El Solitario

Esa noche El Solitario miró a través de la ventana que daba al Este. La oscuridad exterior se rompía por la esfera incandescente de una sola farola. La contigua, situada apenas a una decena de metros, había sido atravesada semanas atrás por un proyectil pétreo. Así, casi a la altura de su cénit, una irregular circunferencia mostraba, entre aristas de cristal, el corazón muerto de la atalaya. Agudo Spetsnaz, pensó. Pese al aviso, los chamanes de la burocracia aún no habían acudido en auxilio del herido. Pasaría mucho tiempo antes de que la noche invernal abandonara el flanco derecho de aquel templo de la libertad que, aumentada la sensación por lo sombrío que se mostraba a sí mismo, ahora no era sino la tumba, y la tundra, el bosque ya desnudo de su hoja caduca.

Con la mirada de nuevo sobre su mesa, calló y cesó en sus divagaciones. Hacía rato que podría haberse ido de allí y, sin embargo, se había quedado. Sentado, con los pies cruzados y las manos sobre la mesa, extendidas las palmas. Se animaba a ratos, diciéndose sin creérselo que la mañana del día siguiente diluiría su desazón. Dudaba de que hubiera un fácil remedio. Lo que a él le pasaba era efecto de la desidia del mundo. Inercia que lo atropellaba y se agolpaba en su mesa. Acumulada en la fortaleza de libros que se alzaba frente a él. Allí se recogían muchas de las voces, lamentos, denuncias, quejas, declaraciones, sentencias, interrogantes que el Hombre, en su frágil memoria, dejaba a menudo sin responder. Hundiéndose poco a poco en su propio olvido hasta que, un buen día, llegado el momento de contemplar su rostro frente al espejo y frente al pasado, no se reconocería. Entonces, fiel a su más profundo ser, cometería la osadía de horrorizarse ante el desastre provocado. Mas nunca asumiría la culpa que lo había llevado al borde del abismo. Este podría ser el desenlace en el mejor de los casos, también el más improbable. Al igual que las páginas amarillean y se quiebran, como las hojas en otoño, el Hombre caminaría inexorablemente hacia su propio invierno, enfermo de su propia inconsciencia, orgulloso pese a la muerte de ser el amo de su destino. Un suicidio colectivo en honor a la deidad que él mismo creía ser.

El Solitario comprendía que las oportunidades habían pasado. Aunque se negaba a rendirse. Atrincherado en las historias que había acumulado ofrecería numantina resistencia al olvido. Presentaría feroz batalla al tiempo que roería cada página, cada episodio de las vidas que merecían ser contadas. Y al final caería. Su rostro y su nombre caerían también. Y solo quedarían sus palabras para recordarlo un poco más. Hasta que la tinta se borrase y las páginas se quebrasen. Pero habría luchado. Sin armas. Solo con la actitud de negarse a olvidar.

En honor al periodismo y a los periodistas que aún creen en su significado.

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