On birradrinking and mambotelling

Me gusta la cerveza pero no le digo birra. Tengo mis demonios, si querés les decimos mambos. ¿Tenés una lata? Sentate, te los cuento. Tranquilo, no te voy a contar de mis lazos familiares endebles ni de cómo no quiero morirme pero no puedo esperar a dejar de existir. Nadie quiere escuchar los mambos en serio, ¿no? Da mucha paja conocer problemas que no podés resolver. No, nada de bipolaridades o un padre ausente que te arruinó. Nada de sentimientos espontáneos que te destrozan un día o tu relación de amor-odio con la interacción social. Por favor, no. Contame uno de esos mambos que a mi me gusta escuchar. Contame como te peleaste con tu amigo así te digo lo que ya te dijeron millones de personas más para sentirme de pronto emocionalmente atada a tu persona. Contame algo que no me comprometa, que no me preocupe, que no me haga parte del problema. Es eso lo que ustedes quieren, ¿no? Sentate, la lata se está calentando. No, no te preocupes, no te voy a pedir que resuelvas mis dilemas existenciales.

Es raro porque ahora a todos les excita hablar de tus mambos pero todos te piden que no mambees. Porque el morbo de saber por qué no está entera una persona dura hasta que las grietas te empiezan a romper las pelotas, ¿no? “No mambees” me dice la gente, como si eso fuese posible. Como si existiese un botón atrás de mi oreja que me permitiese de repente clausurar el gran casamiento gitano de quilombos que habita adentro mío todo el tiempo. No puedo dejar de mambear, no existe esa opción. Disculpame, no te quiero tratar mal ni que pienses que hablo desde la resignación. Yo deseo en algunos momentos relajarme pero dudo poder hacerlo. El tema es que uno de mis calvarios es que no puedo dejar de cuestionarme. Cuestionarme todo. Cuestionarme a mí, cuestionarte a vos, cuestionar por qué compraste Quilmes si a nadie le gusta, por el amor de Dios. Cuestiono las cosas hasta que las arruino, hasta que dejan de ser lo que eran para convertirse en una planilla de Excel que todo lo que explica y todo lo muestra. Disculpame, así soy. Por eso te digo que dudo poder dejarme en paz alguna vez. Sí, dejarme, a mí misma, porque aprendí a cerrarme hace algún tiempo para no romper la paz de los demás. Mi paz jamás estará sana, y tampoco me parece mal. Porque me fascina buscar el saber y me fascina no creer. No creer en las cosas como te las venden, no creer que todo es tan básico y fácil. No creer en mis propias intenciones, no creer nunca en el cotillón.

Perdoname, me volví a perder, ahora voy a lo que te iba a contar. No, no tengo fuego, no fumo, me ahogo cuando lo hago. No, faso tampoco. A veces, ocasionalmente. No, no tengo un transa de confianza. ¿Querés que te cuente o no? No me gusta que me interrumpan una vez que empecé a hablar. Sí, si tenés Heineken mejor. Buenísimo. Ahí voy.

Te decía que todo me lo cuestiono. Me molestan las arbitrariedades, eso es lo que pasa. Me molesta la misma arbitrariedad que me fascinó el día que descubrí como funciona el lenguaje. Ah, sí, hace tiempo estudié lingüística del discurso. ¿Alguna vez leíste a Saussure? Bueno, no importa, ahora te explico lo que quiero decir. El lenguaje funciona de forma injustificada. No hay un motivo claro por el cual el concepto mesa se representa con la palabra mesa. No hay una razón lógica por la cual las letras m-e-s-a se relacionan directamente con ese mueble de cuatro patas donde a veces apoyamos apuntes, a veces comemos y a veces usamos para coger con nuestros jefes. Algunos dichosos en las películas, no yo, mis jefas son todas mujeres en pareja, dejá de mirarme así. La relación concepto-palabra se da porque sí, porque alguien alguna vez lo dijo y nadie nunca lo cuestionó. Me gusta pensar en la arbitrariedad cuando me pregunto cómo sería el mundo si hubiésemos usado la palabra asesinato para describir el cielo azul o la palabra cielo para nombrar un salamín. No, eso no lo cuestiono, tampoco soy una tarada, no puedo preguntarme el porqué todas las palabras. Odio pensar en la arbitrariedad cuando miro a la gente que tengo cerca y pienso que quizás no hay nada que los una a mí. Odio pensar que quizás mis relaciones siguen vivas porque ninguna de las dos partes la puso en tela de juicio alguna vez. Aprendí hace rato que ni siquiera los lazos familiares son motivo suficiente para que una persona ame a otra, incluso los que están biológicamente diseñados para quererte a veces te rechazan. O quizás la biología no diseña nada. ¿quién sabe? Yo no se, y me molesta. Me molesta no saber, me molesta la arbitrariedad, me molesta tan poco diseño. Perdón, me fui por las ramas otra vez, quedamos en que de mi familia no hablaba.

Hay opuestos binarios como la felicidad y la tristeza o el blanco y el negro. Creo que el opuesto binario de la arbitrariedad es el significado. No, para, ya se que parece que estoy diciendo una idiotez obvia, pero escuchame un segundo. Pensalo así: si las relaciones son arbitrarias es porque no significan nada. Si querés uso otras palabras. Si te da lo mismo estar sentado al lado mío ahora es porque no hay una razón que justifique esta unión. Si yo me voy y viene otra persona y en vos eso no modificó nada, es porque nosotros, nuestra relación, se da porque sí. Porque nos da lo mismo, porque vos estabas aburrido y querías que alguien te hable para distraerte así no pensas en que tu jefe es un hijo de puta y yo tenía muchas ganas de tomar cerveza. Y suena raro decir eso, ¿no? Después de todo, nos llevamos bien, y eso claramente significa que somos especiales para el otro. A ver, nos reímos de los mismos chistes y los dos amamos a Tarantino, claramente nos une algo. ¿No? No. Claro que no. Hablamos de lo mismo que habla todo el mundo, repetimos guiones que ya usamos con otras personas. Estamos bailando la coreografía de moda. Fijate, estamos en una vereda tomando birra y yo te estoy contando mis mambos. Somos de manual. No somos especiales. O sea, vos sí sos especial y yo también lo soy en mi individualidad, pero que estemos acá hablando no es una cuestión de elección y voluntad. Se dio, pasó, pintó, ninguno de los dos se lo cuestionó.

Bueno, me perdí, ¿qué te estaba diciendo? Ah, sí, los significados. A mí no me interesa, te lo digo con el mayor amor del mundo y espero que no te ofendas, darle algún peso a esta unión. No, te dije que no tengo fuego. Vos querías escucharme, ahora haceme el favor de hacer silencio. Te decía que creo que esto que somos es lo que vamos a ser siempre. Que se yo, yo ya hablé con vos sólo que no eras vos porque tenías otra cara. Miles de caras. Ya te encontré en millones de personas. Por eso dudo que volvamos a hablar. Quizás si tuviese dieciocho años creería que no estamos guionados celestialmente, pero ya estoy vieja para pensar que Tarantino es la base de nuestro amor eterno y hoy no ocupo mi tiempo con personas que podrían ser mil personas más. Te repito, no tiene nada que ver con vos. Creo que nosotros no somos nada especial, y disfrazarnos de unicornios sería desgastante y vacío. No, digamos que somos lo que somos. Somos dos personas que toman cerveza en el mismo lugar. No hay nada en esa definición que implique que deberíamos volver a hablar.

Sabía que ibas a decirme eso, es lo que me suelen decir. No, no me parece de idealista pensar así. Sí, de hecho sí existe gente que aporta a mi vida lo que nadie más podría aportar. Bueno, no, no lo está aportando ahora. Las cosas son complicadas, es en vano que le busque el sentido pero ya te expliqué que yo todo me lo cuestiono. Voy a que para mí los vínculos son únicos cuando empiezan a significar, cuando caen por el peso de la voluntad. Te dije que para combatir la falta de sentido hay que crear significado. No, es que no funciona así. Funciona sólo cuando hablamos de todo el significado, el significado de ambos lados. No alcanza con que a mi me importe una persona, no importa con que yo crea que no podría haber pasado ese sábado con nadie más. Si a él le daba lo mismo pasarme a buscar a mí o a otra se vuelve a la misma falta de motivos, a la misma liviandad. Sí, amo a Milan Kundera, me enseñó más cosas que mi mamá. ¿Ahora me entendés? Si a él le doy lo mismo, entonces a mi él me da igual. Porque todo lo que hizo era vacío, todo lo que dijo fue usual. Sí, quizás vos hoy me hables de reggae cuando él me habló de jazz, pero no pasa por la charla de música en general. Si él me habló de jazz porque estaba aburrido y necesitaba tener con quién hablar y justo aparecí yo, entonces a mí él me da igual. Si él decidió verme porque necesitaba una persona cualquiera que lo ayude a no pensar, entonces a mí él me da igual. Es el motivo detrás del acto lo que hace que algo sea especial. Pensalo al revés, podés tener el mismo auto que todos y decir las mismas frases que los demás pero si soy la única persona con la que concebís hacer algo, volvemos a pesar. Cualquier algo, no pasa por la acción puntual. Voy a que, por ejemplo, siempre que me fui de viaje con una sola amiga supe que no quería vivir eso con nadie más. Y así debería ser todo, todo el tiempo. Así deberían ser todas las relaciones, mundos que existen sólo porque las dos personas eligen a la otra cuando se tienen que refugiar. Por un día, por cinco minutos, por toda la eternidad. Pero la eligen, ¿me entendés? Aún si es por un rato, no les da igual.

No, no creo que sea posible elegir por nosotros mismos cuanto podemos significar. No creo ser capaz de lograr que mi presencia para otro empiece a importar. Sí, obvio que me da tristeza, porque a mí me aburre todo y hace rato todo dejó de pesar. ¿Sabés hacía cuanto tiempo que alguien no me hacía imaginar? Pero es como te digo, el rol que yo ocupo en el otro no es algo que yo pueda modificar. Siempre tuve ese impulso de retener el interés por aquellos que no me querían interesar. Es que yo valoro mis sentimientos, es algo que me cuesta mucho cultivar. Dejar de valorar a alguien es ver cómo todo lo que vive en mí se empieza a esfumar. Y es mío eso. Lo que yo siento por alguien es mío y de nadie más. Sólo yo sé hasta donde llega, el languaje no permitiría jamás que yo lo pudiese adjetivar. Para mí siempre fue un duelo cuando alguien me dejó de gustar. Cuando su propio desinterés lo convirtió en uno más. Es como dejar ir a un unicornio cuando pensaste que de esos ya no existían más. Tampoco sé si era un unicornio, pero no me parecía un pony más. Quizás por eso retengo, pero no me sale hacerlo por siempre, no cuando me quedo sin armas, así que te podés tranquilizar. Tampoco sé cuán comprometida estaba con la situación, sólo sé que me hubiese gustado averiguar hasta dónde se podía llegar. Quizás había algo de verdad, a veces me suena injusto que el destino ni siquiera me permita probar. Quizás no había nada y me hizo un favor obligándome a que lo deje de valorar. Ya lo voy a dejar de valorar. Ya voy a volver a estar tan vacía como esta lata, es sólo cuestión de tiempo. Mirá, ya no hay más.

La cerveza está caliente y ahí está mi amiga. Fue un gusto compartir mis mambos. Diría “con vos” pero creo que ya nos quedó claro que no fuimos más que dos cuerpos que por cinco segundos se sentaron en el mismo lugar. Mis mambos los hubiese compartido con tu amigo si él hubiese llegado antes. ¿Te diste cuenta como transformé esta charla banal en una planilla de Excel? Perdón, ya te dije que arruino todo. Me gusta tu remera, en serio. Gracias por la cerveza. No, te dije que fuego no tengo.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.