Dios y el Diablo

Cuentan que hace mucho tiempo, Dios y el Diablo concordaron que el tiempo de los humanos había terminado. Se habían reunido en el limbo y no en el Paraíso, a petición de Dios. No por los típicos talantes del supuesto exilio, sino porque odiaba las pezuñas del Demonio azulfurando y dejando marcas negras en el divino mármol del piso en su Palacio Celestial. No había entre ellos algún otro resentimiento u obstáculo más que ese; hace mucho el exilio había sido levantado debido a un momento de debilidad del Señor, encontrando aburrida su Magna Presencia entre la compañía de arcángeles y buenas almas, falto de alguien interesante con quien relacionarse. Dí fue como dejó que el ángel caído volviera a su hogar. De vez en cuando las almas que descansaban en paz se estremecían (o como se llamara ese pequeño desconcierto que sentían, ya que es bien sabido que en el Paraíso se es vetada la función de sufrir) al verlos pasar tardes juntos como buenos compinches, jugando ajedrez o parchís; incluso Dios alguna vez ideó una serie de debates para llevar a la Corte Celestial y jugar como el abogado del Diablo. En fin, a esto no viene la historia.

Durante ese tiempo compartido, Él y Lucifer pensaron que el tiempo de los humanos había terminado, y, asentados desde lo más alto de una torre en el puente del limbo, decidieron llevar el Apocalipsis a ellos. Poco se sabe del porqué, algunos dicen que fue idea del Padre Celestial (ya que no tenía el corazón, pero sí la hipocresía para pedir ayuda al más temible de sus guerreros) y otros dicen que todo fue influencia del Malo, tan escurridizo y astuto como es. Hay bastantes, sin embargo, que piensan que el llamado Fin del Mundo fue un acto irremediable al amistarse Dios y Satán. Era como si una mano misteriosa lograra deshacer el nudo principal de la maraña de cuerdas que era nuestro mundo; y esto dejara los otros cabos flojos y a la deriva.

Actuaron sin más. Dios, mirando todo desde aquella torre, empezó por liberar las tormentas, los estruendos, el fuego eterno sobre las cabezas de sus criaturas, mientras el otro decidió irse por un camino más tenebroso y soltar el dragón de tres cabezas, las almas en pena y las enfermedades negras. Vieron los meses pasar en la Tierra, las semanas, los últimos días donde los últimos humanos luchaban contra su propio aliento, contra la oleada de desgracia deífica que los arrollaba sin piedad. Y así, todos los hijos del Padre murieron. Siguiendo la costumbre clásica, las almas salían del cuerpo y eran transportadas hacia el Cielo; con la variación de que no llegaban a las Puertas del Paraíso sino a la Torre del Limbo, y no era Dios y sus ángeles quienes juzgaban su destino final, sino Él y el Diablo. Uno a uno fueron entrevistados, cada niño, cada anciano, cada hombre y mujer, observados desde lo más arriba del fortín. Dios encontró aquel Juicio Final bastante llevadero y mil veces más eficiente gracias al consejo brindado por Satanás; ya que gracias a sus discusiones siempre terminaban por hacer definitiva la estancia de un alma en el cielo o en el infierno, sin lugar a dudas, y por ende, el purgatorio quedó vacío a pesar de los millones de espíritus ahí presentes.

Sin embargo, todo esto cambió cuando el Último Hombre en la faz de la Tierra murió y alzó hacia el terreno espiritual. Los dos jueces estaban esperándolo ya, serios y majestuosos desde su asiento en la Torre del Limbo. Ambos sublimes, puesto que lo último de la humanidad se encontraba ante ellos. Sin más, empezaron a juzgarle. Pero es aquí cuando empiezan los primeros problemas. El Último Hombre de la Tierra era un ser espectacularmente neutro en todo sentido. Nunca había alzado la mano contra alguien; pero no había protegido a alguien de un golpe siendo capaz de hacerlo. No había difamado o envidiado; pero no se le recordaba ninguna palabra amable. Y así seguía la lista, su vida un remanso de mediocridad. Satanás y Dios se miraban entre sí confundidos. ¿Acaso el Demonio no había ejercido bien su trabajo y no lo había tentado lo suficiente? ¿Sería que Dios realmente había visto hacia el otro lado y había fallado en inducirle el bien? Los dos se rascaban la cabeza y soltaban suspiros, aceptando el hecho de que, por mera casualidad, el Último Hombre sería también el Único Hombre en el Limbo.

Pero mientras ellos discutían y resoplaban, el Último empezó a cambiar. Su rostro se alargaba y enflaquecía mientras su piel se tornaba cetrina. Los harapos negros que cubrían sus huesos apenas tapados por la fina piel se unían, lentamente, hasta formar una capucha. Cuando el Diablo se volteó a dar el veredicto final, fue paralizado por la horrenda visión. Delante de él estaba La Muerte levitando, no el Último Hombre que minutos antes se encontraba postrado en el suelo. La Muerte, volando, entró por la gran ventana de la Torre, les dijo: “Heme aquí, no el Último Hombre pero sí lo Último de la Humanidad. Soy la Muerte; y si los humanos deben perecer, ustedes también lo harán, ya que ustedes nacieron creados por ellos.” Los otros dos trastabillaron y dejar su asiento, enfurecidos y atemorizados al ver a aquella extraña figura. Los ojos le refulgían en negrura, los dientes eran afilados y el rostro de una inexplicable belleza. Era algo nunca antes visto por ellos.

Dios, considerado Todopoderoso, hizo más de un intento por aplacar y destruir al insolente cadáver que se rehusaba a morir. Porque desde la perspectiva de Él, era La Muerte la que debía de irse con la Humanidad, era Ella la que era dispensable en el Cielo, y era está la que era dependiente del alma ya extinta. ¡Mientras que Él era Dios el Eterno, el Dador de Vida! Pero el Diablo se acorbardó en una esquina; pues reconocía en la Muerte una fuerza primitiva, desconocida para él. Sorpresivamente, reconoció la arrogancia dentro de sí y de Dios, pensar que el mundo giró alguna vez alrededor de ellos. Pero ni siquiera así, escondido entre tinieblas y aterrorizado, se salvó de la mítica guadaña de La Parca. Con tajos limpios, entre gritos de ultratumba, murieron Dios y el Diablo; murieron como cualquier otro humano ante una mirada indiferente y fulgurosa.

La Muerte se encuentra sentada ahora en La Torre. Detrás de ella se escuchan derrumbes y gritos; no se entiende si de alegría o desespero, del Cielo o Infierno. La Muerte no se inmuta. Se sienta en el antiguo asiento de alguna de las deidades muertas y mira el páramo que se extiende bajo ella. Se muestra tranquila, increíblemente serena ante todo el cataclismo que provocó. No se inquieta; pues sabe que espera a alguien y ahí su tiempo también se acabará.