09.08.2012

— ¿Qué más necesitas? ¿Un pasacalle pidiendo perdón?

Ella pensó en contestarle “no, mi cielo, es un horror un pasacalle” pero se quedó callada. Siempre tuvo esperanzas de que eso pasara, de que él viniese y le dijera que se había equivocado, que era un estúpido por dejarla ir y un par de otras cosas noveleras. Y ahora estaba pasando, y era un espanto.

— ¿No me pensas contestar? — le gritó, con los ojos haciendo fuerza para salirse de las órbitas.

“Bueno, al menos me esta mostrando un poquito de emoción. Toda esa emoción que no me mostró nunca” pensó ella mientras seguía mirándole la cara como si no la conociera. Y en parte no la conocía. Tenía una expresión rara que jamás le había visto, no era propia de él. Era una mezcla de odio con esperanza, y un poquito de amor. Lo del amor no era seguro, pero ella se permitió imaginarlo. Parecía desesperado, parecía honesto. Ella abrió un poco la boca para contestar pero las palabras no salieron. ¿Qué le iba a decir? ¿Que todavía lo quería? No, eso ya lo sabía. Pensó en lo terapéutico que sería pegarle pero descartó la opción porque la vida real no es Grey’s Anatomy y además él no había dicho nada para merecerlo, por lo menos no ese día. Pensó en darle un abrazo pero por algún motivo no se sentía correcto. Y eso que ella amaba abrazarlo. Amaba más sus abrazos que a él. No, un abrazo ahora se sentiría duro, como de cartón, forzado, y definitivamente insuficiente. Le quería decir que lo entendía, que seguía sintiendo lo mismo, que se podían ir a comprar una casa para vivir juntos. Más que nada en el mundo quería contestarle eso, pero hubiese sido mentira. Ella había visto lo que era vivir sin él, y no le molestaba tanto. Nunca había pensado que él podía parecerle prescindible, más importante que algunos pero casi tan reemplazable como todos. La reciprocidad que ella tanto había añorado nunca iba a terminar de darse, porque ahora era ella la que no quería elegirlo. Ahora sabía que había algo más, y quería encontrarlo.

“Ya no necesito más nada de vos, te necesité de muchas formas durante mucho tiempo pero ya no” hubiese sido lo más sincero para decir, pero tampoco le hacía justicia a lo que ella sentía por él. O lo que no sentía. Lo que, aún obligándose a sí misma, no podía sentir. Pasó otro segundo más y él empezó a mover los dedos rápido, como si estuviera tocando una melodía muy rápida en el piano. Ella le agarró la mano, en parte para sentirse más cerca, y en parte porque tanto golpecito la estaba volviendo loca. Lo miró y le dio un beso. Fue largo, porque iba a ser el último. Él se dio cuenta y le corrió el flequillo atrás de la oreja.

— Sos tan linda, y yo soy tan pelotudo.

— No digas eso, nunca te pasó lo mismo que a mí. Por lo menos no cuando a mí me pasaba. Esto es cualquier cosa, ¿lo sabías no? Lo sabías antes de querer hablar conmigo.

— Si, pero esperaba que vos me convencieras de lo contrario. — Ella negó con la cabeza y se le cayó una lágrima. Fue en ese momento que se dio cuenta que siempre iba a estar enamorada de quien él había sido, incluso estando enamorada de alguien más, pero él ya no era el mismo y ella también había mutado. El amor que ella sentía ya no tenía un objeto existente en quién proyectarlo.

— ¿Entonces vamos a terminar esto así? ¿Como dos idiotas que no dicen nada?

Ella le dio la mano y lo invitó a dormir la siesta. Dormir juntos era lo que mejor les salía. Él le dio un beso en la nuca, pero no pudo quedarse dormido. La abrazó tres horas seguidas hasta que ella se despertó. Se saludaron con un abrazo. Ahora sí, ahora correspondía. Ella se fue sintiendo una fuerza que la empujaba, un peso menos, unas ganas terribles de empezar a vivir lo que fuese que la esperaba después de esa tarde. Él se quedo sintiéndose vació, triste, perdido. Volvió a la cama y se acostó de costado, sin tocar el lugar donde ella había dormido. Pensó que, si lo dejaba intacto, capaz ella volvía. Tres horas después, la almohada seguía teniendo su perfume, y él seguía pensando en ella.