podrían llevarse a cabo para que esta práctica clandestina deje de producirse. Él me ha contestado diciendo que tristemente hay dos soluciones, ambas dadas por los dos causantes. O que bien los trabajadores uno tras otro se pongan firmes y exijan que les den de alta hasta conseguir que la empresa tome una determinación y hable con sindicatos, patronal y Gobierno. O bien que el Gobierno facilite a las empresas la contratación de personal reduciendo el gasto que ésta debe pagar por cada trabajador.

Fábrica de calzado eldense / J.García

“Tampoco pensemos que todas las fábricas realizan esta práctica”, afirma Kike. Además, ha querido añadir que ellos representan los intereses generales del sector del calzado, y que por tanto, tampoco pueden permitir que esta lacra ensucie el gran prestigio que siempre ha tenido este oficio en la zona.