La democracia mayoritarista de Marco Enríquez-Ominami

La democracia es fundamentalmente un asunto de consensos. Así lo formula una larga tradición que se remonta desde los griegos y que como expositores contemporáneos encontramos autores como Arendt, Mouffe, Habermas y Touraine (que precisamente no son de derecha).


Marco Enríquez-Ominami escribió una columna pretendiendo relacionar el supuesto «malestar» que ha aflorado en la ciudadanía con la institucionalidad vigente. Para esto, se ampara en los resultados del último Informe de Desarrollo Humano del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo. En su columna manifiesta que «hay que concretar» los cambios, que, según él, son los «sueños» de la sociedad. Así, sería «tiempo de cambiar Chile», todo esto mediante una asamblea constituyente.

Supuestamente, la polarización que vive el país sería un signo de que esto es algo inevitable («el cambio es inevitable» rezan los afiches que su fanaticada ha estampado por algunos barrios del país) y que el futuro institucional del país debe pasar por un arreglo como el mencionado. Para establecer su argumento, el ex candidato se ampara en una perspectiva de mayorías. Los números que señala apelan a que la mayoría estaría a favor de este sistema para cambiar la constitución. Pero con esta forma de ver las cosas, el resultado se vuelve menos democrático de lo que parece.

Enríquez-Ominami lamentablemente hace eco de un modelo democrático basado en simples mayorías que acaba implicando el atropello a las minorías porque pretende sobrepasar una institucionalidad que — aun cuando precisa de muchas mejoras (¡qué duda cabe!) — nos ha permitido convivir juntos siendo diferentes precisamente porque cree en la limitación del poder del Estado. El ex candidato es la vanguardia de toda una generación de políticos que creen que una mayoría — aunque sea contextual — es suficiente para volver democrática cualquier decisión.

La democracia es fundamentalmente un asunto de consensos. Así lo formula una larga tradición que se remonta desde los griegos y que como expositores contemporáneos encontramos autores como Arendt, Mouffe, Habermas y Touraine (que precisamente no son de derecha). En términos técnicos, hay diversos modelos de democracia, pero si queremos señalar dos en disputa encontraremos la democracia mayoritarista y la democracia de consensos. La primera es la democracia basal, la del 50 % + 1, la de que «la mayoría manda», la de la potencial dictadura de la mayoría y la de los proyectos políticos excluyentes (la tríada de gobernantes Alessandri-Frei-Allende). La segunda nos ha llevado a una convivencia pacífica porque nos ha permitido crear un marco referencial que la favorece.

Más allá de una crítica al procedimiento de una asamblea constituyente, el problema es que a Enríquez-Ominami se le olvida que la democracia es más que una mayoría simplemente. La democracia implica una serie de dimensiones que actúan en paralelo y que abarcan aspectos muchas veces difíciles de describir mediante un número. De ahí que es francamente irresponsable decir que «7 de cada 10 sienten que hay que cambiar totalmente la Constitución, y sienten también que el mejor mecanismo en democracia es el de la Asamblea [constituyente]». No basta esa mayoría. Para que la decisión sea legitimada es necesario asegurar, al menos, (1) que la minoría no quede excluida y (2) que se asegure el respeto a la individualidad de las personas. La democracia mayoritarista es precisamente lo contrario a estos dos principios: anula a la minoría por atropello e involucra a todo individuo en la masa vuelta mayoría.

Enríquez-Ominami haría bien en detenerse a pensar en que lo que está propiciando es un atropello al respeto a la pluralidad. Reflexiones como la que hace solo refuerzan la tesis que esa misma polarización de la que habla nos está entrampando en una lógica de mayorías y minorías que decanta en una división de amigos y enemigos que siempre lleva a aquello que más tememos: el fin de la convivencia.