La vista desde el galpón

Le tengo miedo a las vacas y a las piletas muy llenas y al período de tiempo que se extiende entre las doce de la noche y las dos de la mañana de un sábado en el que no salí de mi casa. Y estoy impaciente, ansiosa, esperando que ese momento pase y todo este montón de nada deje de retumbar con tanta fuerza. La insatisfacción molesta como el ruido que hace una heladera que esta enfriando demasiadas cervezas. Está siempre en el fondo, sólo frena por algunos segundos y vuelve a retumbar cuando vos crees que el suplicio ya estaba terminado. Mi hermano dice que el sonido no se propaga en el vacío, pero todavía no pudo explicarme por qué me siento tan aturdida en este galpón desierto.

Es muy difícil escuchar a los otros cuando adentro tuyo sólo hay ruido, quizás por eso elijo el aislamiento. O quizás es porque darme cuenta que la compañía de algunos no alcanza para hacerme sentir mejor no hace más que acrecentar la sensación de vacío. Es muy difícil, ¿sabías? Es muy difícil haberse encontrado tan dichosa y ya no poder sentirlo. Es muy difícil mirar las mismas cosas que veías en el pasado y darte cuenta que ya no te maravillan. Es muy difícil haber vivido tan llena de energía y hoy sentirte rodeada de nada.

Quiero el todo y me dicen que soy insaciable, que tengo que intentar distraerme cuando empiezo a extrañar a la persona que fui. Y pienso en conformarme y agarrar lo que está cerca de mí. Una cerveza Quilmes, una charla sin sentido, un beso robótico, un plato de arroz. Ya hice todo eso, ya me llené las manos de plástico gris y sentí un dolor más fuerte que el de la lisa y llana ausencia de sentido. Esperar la maravilla es una práctica solitaria, pero es mejor que llenarme de cosas insuficientes. Por eso no salgo los sábados a la noche. Y miro el reloj. Y ruego dormirme antes de que se hagan las doce de la noche.

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